4 de febrero de 2005

Las siete diferencias

¡Hola! —últimamente la tenemos un poquito amanerada—, se presta esta semana a un juego cruel, suerte de “adivinen las siete diferencias” entre la Reina Rania (odio las cacofonías) y la Princesa Letizia (odio... ¡oh, dio...s mío, me he dejado encendidas las tenacillas del pelo). El resultado es sorprendente: ¡no hay diferencias!

Bueno, no hay, no hay... haberlas haylas, como las meigas. Los autores del reportaje, himno periodístico a la agudeza visual, señalan unas cuantas. Por ejemplo: a Rania no se la ve repetir modelo y a Letizia, sí. Parece una crítica, pero no lo es. Otro botón que vale de muestra... demuestra que nuestra princesa es menos gastiza que su reina: “la princesa de Asturias —nos indican—conserva la peluquera y maquilladora que le atendía en Televisión Española. Rania, aunque se mantiene fiel a su estilo, se deja aconsejar por los mejores estilistas de París y Nueva York”. ¡No dan puntada sin hilo! ¡Qué manera tan elegante de decir que aquí apostamos por la monarquía clase media, en tanto que la Reina de los jordanos es más del género “viva el lujo y quien lo trujo”.

¡Hola!
Los de ¡Hola! no dejan de maravillarme. “Doña Letizia —dicen como si nos lo susurraran al oído— no tiene interés en ser la mejor vestida, lo que no quiere decir que no le agraden los halagos, y desea, salvando las distancias generacionales, seguir los pasos de la Reina doña Sofía: siempre elegante y sin alardes de ningún tipo”. Me asombra comprobar que hay periodistas capaces no ya de arrancar declaraciones a las gentes que viven instaladas en la palestra, sino que se muestran incluso dispuestos a revelarnos los pensamientos más íntimos de esos mismos personajes.

Reportajes así cambian mi percepción de las cosas. Yo ahora soy perfectamente capaz de imaginarme a doña Letizia acicalándose en su tocador y pensando para sus adentros: “no tengo interés en ser la mejor vestida, lo que no quiere decir que no me agraden los halagos, y deseo, salvando las distancias generacionales, seguir los pasos de la Reina doña Sofía: siempre elegante y sin alardes de ningún tipo”. “He ahí —me digo— es un pensamiento típico a nivel de feminidad de una mujer ante lo que es un espejo”. Alabado sea el ¡Hola!, prez y antorcha del periodismo telepático.

Lecturas
No son las dos mencionadas las únicas mujeres de la realeza que se asoman a la prensa del corazón. La Infanta doña Cristina ha estado en varios países de África, y continente que también ha visitado doña Mette-Marit. Yo, cuando veo estas fotografías y los textículos (porque... ¡manda huevos lo que escriben!) que las acompañan, siempre me quedo pasmada, al borde de la alferecía.

Caso: la mujer del heredero noruego visita Malawi donde, entre otras cosas, es coronada Reina zulú Kachindomoto. Para mí que ya se puede conformar con esa corona, porque si de los estirados del Gotha se tratara, no habría otra, pero no iba a eso. Lo que me gustaría es tener el poder telepático de los reporteros de ¡Hola! y meterme en la cabeza de las mujeres y niños de Malawi fotografiados junto a las ilustres visitantas. ¿Qué pensarán? ¿Sabrán acaso quién es Mette-Marit, quién es la tal Cristina? ¿Qué es para ellos España, dónde sitúan Noruega? Y no se crean que lo mío es desprecio, o racismo. Imagínense la escena al revés: el rey de Malawi, del que aquí nadie tiene noticia, visita el barrio chabolista de ................. (que cada cual rellene los puntos suspensivos en función del lugar desde donde me lee) y se trae a un montón de fotógrafos que disparan sus cámaras con fruición. Entonces ................... (y que cada uno rellene los puntos suspensivos con sus propias conclusiones).

En fin. Ilustrativo es también el reportaje en el que una señora bautizada Aguas, casada con un señor apellidado Maduro, presidente de un país llamado Honduras, posa ante las cámaras con sus cinco hijos, todos adoptados, las caras de dos de ellos distorsionadas porque “pertenecen a un programa de protección de testigos”. Ése es el mundo en el que vivimos, oigan. Claro, que siempre se pueden despejar los nubarrones leyendo algún pie de foto: “Aguas, elegantísima, descalza, sonriente y valerosa”. No seré yo quien diga que doña Aguas no es las cuatro cosas, pero la insólita concatenación (madre mía qué pedazo de expresión) de calificativos me deja patidifusa. ¿Ser valerosa es moralmente equivalente a ir descalza? Aquí dejo la duda plantada, a ver si crece un árbol.

Semana
Por lo demás, las revistas abundan en memeces dignas de olvido.

—¡Mamá, mamá! Puedes decir: Me subo en el podium de mi orgullo y os flagelo con el látigo de mi indiferencia.

También podía haber dicho aquella noche que me dolía la cabeza y sin embargo aquí estás tú, hijo mío.

Sandeces, digo. ¿A usted le altera el ritmo vital saber que Patricia Olmedilla, sea quien fuere, hoy por hoy no se plantea casarse? ¿Le cambia el metabolismo tras leer que según Halle, Berry, ya te vale, “todos los hombres son iguales”, razón por la cual no se piensa casar más veces? Pues eso. Tonterías.

Diez Minutos
Sin embargo, hay quien se preocupa. Isabel Llorente, lectora de Diez Minutos, llega incluso a empuñar la pluma para escribir una carta en la que muestra su preocupación porque no entiende a Carmen Martínez Bordiú. ¡Pero cómo la va a entender, si es ininteligible! ¿Entendería usted a un ornitorrinco si semejante animal la parara en Gran Vía esquina Fuencarral para preguntarle qué va a votar usted en el referéndum sobre la Constitución europea? Pues Carmen Martínez Bordiú es como un ornitorrinco. Poetas, abstenerse.

Voy acabando, que el Príncipe de Beckelaer ha pedido el apoyo de los penne para no sé qué expedición de castigo a la despensa y tengo a las María Fontaneda en estado de shock.

A Javier Bardem le han dado el premio Goya al mejor actor por cuarta vez. Pregunta: ¿No sería mejor instituir el Premio al Mejor Javier Bardem, dárselo siempre a él, y que el resto de los actores del teatrillo patrio pudieran optar a algo?



mlimon@divertinajes.com
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