19 de septiembre de 2007

Madres por delegación

Con toda sinceridad: creo que vivímos en una sociedad demasiado preocupada por nombrarlo todo, por sindromizarlo todo. No obstante, he de reconocer que esa misma sociedad tiende a ignorar incluso lo más obvio si ello no tiene nombre, no ha sido correctamente descrito. Por eso, sin poder evitar ciertas reservas, celebro que, hace ya un lustro, el Dr. Antonio Guijarro describiera el Síndrome de las abuelas esclavas.

Es cierto que la inmensa mayoría de las abuelas hace lo que hace (dedicar al cuidado a sus niet@s, y no sólo, energías muy por encima de sus posibilidades) sin que nadie las obligue, movidas por un inevitable (y muchas veces desmedido) sentido de la responsabilidad. Es cierto también que much@s hij@s se ven abocad@s a abusar de esa buena disposición de sus madres no por egoismo sino por pura necesidad: la incompatibilidad entre el horario laboral y el cuidado de l@s hij@s es en la mayoría de los casos absoluta; y en muchos casos los sueldos no permiten el pago de cuidadores o guarderías. Por eso, hablar de abuelas esclavas, no puedo evitarlo, me cuesta. Pero hay que reconocer que son las abuelas las que, sin comerlo ni beberlo, cargan con el peso de equilibrar tan desajustada balanza. Un empeño excesivo que acaba pasando su propia factura vital.

Cuidar de los demás está bien, pero antes hay que cuidar de uno mismo, y eso es algo de lo que las abuelas se olvidan con tanta frecuencia que aguantan sus propios achaques muchas veces hasta el extremo de que cuando quieren prestarles atención ya no tienen remedio.

Manifestaciones del Síndrome de la abuela esclava

  • Hipertensión arterial de difícil control, con oscilaciones bruscas, e inexplicables.

  • Sofocos, taquicardias, palpitaciones en el cuello o tórax, dolores punzantes en el pecho, que cambian de un lado a otro, dificultad para respirar, mareos, hormigueos, desvanecimientos.

  • Debilidad o decaimiento persistentes, cansancio extremo y, en principio, desproporcionado a la actividad realizada.

  • Caídas fortuitas sin pérdida de conocimiento, por fallo de las piernas (como si no pudieran sostener el cuerpo).

  • Malestar general indefinido y continuo.

  • Tristeza, desánimo, falta de motivación. Están deseando quedarse a solas, sin l@s niñ@s.

    • Descontrol peligroso de padecimientos metabólicos, como la diabetes.

  • Sentimiento de culpabilidad por su –lógica- incapacidad actual.

    Incluso se han descrito casos de suicidio.

    La situación no es, pues, sencilla, pero es labor de tod@s, absolutamente de tod@s, procurar que l@s niñ@s estén bien atendidos, los padres (incluidas por supuesto la madres) puedan trabajar y los abuelos tengan el tiempo que les corresponde para cuidarse y disfrutar de la vejez. Y hay que tener en cuenta que si las cosas son hoy difíciles no lo son más de lo que lo serán en el futuro porque con todos sus problemas, la situación social actual, con estas abuelas que fueron amas de casa y están, como siempre, a la entera disposición de quien las pueda necesitar, es una situación privilegiada que no se repetirá. Cuando el relevo llegue a las madres que hoy no pueden atender a sus hijos, tampoco podrán atender a sus nietos: aún tendrán horarios que cumplir fuera del hogar. ¿Quién cuidará entonces de quién?





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