30 de junio de 2003

México, política y novelistas

Las grandes ideas políticas y sociales que ayudaron a conformar las repúblicas latinoamericanas –durante el siglo XIX y hasta la primera mitad del XX– tras su paulatina independencia de España circularon a través de las novelas. Desde los grandes planteamientos teóricos –Ariel, de Rodó; Facundo, de Sarmiento –, hasta la denuncia casi propagandista –El matadero, de Echevarría–, pasando por la crónica –Los de abajo, de Azuela–, los autores latinoamericanos utilizaron la fuerza de la ficción para que sus propuestas adquirieran el mayor eco posible.

Pasados los años, cuando aquellas repúblicas empezaron a dar señales de cuál era su personalidad, surgió otra corriente narrativa (que he terminado por constituir un género), la novela de dictadores: Desde Señor Presidente, de Asturias, o Yo, el supremo, de Roa Bastos, hasta la más reciente La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Pero, afortunadamente, no todo son dictaduras; pero, desgraciadamente, los bajos fondos y las intrigas políticas son moneda común en algunos sistemas –formalmente– democráticos.

México, durante todo el siglo pasado, fue ejemplo del sistema político más maquiavélico imaginable. Y uno de sus grandes novelistas, Carlos Fuentes (1928), ha ido dando buena cuenta de este sistema a lo largo de su vasta obra narrativa, hasta llegar a su última novela, La Silla del Á?guila (Alfaguara), donde se traslada a un futuro más o menos cercano, 2020, para contarlo todo sobre las cloacas del poder, cuyo hedor el dinero, las influencias, las ideologías y las aparentes buenas intenciones no pueden tapar.

El Presidente de México ha desafiado al vecino del norte, Estados Unidos, gobernado en ese futuro por una tal Condoleeza Rice (¿les suena?), mediante la petición de la retirada de las tropas americanas de ocupación de Colombia. En respuesta, EEUU aduce la avería de un satélite para dejar incomunicado a México: no hay teléfonos (ni fijos ni móviles), no hay correo electrónico, no hay fax, no hay televisión. Así, los protagonistas de la novela (políticos de toda clase) han de comunicarse entre ellos mediante carta o, en algunos casos, grabación magnetofónica; todo ello en un país cuyos dirigentes prefieren siempre no dejar constancia de sus actos, decisiones o conversaciones.

La novela de Fuentes tiene dos lecturas: la advertencia y la constatación
. Advierte de lo que puede ocurrir, sí, pero a la vez constata que todo eso que se sitúa en 2020 no es sino el reflejo del actual sistema político mexicano: un sistema nacido de una revolución de carácter agrario, que dio nacimiento a uno de los partidos más poderosos y hegemómonicos de la historia (bloque socialista incluído) que fue el PRI, que gobernó durante más de setenta años, y que a su vez dio paso a una transición hacia una democracia pretendidamente estable, que Fuentes ya anuncia como fracasada.

Hace unos años, otro novelista? mexicano, con experiencia política, Héctor Aguilar Camín, escribió La guerra de Galio (Alfaguara), otra fábula sobre la razón de Estado; sobre el terrorismo de Estado; sobre –otra vez– las cloacas del Estado. La novela hablaba de algo muy parecido al GAL español, que funcionó en México, en los años setenta, para luchar contra un movimiento guerrillero urbano. El siguiente libro de Aguilar Camín (por cierto, marido de la también escritora Ángeles Mastretta) que se publicó en España contó con un presentador de altura, Felipe González, quien alabó aquella Guerra de Galio. Señor X, Galio, González... ¿A nadie le suena esto un poco cómico?

Tampoco los escritores mexicanos más jóvenes se escapan de la influencia política en sus novelas. En El fin de la locura (Seix Barral), Jorge Volpi arremete, desde el punto de vista de un protagonista genuinamente latinoamericano, contra muchos de los dogmas del pensamiento de la izquierda del siglo XX. Quizá no sea un obra de la categoría de su anterior libro, En Busca de Klingsor, pero las críticas que ha recibido han estado absolutamente erradas (y es que no somos nosotros los únicos que vivimos con la Errata a cuestas): el gran Ignacio Echevarría dio muestras de que había leído otro libro (bueno, quizá es que tiene un poco de empacho de las historias de su casi protegido Rodrigo Fresán: que se las trae, el muchacho); y los no menos grandes Conte y García Posada se enfadaron mucho porque el joven Volpi (nació en 1968) se atreví?;a a decir que tipos como Althusser o Foucault no eran tan impecables como parecía, y los viejos rojetes se molestan, claro. Así, la novela de Fuentes, en 2020, no molestará... ¿O sí?



eaguirre@divertinajes.com
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