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1 de marzo de 2007
EmPEchada
Porque, claro, decir que era la más bella cuando por ahí estaban los pedazos de mujeres que rondaban, es una exageración. Por decir lo menos. Además, perdónenme pero cada vez que yo veo a Penélope con el pelo recogido, me echo a temblar. Como cuando se presenta con esmoquin, que también le pega como a un santo dos pistolas.
Además, qué manía esta de explicarnos lo obvio. O lo que debería serlo. Por ejemplo. Diez Minutos publica una foto de doña Letizia en un acto oficial. La Princesa sonríe, y en esa foto, aislada del contexto que conocemos, nada indica que esté triste. Sin embargo, el piedefotista psicólogo tiene datos: «Los ojos de doña Letizia siguen reflejando su profundo pesar». Me pongo las gafas, me acerco la revista a los ojos. ¿Su profundo pesar? Para mí lo que se refleja en sus ojos es el flash del fotógrafo, que se olvidó de poner lo de los ojos rojos. Pero, en fin, doctores tiene la Iglesia y los hospitales, capellanes. Hablando de princesas, y antes de atacar con saña a la realeza. Pobre Camila Parker Bowles. La han fotografiado durante un viaje a países árabes donde ella, vestida como viste, parecía una Barbarella hiper moderna, una aparición de siglos venideros, al lado de las mujeres de allá, tapadas como las tapan. Ver a la duquesa de Cornualles interesándose por la artesanía (es lo que afirma el periodista) junto a una mujer de la que vemos las manos y apenas entrevemos los ojos. Y no creo que la razón sea que no disponen del presupuesto estratosférico y el séquito inflado de los que dispone Camila para arreglarse el pelo cuando viaja. Aunque yo me quedo con la imagen de la esposa de Carlos haciendo pompas de jabón. Vaya, en Babia. En cuanto a lo de la saña. He asistido esta semana a una obra de teatro (los vecinos, que son unos culturetas) en la que un personaje decía que lo más digno que pueden hacer un rey y su heredero es abdicar. No sé yo si llego a tanto, pero desde luego no me parece digno que todos los reyes, reinas y herederos de Europa se reúnan en Oslo y durante ¡cinco días! (luego dirán de las bodas gitanas) para celebrar los 70 años de un rey, como si llegar a esa edad fuera un acontecimiento histórico equivalente a... equivalente a... ¡equivalente a la nominación de Penélope! Cinco días de baile, excursiones, visitas a museos, a cargo —supongo— del erario público noruego.
Y hay que verlos. Sobre todo a Alberto de Mónaco, que tras consultar a no sé qué quiromante decidió que era el momento de vestirse como siempre había deseado: como Guillermo el travieso. ¡Qué pinta! Podían haberle expedientado. Por lo menos. O a Ana de Inglaterra, con una capa escocesa que parece un mantel de mesón. Luis Candelas estaría orgulloso. Fue como la gala de los Oscar, pero sin glamur. Todos desfilando por la alfombra roja, posando para los fotógrafos... ¿Alguien me puede decir qué méritos ha hecho Mette Marit para merecer este tratamiento? ¿En virtud de qué tenemos que rendir pleitesía a inútiles tan notorios? —Maruja, dos gotas de tranquilina. Dos gotas de mecagüen mi manto. Repasen la foto de familia. Entre tanta testa coronada, ¿algún benefactor de la humanidad? Ninguno. Vividores, sin embargo, espigo a varios. Y no es que sonrían a las cámaras: es que se ríen de nosotros. Si hacen esto cuando el tal Harold cumple 70 años, ¿qué no harán cuando llegue a los 80? —Es que en Noruega se aburren mucho. Es lo único que lo puede explicar. Y aún con todo. «Los herederos de cinco casas reinantes en Europa reunidos en una imagen para la historia». Para la histeria, diría yo.
En fin, voy terminando porque en la cocina la bombona de Butano está pidiendo que le pongamos otra vez la entrevista íntegra de José María García, su ídolo, ¡y van 57! Terminó por donde empecé. En los Oscar. Porque a mí la casa de Britney Spears y la de Mariah Carey (un triplex —a mí la imaginación no me da para tanto— en Manhattan con una habitación para zapatos que haría palidecer de envidia a Imelda Marcos. Una vergüenza, vaya) me importan un comino. Sin embargo, lo de que George Clooney «con la imagen rejuvenecida», sí. ¿Se ha operado, como dicen? Pues sería una pena, porque su encanto estaba en sus arruguillas y en sus canas. Aunque, claro, después de verse en la publicidad que hace al lado de una Isabel Preysler que pudiendo ser su madre (casi) parecía su tataranieta liofilizada, no me extraña.
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