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4 de octubre de 2007
Galbana Tengo una amiga que se ha comprado una camiseta en la que una vaca dormita sobre el logo de una conocida marca de ron: Galbana Club. Estoy por pasar a pedírsela porque hoy tengo pereza, flojera, molicie… galbana, vaya, y en cantidades industriales. Las revistas tienen ese efecto paralizante… De hecho, cuanto comparecí ante mi quiosquera de cabecera, Paqui, para solicitarle la entrega del material, useasé, de las revistas de los miércoles, ella me advirtió: —Te advierto… Tiene miedo de que le ocurra como otras semanas, cuando tras mis lecturas bajo y tras decirle hola me pego diez minutos sermoneándola sobre lo inane de la vida revisteril. —Ésa es la de Tania Doris. Me dijo el otro día, la muy antigua. Y MariPepa, que andaba cerca comprando un coleccionable insólito de abanicos de fantasía, asintió. Lo triste del caso es que las tres nos acordamos de Tania Doris, y las tres la hemos conocido en su momento de esplendor, lo cual da una idea aproximada de nuestra edad provecta. El caso es, también, que esta vez Paqui quiso poner la venda antes de que yo le infligiera la herida. Y en ese momento, tomé una decisión: consultar las revistas por Internet. —Te advierto… No la dejé continuar: yo, en casa, ordenador no tengo pero en los bajos han puesto un cibercafé. Así que a ello me fui, siendo «ello» el cibercafé. Y así constaté (hay días en los que estoy notarial de la muerte) que el contenido de los periódicos llamados «serios» y el de las revistas llamadas «del corazón», se parecen cada día más: todos hablan del Rey. A diferencia de los programas televisivos, que hablan de la Rey, Bárbara.
—¡Ay, como se entere tu padre! … mira que ni entre paréntesis puede una estar tranquila) interiores lo que sigue: «A don Juan Carlos le han subido el sueldo para el año que viene. La Casa del Rey recibirá 8,66 millones de euros de los presupuestos —entregados al Congreso el 25 de septiembre—, lo que supone un 4,5% más que en 2007. »No tiene que dar cuenta ni al Parlamento ni a Hacienda de cómo lo emplea, pero sí al interventor de la Casa del Rey, figura creada en agosto. Pues como para no volcarse.
Semana por su parte se vuelca en la separación, tantas veces anunciada, de Cayetano y Genoveva. «De común acuerdo, han puesto final a su matrimonio dos semanas antes de cumplir su segundo año de casados», nos indican. La Duquesa de Alba, —lo leo en hola.com, ¡qué emoción!— ha declarado que confía en que la separación sea «momentánea». Visto que fue lo que dijo cuando su hija la pequeña se separó del torero, me permito recomendar a doña Cayetana que revise en el diccionario el significado de la palabra. He de reconocer, no obstante, y volviendo a la revista que suma siete días, que sus periodistas demuestran en esta ocasión su enorme corazón:
«Lo primero, los niños. Esta viene a ser la crónica de una separación, no por anunciada y rumoreada durante años, menos dolorosa. Sin duda, estos son momentos difíciles y delicados para el quinto hijo de la duquesa de Alba, su esposa y, muy especialmente, para los dos preciosos hijos de la popular pareja, Luis y Amina, quienes a sus seis años, se encuentran en una edad especialmente delicada para adaptarse a la nueva situación familiar.» A mí no me salen las cuentas: dos niños de seis años y apenas dos años de casados. —Antes a eso le llamábamos «relaciones prematrimoniales». Santiago, otro antiguo. Sólo le falta preguntar qué fue del Atlético Aviación. En fin. La misma publicación vuelve sobre otra pareja con problemas: la formada por Tita Cervera y Borja, que están «cada vez peor: ella dice que aplazan la boda y él, que no». Y digo yo: ¿de verdad tenían necesidad de montar este espectáculo bochornoso? Con la de millones que tienen, qué poco seso demuestran. Ahora, la clase se les nota: «A través de esta última nota –por ahora– de Borja y Blanca, se revela el fracaso de las negociaciones emprendidas el lunes 24 de septiembre en la cumbre familiar promovida por la baronesa Thyssen con su hijo Borja, en su casa de Mas Mañanas en San Feliu, en presencia de Blanca Cuesta.» Llamar «cumbre» a eso no deja de tener su coña. A partir de ahora, cuando nos reunamos en la cocina para echarle un rapapolvo a Santiaguín o, en su defecto… —¡Ay, mamá, siempre te estás metiendo con mis amigos!
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