31 de octubre de 2004

Despertar del coma

Los avances de la medicina y la buena organización de los servicios de emergencia permiten salvar cada día más vidas; eso sí, muchas de ellas con graves secuelas físicas y psíquicas. Recuperarse de algunas de ellas, como el coma, es posible, pero se requieren largos y costosos tratamientos de rehabilitación que muy pocos pacientes se pueden permitir.

Porque una vida salvada merece ser vivida, consideramos un empeño vital implicarnos en mejorar las condiciones de vida de aquellos que se mantienen o despiertan del coma.

Posiblemente, la causa más frecuente de coma sean los traumatismos craneoencefálicos como consecuencia de accidentes de tráfico (insistimos en la importancia de tomar las máximas precauciones al volante), de deporte o de trabajo, e incluso por peleas, pero hay otras muchas causas de coma, siendo especialmente graves las vasculares. En los casos en que el coma es producido por tóxicos o por problemas metabólicos y no hay daño estructural en el cerebro, se puede suponer que el coma va a durar poco tiempo, pero en el resto de los casos es impredecible. La situación más habitual en la clínica es que el paciente esté en coma, como consecuencia de un accidente de tráfico, ocho, veinte día, un mes... o quizás años, pero eso, a priori es imposible saberlo. Se sabe que cuanta más profundidad más daño, pero si ese daño va a condicionar, o no, una situación de coma durante mucho tiempo no lo podemos saber.

La situación de coma se define a partir de tres parámetros:

  • si el paciente abre los ojos,
  • si es capaz de responder a algún tipo de orden verbal
  • si responde a estímulos dolorosos.

    Por el momento, y aunque se está investigando en esa línea, no hay posibilidad de acelerar farmacológicamente el despertar, pero sí de mantener al enfermo en las condiciones más idóneas. El objetivo primordial es salvar la vida del paciente, y a ser posible que salga del coma en las mejores condiciones posibles. Aparte de las medidas diagnósticas del origen del coma y del tratamiento propio de la patología que lo ha ocasionado, a todos los pacientes se les dispensan una serie de cuidados que intentan suplir aquellas funciones que ellos son incapaces de asumir: se mantiene y controla la respiración, la alimentación, la tensión arterial, la temperatura... Son medidas que van encaminadas a evitar que al daño primario que ha producido la lesión se añada un daño secundario.

    Hay una fase muy precoz en la que la estimulación puede aumentar los requerimientos de oxígeno por parte del cerebro y puede ser incluso contraproducente. Pero cuando se supera esa fase, la estimulación es imprescindible para que aumenten las vías de comunicación de unas zonas con otras del cerebro aprovechando su capacidad plástica y conseguir así que áreas sanas asuman funciones de las lesionadas. Se está investigando mucho en la identificación de esas zonas mediante nuevas técnicas como las tomografías por emisión de protones (PET y SPET) con las que se puede hacer un mapa energético del cerebro, es decir, saber qué zonas están consumiendo menos, porque esas son las más lesionadas y, por lo tanto, las que más hay que estimular.

    No obstante, en el mejor de los casos, el despertar real del coma no tiene nada que ver con la representación cinematográfica del comatoso que abre los ojos y recupera su vida casi como si nada hubiera pasado. Estos pacientes van superficializando cada vez más el nivel de coma. Es decir, cada vez las escalas de puntuación van teniendo más puntos, hasta que llega un momento en que el paciente empieza a tener movimientos coherentes, empieza a obedecer a órdenes muy simples, como que levante una extremidad o que abra y cierre los ojos, etc. El despertar de un coma, traumático o vascular, no es como cuando nos despertamos por la mañana sino que se acompaña de una serie de limitaciones, sobre todo de las funciones superiores, con muchas secuelas momentáneas y algunas definitivas.

    El grado de recuperación, para que las secuelas permanentes sean las mínimas, va a depender en gran medida de los trabajos de rehabilitación, pero hay una serie de factores que pueden considerarse pronósticos:

  • La edad es una variable muy importante, normalmente, cuanto más joven sea el paciente, más.
  • El nivel de recuperación está muy condicionado por el tiempo de coma.
  • Cuando existen lesiones en el tronco cerebral el pronóstico es peor.
  • Es de gran utilidad predictiva el período de amnesia postraumática, el tiempo que transcurre desde el accidente hasta los primeros recuerdos; en general, tienen peor pronóstico los pacientes que salen del coma enseguida pero luego permanecen dos o tres meses sin memoria que los que están en coma algunos días más pero a los diez días de salir del coma empiezan a recuperar la memoria.

    De todas formas, no hay dos casos iguales. Las investigación están demostrando que las respuestas individuales al traumatismo encefálico o a la isquemia cerebral de otra causa dependen incluso de la estructura genética de la persona. No podía ser de otro modo. Y para con todo ello, es fundamental el apoyo tanto por parte de los profesionales sanitarios como de la familia.

    Desde luego, sin el apoyo familiar es prácticamente imposible lograr ningún éxito, porque la tarea que queda por delante es inmensa, ya que las secuelas son muy complejas y muy heterogéneas, y será necesario un intenso y prolongado trabajo de rehabilitación para superarlas. Las hemiparesias, las hemiplejias, el aumento de la espasticidad, las dificultades para la coordinación y el equilibrio, son los problemas más frecuentes desde el punto de vista físico. También son muy frecuentes los problemas de lenguaje, sobre todo por la presencia de alteraciones en la articulación del habla (disartrias) y en la utilización del lenguaje (afasias). A nivel intelectual, suelen ser más lentos a la hora de reaccionar; tienen trastornos de la atención, es decir, se fatigan mucho más, se distraen con mucha frecuencia; tienen problemas de memoria, normalmente se ve más afectada la memoria de lo que sucedió después del accidente, lo que se llama amnesia anterograda, lo cual dificulta el establecimiento de nuevos aprendizajes; y además, hay afectación de los procesos de razonamiento y las habilidades de organización y planificación de la conducta. En cuanto a los trastornos emocionales y los problemas de conducta, aveces les cambia la personalidad, la familia dice que es una persona distinta a la de antes, sobre todo con más apatía, con más irritabilidad, toleran muy mal la frustración, también es bastante frecuente que estén algo desinhibidos o inapropiados socialmente.

    El mayor problema con el que se encuentran estos pacientes y sus familias, a menudo destrozadas por la tragedia, es la falta de centros públicos donde, por una parte, puedan ser atendidos aquellos que se mantienen en un coma persistente y, por otra, los que despiertan puedan seguir una rehabilitación apropiada. A los pacientes que permanecen en coma mucho tiempo, los hospitales les dan el alta porque están ocupando una cama y con ellos no pueden hacer nada, se presiona a las familias para que se los lleven a casa, pero no están en condiciones de atenderles porque estos pacientes necesitan cuidados. Y los que han logrado salir no corren mejor suerte asistencial, ya que son prácticamente inexistentes las imprescindibles unidades monográficas en las que, de manera integrada, estos pacientes puedan hacer fisioterapia, logopedia, rehabilitación neuropsicológica, etc.

    Lentitud de pensamiento, falta de memoria, irritabilidad... son secuelas que incluso para aquellos que han logrado una buena rehabilitación suponen una traba prácticamente insalvable a la hora de reiniciar una vida laboral. El sentir unánime de quienes conocemos este problema es que necesitan empleos protegidos, con alguien que supervise su trabajo y en puestos en los que los fallos no tengan demasiada trascendencia.

    Más información y ayuda

    Federación Española de Daño Cerebral Adquirido (FEDACE)







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