22 de febrero de 2007

Mujeres desesperantes

Confesión: soy una persona de natural… de natural… Un momento, voy a documentarme. A ver… Centro Médico… 91 522 35…

—Centro de salud, ¿digame?
—Soy Maruja Limón, no voy con frecuencia porque tengo buena salud.
—Al grano, señora.
—Quería hacerles una consulta.
—Aquí lo único que puedo hacer es darle hora para el médico. Soy la telefonista.
—Vale, pero usted lleva años trabajando ahí, ¿verdad?
—¡Ya casi me parecen siglos!
—Y algo se le habrá pegado. A ver: ¿tienen una denominación especial las personas a las que les cuesta vomitan?
—¿Disculpe?
—Que cómo llaman los profesionales de la medicina a las personas que no vomitan así se hayan comido un jabalí en mal estado.
—Pelmas, las llamamos pelmas. Eso, si no las llamamos cosas peores.

Luego dicen que vamos a urgencia con demasiada alegría. ¡Claro, si en el centro de atención primaria nos atienden así! Ahora que caigo, ¿será por eso que lo llaman centro de atención primaria? ¿Porque los que atienden son primarios? En fin.

¡Hola!
Les decía que no soy mujer dada a las vomitonas fáciles. Sin embargo, ayer me descompuse antes de llegar a la página 25 del ¡Hola!. ¿Y eso por qué? Se preguntarán. Y si no se lo preguntan da igual, que aquí estoy yo para contestarles. Porque el arranque de la revista glamurosa por excelencia (concretamente, por su excelencia el generalísimo, bajo cuyo régimen tan bien se desempeñara) es vomitivo. Yo aún diría más: es emético. Más aún: es…

Maruja, suelta el diccionario de sinónimos que el niños lo necesita para hacer una redacción.

Pasemos por alto la portada, en la que aparece Miranda “a dos meses de ser madre” rodeada de sus hijos (ya nacidos, que esto es el ¡Hola!, no el Nachional Yeografic). Todos están en Punta Cana. Y mi yo maternal se pregunta: estos niños, ¿no van al colegio?

Pero, con serlo, no es eso lo más grave. Lo peor es la exclusiva “Carolina de Mónaco y su hijo Pierre Casiraghi acuden a la llamada de África”. Alertada ante la posibilidad de que África, mi vecina del bajo, hubiera llamado a estos dos sin decirme nada, seguí leyendo. No: los dos megapijos han ido al continente negro. “Distanciándose cada vez más de la imagen que la ha acompañado durante las últimas décadas [o de su marido, sugiero yo], Carolina parece haber llegado a los cincuenta con la firme determinación de verter todo su glamour en la lucha por los desheredados”. Aquí ya noté las primeras arcadas. Pero, al volver la página, cosa que hice muy rápido porque estaba ocupada sólo por dos fotos, noté que el malestar aumentaba. “Cuando era sólo una niña, jugaba con sus dos hermanos a ser la huérfana más pobre de Mónaco. Ahora, a sus cincuenta años [qué mala leche, ¿no?, insistir tanto en la edad], Carolina se sitúa en primera fila para consolar a los que más sufren”.

¡Puaj! Me gustaría creer que la tal Carolina no tiene nada que ver con los textos que acompañan a los reportajes que sobre ella se hacen, aunque sospecho que como toda esta gente debe tener control total sobre el producto, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo.

El caso es que cuando ya creía superado lo peor, concretamente al doblar el cabo de la página 17, me encuentro con esta ristra de reportajes: uno sobre la presunta novia de Alberto de Mónaco, en una cena de Mónaco compartiendo mesa con Carolina de Mónaco, a la que yo hacía en África; otro sobre Alberto de Mónaco, al que yo imaginaba en Mónaco, esquiando solo en Austria; y un tercero sobre Jazmin Grace Grimaldi, la hija americana del príncipe Alberto, quien con sólo 14 años y apenas ocho meses después de haber sido reconocida oficialmente como hija de su padre ya ha puesto en marcha una fundación humanitaria y de la que ¡Hola! asegura que aunque no está incluida en la línea de sucesión al Trono, “aspira a ser coronada como reina de corazones”. ¡Puaj!

Maruja, no estarás embarazada.
—Lo que estoy es avergonzada.

Semana
Lancé lo más lejos que pude el ejemplar de ¡Hola! Y me centré en Semana. Y constaté que éstos no tienen tanto dinero como los otros, porque se les ha caducado la licencia del programa informático ése que arregla todos los defectos.

—Y tú, ¿cómo lo sabes?

O eso, o usan una copia pirata y funciona a medias. Porque si les funcionara debidamente nunca hubieran publicado una portada con una foto en la que a Isabel Preysler se le ven unos ojos como puñaladas en un tomate y unas patas de gallo viejo que le suben por la sien cual tela de araña. ¡Compárame tú esa foto con la que usan en la publicidad de Nespresso! Eso por no hablar de ese 56 en tamaño XXL que los de Semana, con mucha inquina, han colocado en su portada.

Dentro, poco que destacar, excepto ese reportaje sobre “Ana Rosa Quintana, una gran amante del arte”, en el que se nos cuenta que la literata aprovechó el fin de semana para visitar ARCO con su marido y sus mellizos porque, se nos dice, “la presentadora quiere inculcar esta pasión en sus hijos”. Con poco éxito, añado yo, porque los niños aparecen en todas las fotos retrepados en sus cochecitos y con la cara incrustada en el respaldo, como tapándose los ojos ante tanto horror plástico.

Diez Minutos
Lecturas
Pero sin duda la estrella de la semana es la artista antes conocida como Ana García Obregón, ahora Ana Obregón a secas y artista apenas, a la que vemos feliz en dos portadas (en la de Diez Minutos la vemos además con una peca bajo el labio que no le conocíamos. ¿O será una costra porque se aprieta las espinillas? ¡Ay, estas adolescentes!) por lo bien que le va a su novio.

—Pues no sé qué le ve.

Santiago, que tiene pelusa.

—¿Quieres decir afueraparte de que es guapísimo?
—Sí, que qué le ve.
—¿Y jovencísimo?
—Sí, que qué le ve.
—¿Y que tiene unos abdominales como una tableta de chocolate Valor?
—Sí, que qué le ve.
—¿Y que por lo que cuentan no es la única parte de su cuerpo en la que una mujer con dos ojos en la cara y muchas ganas de demostrar que aún está en condiciones (no sé si en edad) de ligar puede fijarse?
—Sí, que qué le ve.
—Nada, seguro. Yo no te cambiaría por ese Darek, o Derek, o como se llame, ni aunque me lo trajeran a casa envuelto en celofán.

Yo, que no quiero problemas. Una recomendación: no se pierdan las fotos interiores en las que Ana y su amiga Massiel comentan lo que sea (por la cara de viciosas se lo puede una imaginar) al paso del gallardo por la pasarela Cibeles. A Ana se le cae la baba y a Massiel, la papada.

Bueno, voy acabando que en la cocina la mortadela italiana, el te inglés y la tortilla francesa han montado una protesta porque, dicen, están hartos de ser objeto de mofa, befa y chistes.

Que dice alguien que Julio José Iglesias que él, en el consurso Mira quién baila, baila por su novia. ¡Y yo que creí que él, como Tina Turner, sólo bailaba por dinero! I’m your private dancer / A dancer for money

—Pero si tú no hablas inglés.
—Nunca dejaré de sorprenderte, churri.



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