8 de abril de 2005

Coleccionismo

Hoy quiero hablarles de las manías acumulatorias de quienes me rodean.

—¿Y las revistas?
—Esta semana me tomo un respiro. Cuando los de Divertinajes lean esto, yo estaré de vacaciones. Fuera de temporada, aprovechando una oferta 2x1.
—Hija, qué nivel.

María de la O colecciona vacas (de porcelana, de plástico, de tela...) y Domi, tanquetas (miniaturas de metal y otros materiales no identificados). Geli, la peluquera, tiene la casa invadida de campanas y campanillas, y Emilia, de fotos de Brad Pitt.

—Eso no es una colección: eso es un vicio.

En casa tampoco nos privamos de nada. Santiago colecciona cualquier cosa, con tal de no hacer limpieza general; la niña colecciona broncas y Santiaguín, cromos de furbol. Porque a él le gusta er furbol, ER-FUR-BOL, en tanto que el fútbol se la refanfinfla, y del balompié, ni hablamos. Yo no colecciono nada (los incompetentes no cuentan como objeto de colección, y eso que los tengo a puñaos... ¡Me los quitan de las manos!).

—Coleccionar no coleccionas pero las tonterías de los famosos las guardas como oro en paño.

Como diría el sabio canoro: Santiago, no es lo mismo.

—Y cuando fuimos a Mijas no te bajaste del burro...
—Hombre, ¡en Mijas precisamente!
—...hasta que no viste la colección esa del carromato de Max.

¡Qué irreverente! El carromato, dice, como si estuviea hablando del responsable de la taquilla del teatro chino de Manolita Chen. ¡El Museo del Profesor Max! Un grande, el profesor, un hombre que pide a gritos un homenaje nacional, capaz de vestir a un grupo de pulgas disecadas...

—¿Lo habían pedido ellas?
—No tengo constancia.
—Ni perseverancia, pero eso no viene al caso. ¿Vestirlas de qué?
—Y yo qué sé, entre lo pequeñas que son y mi presbicia estoy como para distinguir modas.

Capaz también de escribir un Padrenuestro en el canto de una tarjeta de visita, de reproducir La última cena de Leonardo en un grano de arroz o de pintar el retrato de Lincoln en la cabeza de un alfiler. Obras de arte de las de verdad.

—Mínimas.
—¿Pero no eres tú el que lleva veinte años intentando convencerme de que el tamaño no importa?
—¡Oye, cómo te sienta esa falda!
—Cobarde.
—¿Y si monto un museo de hojas de afeitar roñosas?
—¿Y yo uno de broncas?
—¿Y yo uno de cromos?

Señor, perdónales porque no saben lo que hacen. Éstos se creen que con cualquier desecho, con cualquier excrecencia, se monta un museo. Pues no. María de la O, que está muy viajada, fue en París al Museo de las Muñecas. Me trajo esta postal:

—¿Qué te pareció? —le pregunté en su día, para que no creyera que no me interesaba o que me daba envidia.
—La verdad, era como ver a María José Cantudo, Francine Gálvez, Mar Saura, María Luisa Sanjosé, Nadiuska y Susana Estrada fosilizadas y vestidas de Escarlata O’Hara. ¡Qué bajón! Y qué yuyu.

Sí, pero en París. Yo una vez estuve en el Museo del Naipe, que mola más que el de las poupées, pero está en Oropesa del Mar.

—Es lo que tiene...

Y mi cuñado el sindicalista se desplazó un fin de semana de propio a Totana, Murcia, para visitar el museo de la policía. "Hay que conocer al enemigo", repetía sin cesar. Mi cuñado no es que no cambie el reloj para adaptarse al horario de verano: es que está anclado en la época del final de la Dictadura, ha perdido las referencias. Cuando estoy cerca de él me siento como debe sentirse en Cuéntame Ana Duato al lado de Imanol Arias...

—¿Aburrida?
—¿Harta?
—¿Agobiada?

Son unos intransigentes, hay temas que con ellos no se pueden abordar. ¡Con decir que estoy por encargarle un vídeo a la fundación de Aznar...!

—El otro día leí que en una revista cultural...
—¿Uh?
—... de vez en cuando saco a pasear a la intelectual orgánica que hay en mí. Leí, os decía, que frente a los grandes museos surgen aquí y allá pequeñas muestras donde lo sorprendente y pintoresco impone su ley.
—Pues va a ser eso.
—¿Y las pulgas disecadas qué tienen que ver en todo esto?
—Nada. Pero es que esta semana no he comprado la entrega de mi colección de revistas del corazón, y de algo tenía que hablar.
—En fin.



mlimon@divertinajes.com
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