21 de diciembre de 2003
Navidad, Navidad

¡Ya está aquí la Navidad! Y como de costumbre, no llega sola, la acompañan todo tipo de excesos (emocionales, consumistas, gastronómicos, etc.); cuando ella se vaya, nos tocará a nosotros pagar los platos rotos. Por eso, nuestro empeño vital de estas semanas será disfrutar al máximo de las Fiestas, sin dejar que compromisos ni comilonas mermen nuestra salud.

Sabemos por experiencia que empachos y borracheras aguarán las fiestas a más de uno. Por eso, y porque no podemos combatir el atavismo que nos sentará a mesas repletas de comida y bebida, trataremos de ayudarles a discernir qué y cómo debemos comer y beber para que las cenas navideñas (cada año más numerosas: familiares, laborales, de amistad...) sean un placer.

El menú
A la hora de diseñar el menú de lo que será una cena larga y copiosa, en la que algunos elementos por indigestos que resulten serán inevitables (dulces navideños, por ejemplo) y los comensales cubrirán un amplio abanico de edades y estados de salud, debemos eliminar todos aquellos alimentos que provoquen flatulencia (coles, legumbres, etc.), acidez (cebolla, chocolate, etc.) o sean difíciles de digerir (grasas, harinas refinadas, etc.), y tratar de elaborar platos sencillos, poco condimentados.


El ambiente
Es prácticamente imposible pretender que una cena de Navidad resulte una comida tranquila, serena, relajada, pero hay que intentarlo, ya que el estrés y la agitación son elementos que dificultan la digestión.

Debemos poner la mesa en un lugar sin estridencias, donde los estímulos externos sean mínimos, es decir, sin luces parpadeantes ni ruidos que contribuyan a la excitación.


La actitud
Podemos hablar, reír y cantar pero siempre sin olvidarnos de que mientras disfrutamos nuestro cuerpo está recibiendo una serie de alimentos que debe digerir; así que, por ejemplo, las discusiones acaloradas mejor dejarlas para otro momento.

Es importante saber decir no a aquellos alimentos que sabemos o intuimos que van a sentarnos mal (ya sea por cantidad o calidad); y que los que comamos, los traguemos después de haberlos masticado paciente y suficientemente (para facilitar la asimilación) y con la boca cerrada (para evitar tragar aire).

Nunca debemos olvidar que el exceso de bebidas carbonadas (gaseosas) y con cafeína, el alcohol y el tabaco hacen más pesadas las digestiones.

Y después del postre, nada como una reposada tertulia para completar con éxito la cena. No es bueno ponerse a hacer ejercicio nada más terminar de comer, pero tampoco acostarse a dormir, hay que esperar, al menos, un par de horas.

El empacho
No hacer caso de las recomendaciones previas puede conducir a una sensación vaga de malestar abdominal con ardor de estómago, punzadas de dolor, sensación de hinchazón, pesadez, flatulencia, náuseas e incluso vómitos; osea, a un empacho o indigestión.

Las molestias suelen desaparecer solas en pocas horas, pero se puede colaborar a la mejoría con una infusión de manzanilla y/o anís, tumbándose boca abajo (si hay flatulencia), con bebidas de soda y, en casos muy llamativos, con algún antiácido.

Si los síntomas incluyen dolor mandibular, dolor torácico, dolor de espalda, sudoración profusa, ansiedad o sensación de muerte inminente, será mejor llamar al médico: puede tratarse de un ataque al corazón.



infocrates@divertinajes.com
Otros temas
Volver
Imprimir