12 de noviembre de 2004

De aquellos polvos...

...vinieron estos maquillajes. En la isla donde el chivo hacía sus fiestas, el enlace entre el pretendido rey de una república, nieto además de un dictador, y la hija de un millonario de última generación es de una lógica histórica aplastante. En ese ambiente, Carmen Franco no desentona en absoluto. Ni en déspota.

Días después de fotografiarse ante el retrato del abuelo, en la finca de trabajos forzados del abuelo, y en la biblioteca del abuelo (!) para un semanario español, los Franco se fueron a Santo Domingo, la tierra del homólogo del abuelo, el inefable Rafael Leonidas Trujillo para el casorio de Luis Alfonso, conocido entre sus partidarios como Louis XX, tiembla Chirac, aunque las malas lenguas dicen que su madre preferiría que fuera Louis Vuitton.

¡Hola!
El caso es que se casa. Y como París, la capital de su reino, no le parece un escenario a la altura, y como la Almudena madrileña está muy vista, decide proceder en Santo Domingo, aprovechando que su suegro tiene un amigo millonario con una finca descomunal, a la par que infrautilizada. Una tía mía se casó en Fuenterrabía, pensando que quizá mi familia desistiría y ella se ahorraría unos cubiertos pero, ¡quiá!, allí estuvimos todos, buenos somos los Limón.

Pues aquí, lo mismo. Para allá que se fueron, volare, uo, uo, casare, uo, uo, uo, uo. Porque para que no se diga que no tiene conciencia social, estos potentados decidieron dar de comer a los pilotos de aviones privados, que andan tocados del ala y necesitaban que unas cuantas decenas de adinerados con moscosos y chupetines retrasados cruzaran el charco no en vuelos charter, que son para el populacho, sino en avionetas de 10 plazas.

Y para que se note que todavía hay clases (y si no me creen, léanme), organizan, al módico precio de 1 millón de euros, un bodorrio católico para 1.500 personas que, en lugar de presentarse con la tradicional invitación (el juego de tarjetas formado por la tarjeta de participación y por una adicional más pequeña que le invita a la ceremonia y a la posterior recepción), debían portar una tarjeta con código de barras. No vaya a ser que se llevaran algo, digo yo. El Papa mandó un mensaje especial, y Los del Río cantaron una Salve rociera, y las damas asistentes recibieron de regalo un set de belleza con mascarilla incluida (antifaz, necesitaban algunas que yo me sé. O mejor aún, capucha).

—Estás rabiada, Maru.

Y bufada, y brincada, y rebotada. Pero, ¡mira la portada de Lecturas! Si la novia posa como si tuviera vocación de moneda! Él, sin embargo, parece más un agente de bolsa a punto de dar el cambio... o de provocar un crack.

También me hallo indignada, y enfurecida, y descompuesta. Porque primero nos cuentan todo eso, que es como para hacer bilis en cantidades industriales, y luego otra habitual de este tipo de saraos, Carolina de Mónaco, se permite hacer declaraciones filantrópicas como esta: «Es necesario desviar la luz que no merecemos hacia cosas mucho más importantes». Vale: nosotros desviamos la luz, y vosotros desviáis los fondos.

Pero tiene razón, Carolina. ¿Por qué todos reproducen las mismas fotos de su hija, Carlota, palmoteando histéricamente en la fiesta de una amiga? Apartemos la luz, sí, que somos tontos, como moscas de esas que se achicharran en las farolas.

¿Por qué todas las revistas sacan un reportaje de una niñata, Alejandra Rojas, de la que cada vez que hablan tienen que añadir que es la hija de los Condes de no sé qué, y la novia de no sé cuántos, que si no nos lo dicen no la situamos, para que ella diga obviedades del tipo: «En la vida hay que luchar por lo que uno cree», afirmación que me hace dudar: no sé si grabarla en un plato de Talavera, o si es mejor que venga Don Limpio y disponga de ella.

¿Por qué debería interesarnos que el torero ese que la semana pasada llenaba todas las portadas, al tiempo que se llenaba todos los bolsillos, diga ahora: «Mi mujer tiene un retraso de mes y medio, pero hasta que no volvamos de nuestro viaje no iremos al médico para ver si se confirma el embarazo». ¿Nos podría indicar si aún le tiemblan las piernas tras la certera estocada? ¿Nos va a retransmitir cada cambio de tercio?

¿Por qué tenemos que entretenernos con las regurgitaciones pseudointelectuales de la llamada Marta Torné...

—¿Es ésa qué es lo que es?

...no lo sé porque lo ignoro, la cual, sin sonrojarse (o en las fotos no se le nota) opina de que: «Busco un hombre inteligente y romántico. No tiene que ser guapo necesariamente»? Otra con la pavada de la belleza interior.

Semana

¿Por qué hemos de perder ni un nanosegundo de vida para enterarnos de que Arantxa de Benito proclama ante el mundo y la historia: «Me encanta sentirme bien ante el espejo, pero las obsesiones te roban la paz. La elegancia es una actitud interior». Por cierto, y ya que estamos desbarrando: Arancha de Benito, ¿tiene algo que ver con Benito, el gato de la panda de Don Gato? Y si tiene algo que ver, ¿dónde ha metido a Cucho, Demóstenes, Espanto, Panza y al oficial Matute?

Maruja, mujer, ¿estás mezclando medicamentos?

No, listo. Por cierto. Leo en Semana que Anna Cortina, sea quien sea, no sale con Borja Thyssen. Aviso para contribuyentes: yo tampoco. Y mi niña, tampoco. Si sumamos a Mónica Cruz, que tampoco sale con Borja Thyssen, ya somos cuatro sospechosas menos. El cerco se estrecha.



mlimon@divertinajes.com
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