7 de septiembre de 2006

¡Atención!

He de empezar por una confesión: yo no leo las revistas del corazón. Las hojeo, a veces las ojeo, y me entretengo mirando santos y criticando los destacados.

En realidad, empiezo a sospechar que nadie lee las revistas del corazón: ni los que en ellas salen, que no saldrían de su asombro al contabilizar las chorradas que se les atribuyen (y que a lo peor ellos dicen); ni los que las generan, que generalmente ofrecen una imagen patética de una profesión, la del periodista, que tengo por hermosa...

—¡Guapa!

Santiago, que tiene la serototina por las nubes. Ni por supuesto las leen las que las compran. Aunque de esta tercera afirmación no estoy tan segura, porque no sé qué es más doloroso: si pensar que sí, que se dejan los ojos intentando descifrar las claves del enigma (porque tanta vacuidad no puede ser en vano, tiene que haber un mensaje oculto, ¡tiene que haberlo!) o que se gastan el dinero para mirar santos y criticar destacados.

Lecturas
Vaya, que yo no las leo. Con las fotos y lo gordo me basta. Un ejemplo. Abro Lecturas al azar. Página 9. «Carmen M. Bordiú. Su nueva vida junto a su marido». Se exhiben los dos, patéticos: él, en la popa o en la proa de un barco (no sé distinguirlas: los patines de la playa vienen sin instrucciones), varado cual ballena; ella, con el pelo mojado y mirando a la cámara con esos dos ojos tantas veces retocados que, a estas alturas de cirugía, parecen más puñaladas en un tomate que unas ventanas al mundo. Va a participar en ¡Mira quién baila!, un concurso que, como todos, debería titularse: Mira quién cobra.

Semana
Abro al azar Semana. «Mabel de Holanda, sorprendente», dicen, y muestran una foto en la que la tal Mabel (anda que no eran mejores los nombres reales de antes) va vestida con lo que no sé si es una cortina de baño o un rollo de papel pintado de apartamento de playa. En definitiva, que «sorprendente» no es el calificativo más adecuado.

Diez Minutos
Abro Diez Minutos. Al azar también, que nunca he sido una mujer muy sistemática y a estas altura no me voy a dar pisto. «Jesulín y María José. “No nos ponemos de acuerdo con el nombre del niño”», titulan, junto a una foto en la que la rústica pareja entra en su casa con lo que un periodista voluntarioso y desubicado define como «look informal y cómodo». Querido plumilla: estos dos, el look, no saben ni lo que es. ¡Ah, sí! Un zumo de naranja en polvo. Y los calcetines color salmón del diestro son siniestros.

Unas páginas más allá, Ana Rosa Quintana declara: «Hay una gran masa que se siente representaba por Belén Esteban, por su forma de hablar, de vestir, de sentir». Quizá sea esa, sí, la razón de su éxito. Pero también hay una gran masa de franceses que se sienten representados por Le Pen, y nadie se muestra orgulloso de ello.

¡Hola!
Abro ¡Hola!... Bueno, y antes de abrirla. Francisco Rivera Ordóñez cuenta su vida. Pues qué bien. «Capítulo 1º». ¿De cuántos? A ver si esto va a ser como los fascículos y los coleccionables, que te engatusan con el primero y lo que viene después es morralla. Me acomodo para leerlo a fondo. E inmediatamente me incomodo. «A solas con sus recuerdos. Francisco Rivera Ordóñez toreando la vida». Hasta aquí. A mí lo único que me interesa de la vida de este elemento es cuánto le han pagado por contar su vida por vez primera. Y cuántas veces más la piensa contar, para calibrar si merece la pena o no hacer el esfuerzo de leerlo.

Justo antes, otro titular chocante: «Los Beckham, un matrimonio polifacético que triunfa en la publicidad y en las letras». ¿Las letras, sopa de? ¿O las letras de cambio? Porque lo que Victoria escribe, si es que ella escribe algo, vaya, lo que se vende con su nombre y encuadernado puede que sea un libro, pero no creo yo que merezca la consideración de literatura. Un libro sobre moda, tema que (nos explica el redactor, al que supongo al tanto de nuestros prejuicios) «conoce al dedillo». Y a la cinturilla y a las tetillas y a las nalguillas, porque este alambre con cabeza lo tiene todo chiquitillo y escuchimizadillo...

—¡Tú sí que estás buena!

Santiago, que tras la derrota de la selección española de fútbol tiene el día tonto. A ver si lo aprovecho, porque acabo de leer que Ana María de Grecia recibió, con motivo de su 60 cumpleaños, un mega regalo. «Mi marido me pidió que cerrara los ojos... y ahí estaba el barco»., cuenta. Igualico que lo que me pasó a mí cuando cumplí los 40: mi marido me pidió que cerrara los ojos... y cuando los abrí, había desaparecido, porque no se atrevió a decirme a la cara que, a pesar de la fecha, tenía partida con sus amigotes.

En fin, voy cerrando el garito, que en la cocina los congelados andan contritos con lo del calentamiento global, y voy a hacerles unas morisquetas. Dice Inés Sastre que su niño es moreno como ella pero que se parece a su marido, y que es precioso. No seré yo quien diga que la belleza interior no cuenta pero Inés, querida: si se parece a tu marido no puede ser precioso. Y aunque lo quieras mucho, porque es tu hijo y a los hijos se los quiere porque sí, ya puedes ir acostumbrándote. Ahora bien, tú lo sabes: el dinero no da la felicidad, pero hace olvidar la fealdad. Así son las cosas, y así nos las han contado, y así me lo aprendí yo.



mlimon@divertinajes.com
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