17 de diciembre de 2004

Arena blanca, mar azul

Últimamente, he de confesarlo, ando enfurruñada con las revistas y quienes semanalmente las perpetran, señor qué cruz, venga y dale con repetir lo mismo. Pero a veces, algunas veces, no solamente en cantor tiene razón —como aseveraba al ritmo de melodiosos rasgueos María Ostiz, símbolo de la renovación carismática elevada a la categoría de musa del opus-pop— sino que, además, en ocasiones, algunas ocasiones, los semanarios cordiales te sorprenden con un hallazgo. Y el de esta semana es de alcance: Al Bano y Romina Power ya tienen herederos de destino en lo universal pictures.

¡Hola!
En un número especial de ¡Hola! que acaba siendo más largo que un día sin pan, Paloma Cuevas y Enrique Ponce se descubren como lo que siempre maliciamos que fueran: un par de cursis de los que quitan el hipo, suben hasta cotas insospechadas por la ciencia médica los niveles de azúcar en sangre y hacen que Teresa Rabal parezca una punki deprimente de tendencias autodestructivas.

Debo aclarar cuanto antes, porque si lo hago cuanto después aviados vamos, que la versión ¡Hola! de aquel celebérrimo anuncio de Camisas Ike, tres largos de manga por talla, se debe a que la revista celebra su 60 cumpleaños. Yo la felicito de todo corazón y parte del hígado. Y si añado el toque visceral es porque, aprovechando quizá que con esto del aniversario íbamos a estar todos muy tiernos, a la par que acríticos, nos colocan un número indigesto hasta la náusea en el que Paloma y Enrique proclaman su amor en México, rodeados de un mariachi que no habría desentonado arropando a Luis Mariano en La belle de Cadix. Puro kitch lorraine.

Las frases y los elogios que se prodiga la parejita tienen la profundidad filofófica de aquellas sentencias (a cadena perpetua) de Amor es... y la gracia y el salero de las letras de Leonardo Dantés, el rapsoda sincopado, tirando a epiléptico. Claro, que los periodistas, en un ataque de Síndrome de Estocolmo que los psiquiatras de siglos venideros no dejarán de analizar, titulan: “Enrique Ponce y Paloma Cuevas, de la mano por el ruedo de la vida”. ¡Pues se van a jartar de dar vueltas! Chico, chico, ¿a alguien le sobra un verduguillo?

Diez Minutos
Así las cosas, si esperan ustedes que dedique ni un segundo de mi tiempo a las otras revistas van apañados, y se lo digo desde ya. Al lado de este monumento al mal gusto, ¿qué importancia puede tener en que Carmen Morales se vaya a casar, o el que Britney Spears se haya comprado un perro, o que Doña Letizia dedicara cariñosas palabras en bable a un niño extremeño? Que, por cierto, ya son ganas de presumir de poliglotía... Puesta a hablar en bable, ¿no hubiera sido más lógico que lo hiciera en una visita a Colunga?

Semana
Es más: ¿a quién le importa que Fran Rivera ande tonteando (es una tautología, lo sé, aunque no estoy muy segura de lo que una tautología pueda ser, pero tengo un pálpito) con una yogurina a la que llaman Tita Astolfi, que es nombre de tía soltera italiana o de sopa de sobre?

No. Todo palidece ante la enormidad de la invasión de los cuerpos merengues, que son dos, pertenecientes al matrimonio Ponce-Cuevas, jóvenes en el alcanfor de la vida.

—Será en la flor de la vida...

Ay, será, será. “Ya no concibo mi vida sin Enrique. Es el eje de mi vida, mi motor, mi todo”, dice ella, que destila cursilina por todos los poros.

“A veces tienen que ocurrir cosas desagradables para que otras bonitas vengan después” dice él, que es de la escuela de pensamiento de los obvios, tirando a estólidos.

Es que te los imaginas perfectamente cantando aquello de:

Arena blanca, mar azul
te acercas a mi lado, tú
tu cara roja como flor
la culpa ya no es del sol.

Bikini rosa, mar azul
en mi cabeza estrellas hay
y ¡mamma mía! qué guapa es
no quiero cigarrillos de él.

“Se miran y sus ojos lo dicen todo, lo que significan el uno para el otro, la felicidad de compartir toda una vida y el miedo también, que siempre está ahí, a que toda felicidad se escape una tarde si el destino quiere jugarles una mala pasada”, apuntilla el periodista, que no está dispuesto ni a peder comba ni a perderse un viaje a México por la patilla.

Por cierto, hablando de pesebres: la Naty Abascal que en los agradecimientos aparece como responsable de realización, ¿es la misma que la semana pasada aparecía en portada de la misma revista ¡Hola!? Chico, chico, qué mala es la endogamia, por no hablar de la endodoncia..

En fin, acabo porque aunque la campana extractora me ha dicho esta mañana: “A mí no Mepansa nada”, creo que se le han subido los humos a la cabeza y eso, desde luego, no puede ser bueno.

Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de destacar el titular con el que Lecturas anuncia al mundo la buena nueva del embarazo de la Infanta Cristina: “4 hijos en 6 años”. Para que luego vengan los expertos de no sé qué organismo internacional y digan que los españoles no damos la talla en matemáticas. Envidiosos...



mlimon@divertinajes.com
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