24 de septiembre de 2004

Vidas ejemplares

Una, que sabe de historia (bien es verdad que sólo lo que Hollywood me enseña), conoce a Gandhi y cómo se las gastaba. Por eso, cuando esta semana me acerqué al quiosco a comprar el periódico del martes (yo compro periódicos, salen mucho más baratos que el papel de aluminio) y vi que las revistas del jueves ya estaban en la calle apelé a las enseñanzas del Mojama...

—Del Mohathma, mamá.

La culpa fue de Domi. «Esto de que publiquen semanarios cuando les viene en gana es un disloque. ¡Define semanario! Periódico que se publica semanalmente, ¿no? Y semanalmente quiere decir cada siete días, ¿no? ¡Pues no! Después de que los sindicados inventaran la semana de 35 horas, que ya les vale, ahora los editores inventan la semana de cuatro días. ¡Y a mí no me da tiempo a venderlas, oye!».

Semana
Normalmente, las quejas de Domi me dejan fría, porque es una plañidera y yo soy estoica, y uso Escochbrite. Pero esta vez, me solidaricé con él: resistencia pasiva, me dije. Y no compré las revistas.

Eso fue el martes. Hoy ya tocaba. Y las he comprado.

Y me he encontrado en todas las portadas a Laura Ponte y Rocío Jurado. Son protagonistas de noticias viejas, sí, pero ¿qué más da? A estas alturas de mili, tengo la sensación de que pase lo que pase, las revistas siempre nos cuentan lo mismo.

La boda de Laura Ponte

Diez Minutos
Si los pijos se quieren casar, allá ellos. Lo que me preocupa es otra cosa: ¿A cuántas bodas acuden cada año? ¿Cuántos modelitos tienen que estrenar para deslumbrar? ¿Qué porcentaje del PIB depende de estos festejos? ¿Cuánto dejaría de ingresar la Iglesia si, Dios no lo quiera, los novios de la alta sociedad decidieran dejar de contraer católicas nupcias? Las joyas que lucen, ¿son suyas o prestadas? Los dientes que muestran, ¿son suyos o implantados?

A mí, Laura Ponte no me parece guapa: se me antoja inquietante. Una mezcla de Ana Torrent y Bette Davis desnutrida y desconfiada. En otras fotos, se parece a La Cerillera, o mejor aún, a una de esas niñas escuchimizadas y cabezudas de los tebeos japoneses...

¡Hola!
—Mangas, mamá.

Eso, mangas, qué apropiado para una modelo. Por cierto, que ¡Hola!, que no da puntada sin hilo, nos ofrece una muestra de periodismo interesado: en página par un anuncio de Loewe, con Laura, ponte de modelo; y en página par una foto de la boda, con Laura, ponte el anillo, se acabó la soltería.

La enfermedad de Rocío Jurado

Vaya por delante mi admiración por la de Chipiona. Lo digo porque cuando una va a decir algo avieso, tiene que protegerse. Cuestión de equilibrios. Como cuando defines a una chica como «fea pero simpática». O como cuando los jugadores de fútbol americano se ponen un protector en los huevos: es que saben que se los van a escalfar.

Vaya también por delante mi deseo de una pronta y total recuperación. Y vaya incluso por delante que no voy a meterme con ella, sino con los periodistas adulones.

«Rocío Jurado, valiente». Lo valiente, señores de la prensa, es afrontar un cáncer en la sanidad pública española. Y no porque sea mala, sino porque es lenta. Ése sí que es un reto a la altura del mejor Indiana Jones.

«Rocío Jurado, un ejemplo para las familias españolas». Sí, para las familias españolas que tienen dinero para irse a Houston, Tejas. Rocío: si el médico se apellida Bush, desconfía.

Entiéndaseme bien. Si tiene dinero, y cree que en los Estados Unidos va a recibir un tratamiento mejor, está en su perfecto derecho a hacerlo. También José Carreras cruzó el charco cuando le diagnosticaron una leucemia. Pero, por favor, no conviertan eso en un ejemplo a seguir. Hay cánceres que se curan, y otros que no. Hay personas que luchan y pierden la batalla, y otras que luchan y salvan la vida. Y muchos afrontan la enfermedad acudiendo a la quimio por la mañana en un hospital de la red pública y no olvidando que, por la tarde, tienen que recoger a los niños en el cole o preparar la cena. Suena demagógico, pero es así. Ejemplos de valentía, señores periodistas, los encontrarán a cienes en cualquier barrio de cualquier ciudad española.

En fin, que me pongo demasiado seria. Menos mal que la hija de la Jurado, siempre al quite, acude en mi socorro. El día en que su madre daba la rueda de prensa para anunciar lo que ya era un secreto a voces, Rocío Carrasco, antes Rociíto, madre de Ro, apareció ante los fotógrafos:

a) Con un jersey con las siglas U.S.A. en el pecho. ¿Se creerá que así se va a librar de los controles en los aeropuertos yanquis? ¿Por qué no uno el que ponga: Bush for president?

b) Con el teléfono móvil colgado del cuello y, para que no le baile y le golpee, metido por la cinturilla del pantalón por debajo del ombligo, a la altura de lo que en esta sección hemos dado en llamar “el chirimangüey”. No me parece a mí que sea el lugar apropiado...

—¿Lo tendrá en silencio y con el vibrador?

Santiago se cree ingenioso, pero es un poquito obseso. ¡Hombres! Siempre pensando en lo único...

Lecturas

Más vidas ejemplares. La ex mujer de Álvarez Cascos, que se ha convertido en una habitual de las revistas del corazón, chocó con su todoterreno contra una furgoneta. Nota social: era la furgoneta de unos chatarreros, vaya, que doña Gema no hace distingos de clase a la hora de esnafrarse. Los periodistas, siempre atentos, la fotografían y subrayan que:

a) la conductora rellenara el parte de accidente con esas manitas, muy manicuradas, y

b) todo transcurriera por los cauces de la normalidad.

Hace unos días, la prensa también consideró digno de mención en que un concejal madrileño, pillado sin carné de conducir, pagara religiosamente la multa que le fuera impuesta, amén. ¿Qué país es este en el que lo normal se convierte en noticia? ¿Nos merecemos a estos personajes públicos que son elogiados cuando se comportan como personas humanas?

Dejo constancia de otras dos preocupaciones:

a) Anne Igartiburu cada día se parece más a Margaret Thatcher. Quizás les sorprenda, pero pueden creerme porque tengo un don: en el colegio, yo fui la única que se dió cuenta de que Cristina Domínguez se parecía a un SEAT 850.

b) Donald Trump se ha vuelto a cardar el tupé. Lo veo en ¡Hola!, y no sé si es que tiene poco pelo y se lo atusa en exceso, o si lo que se ha puesto en todo lo alto de la cabeza es una visera peluda. ¡Dios, cuánto dinero desperdiciado en ese hortera de bolera!

Termino ya, que he puesto la lavadora en marcha y me parece que anda ya por el rellano. Kim Basinger declara en Lecturas: «Nunca me sentí muy segura de mi aspecto». Claro, bonita, no sabías si eras muy guapa o muy guapísima, no te j...

La inseguridad es muy mala. Para eso, lo mejor es establecer categorías. Mi tío Pepe asegura, por ejemplo, que las mujeres feas pueden ser feas, muy feas y ¡joder qué feas! No sé si venía a cuento, pero ya tenía yo ganar de soltarlo.



mlimon@divertinajes.com
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