11 de mayo de 2007

Sin revistas

—Ya no hay rock and roll.

Santiago, que tiene en disco duro programado a piñón fijo.

Público que me lee, confieso que he pecado. No de palabra y omisión, que eso está muy visto, sino de tacañería: ¿para que comprarlas las nuevas —me he dicho— si se parecen sospechosamente a las viejas? Porque si hay que comprarlas, se compran, pero comprarlas pa ná es tontería. Y yo, como esos del anuncio que parecen tan lerdos, no soy tonta.

Así que me he sentado y me he asomado al balcón (para hacerse una idea... vale, remota, observen la ilustración), que el patio lo tengo muy visto, en la esperanza (Aguirre, supongo, que yo escribo en Madrid y Madrid es la suma de todos) de que pasara algo que me alumbrara.

En tanto llegaba y no esa iluminación, empecé a canturrear una letrilla zarzuelera:

Por fin te veo, Ebro famoso,
hoy es más ancho y es más hermoso.
¡Cuánta belleza, cuánta alegría,
cuánto he pensado si te vería!

Pero agotadas las canciones de Gigantes y cabezudos, y tras haber destrozado convenientemente las de Agua, azucarillos y aguardiente y La revoltosa, tuve que rendirme a la evidencia (¡Maruja, date presa!): no pasaba cosa alguna que tuviera el más mínimo interés. Excepto el cobrador del banco, al que conozco bien y al que imagino con la cartera llena de Euribores y otras especies animales. Por cierto, el plural de Euribor, ¿es Euribores o Euribors? Eso es un dilema, y no el de Damocles y su espada.

Entonces, me propuse abrir nuevos caminos, y…

—Te cambiaste de ventana: la del patio, que habías rechazado, se presentaba ahora como una opción jugosa.

Eso es, sobre todo porque a MariPepa, últimamente, le ha dado por recitar cosas tan peregrinas como lo del milagro de Santa Águeda

Águeda que no quisiste
a los dioses adorar.
En prueba de tu constancia
las tetas te han de cuertar.

Y le respondió la Santa
con afecto singular:
Que cuerten por donde quieran
que cuerten si han de cuertar.

Y le cuertaron las tetas
como aquel que cuerta el pan.

Pero la juglara…

—¡Hala!
—Juez-jueza, juglar-juglara.

... pero la juglara no estaba poética. ¿De qué escribo entonces? Bueno, ¿de qué escribo ahora? Y en estas estaba cuando pasó lo que pasó lo que pasó, y que nunca tenía que haber pasado.

—¿Qué o quién fue?

No, que de pronto me di cuenta de que abstraída como estaba en mis devaneos musicales, se me había quemado el asado. Y eso no hay ¡Hola!, Semana, Lecturas o Diez Minutos que lo arregle. Ni Corazón, corazón, ni Corazón de primavera, ni corazón de tía Juana, ni corazón de melón que lo subsane.

—¿Vas a seguir rellenando hojas y gastando tiempo en esas tonterías? Tengo hambre.

Santiago, que es un hombre con los pies en la tierra, en estómago en campaña y la sensibilidad poética enfangada. Decidimos ir a una casa de comidas que hay cerca de casa, con un menú muy apañado. No somos clientes habituales, que no está el horno para bollos, ni la Magdalena para tafetanes.

—Al grano, Maruja, que te pierdes.
—Es que ésa es la historia.
—¿Qué se quemó el asado y tuvimos que ir a Casa Marcelo?
—Fue lo que pasó, ¿no?
—Sí, pero se supone que cuando escribes adornas un poco las cosas, no sé, que las embelleces.
—Mi literatura es realista.
—Acabáramos.
—En eso estoy, que ya no sé qué más decir.
—¿Y no tienes ninguna frase de la Obregón, o de la Mazagatos, o de José Amría Aznar …?
—No. Sólo un consejo que me gusta mucho: nunca enseñes a cantar a un cerdo. Se pierde el tiempo y se molesta al cerdo.
—Chispún.



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