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14 de diciembre de 2003
Podría parecer que hay muchos tipos de alergia, por la variedad de sus manifestaciones clínicas (asma, rinitis, conjuntivitis, eccema, etc.) y por el número de sustancias que la desencadenan (pólenes, alimentos, medicamentos, etc.), y sin embargo todas ellas son lo mismo: una reacción de defensa exagerada. Alergenos más frecuentes y manifestaciones clínicas relacionadas con ellos:
Cuando en el cuerpo entra una sustancia que le es ajena, las células del sistema inmunitario (especialmente los linfocitos T y B) ponen en marcha una serie de reacciones encaminadas a la neutralización y eliminación del elemento intruso, el antígeno, manteniendo la normalidad en el organismo. El hecho de que un antígeno provoque o no una respuesta desproporcionada, es decir, una reacción alérgica, no depende tanto de él mismo como de la predisposición genética del individuo en el que ha entrado; estas personas predispuestas reciben el nombre de atópicos, y las sustancias que les desencadenan la alergia, y que son inocuas para la mayoría de los seres humanos, alergenos. Las reacciones de hipersensibilidad cruzada a distintos alergenos son muy frecuentes. Hay al menos cuatro tipos de reacciones inmunológicas implicadas en el desarrollo de cuadros clínicos alérgicos. La más frecuente y característica es la tipo I, relacionada con la anafilaxia general o shock anafiláctico y con la anafilaxia local o atopia. La pieza clave en este proceso defensivo son los anticuerpos o inmunoglobulinas (proteínas fabricadas de manera específica para cada sustancia, algo así como una cerradura y su llave) denominados reaginas o IgE. Estos anticuerpos, que se producen en demasía, se depositan en la superficie de unas células que, al acoplarse los anticuerpos con los antígenos, liberan una serie de sustancias activas (histamina, serotonina, bradiquinina, etc.) causantes de un aumento de la permeabilidad capilar, contracción de los músculos de fibra lisa, etc. Estas alteraciones son las responsables de las urticarias, las rinitis, el edema de laringe, el asma bronquial, los vómitos, las diarreas, la hipotensión e incluso el shock mortal que pueden sufrir los pacientes atópicos al entrar en contacto con el alergeno. El tratamiento verdaderamente eficaz de la alergia es su prevención, y consiste en evitar el contacto con el alergeno.
Cuando las medidas preventivas son insuficientes, es necesario seguir el tratamiento médico correspondiente y hacerlo con constancia; por ejemplo en el asma extrínseco, un gran número de fracasos terapéuticos se deben a la irresponsabilidad del paciente.
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