28 de mayo de 2004

Sola en la vida

Lo cantaba la Emilia, que es muy suya desde el punto de vista canoro, en este jueves de farra y melopea: “Sola en la vida, soltera y sola en la vida, por una mala partida, ¡Señor! Voy a morir”. Y se dejaba caer, lánguida. “Como Jean Paul Gaultier, el tuberculoso”, apostillaba entonces María de la O, que es voluntariosa a la par que cenutria.

“Ya sería Margarita Gautier”, cortó en seco y muy despreciativo Domi, el quiosquero, que en los últimos tiempos anda cariacontecido. Yo entiendo sus cuitas. Desde que las revistas del corazón decidieron marearnos con el día de publicación, el quiosco ya no es lo que era. Pero, ¿no salían hoy?, he querido saber. “Hoy no, desde luego”. ¿Y cuándo salen? “¡Ay, si yo lo supiera! Pero me mantienen en el black out informativo”. No he querido saber más, porque me suena a putiferio.

¿Qué fue de nuestros jueves dicharacheros, en los que las vecinas hacíamos corrillo en torno a él, venga todas a de comentar y de comentar la actualidad rosa, que Domi parecía Periquitín entre ellas, un poco a la manera de Marichalar cuando se instala en medio de un gallinero de ringorrango pero sin corbatas pintadas con Ceras Manley ni bufandas de esas de mezclilla que le hace su madre?

Resulta que la semana pasada salieron el lunes porque LA BODA era el sábado; y esta semana salieron el lunes porque LA BODA fue el sábado. ¿Y el resto de los famosos de churro, medio pelo y pelo entero, qué?¿No tienen derecho a su ración de gloria?¿No pueden verse en papel couché?

(Paréntesis. Que dice Emilia que, en francés, couché quiere decir acostado. ¿Será por eso por lo que al papel de las revistas estas, que siempre están en lo que están, ya me entienden, lo llaman así, papel couché? Someto esta pregunta a la consideración de Mila Ximénez y otros orfebres del lenguaje.)

Yo, las revistas del jueves, que salieron el lunes, las vi el martes, en la peluquería, a donde fui para cortarme el pelo porque el miércoles tenía un compromiso social. Debo decir que, más que revistas, parecían enciclopedias. Vaya, que el manual de bachillerato de mi Santiaguín no dedica a los Austrias y los Borbones en su totalidad ni la mitad del espacio que ¡Hola!, Semana, Diez Minutos y Lecturas dedicaron a la boda del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz.

Podría, por lo tanto, escribir sobre ellos, pero me niego. Y lo hago por razones bien fundadas, que una tiene que soportar las chanzas y las puyas de los intelectualoides de esta página web (también conocida como portal, por algo será) y resulta que en cuantico que me doy la media vuelta, se ponen todos a hablar de LA BODA como si les fuera la vida, qué digo la vida, la hipoteca en ello. Y luego la Maruja soy yo. ¡Que les den Limón!

No obstante (también podría haber puesto Sin embargo, pero esta mañana me he levantado muy negativa), no me resisto a comentar algo que tiene connotaciones publicitarias. Me dirijo directamente a Letizia, no porque haya confianza sino porque soy muy descarada, que ya me lo decía mi madre: “Hija, qué descarada eres”.

Letizia, guapa. Tras haber vivido lo que has vivido, convendrás conmigo en que no es lo mismo... No es lo mismo casarse con un escritor que con un príncipe, por muy intelectual que seas. ¿No me crees? Otro ejemplo: no es lo mismo pasearse por Cuenca, Alcañiz, Zaragoza e incluso si me apuras San Sebastián del brazo de don Felipe que de la mano de Alfredo Urdaci. ¿Te imaginas el recibimiento? No quiero ni pensarlo, porque me espeluzno toda.

En fin. Acabo con un solemne llamamiento a los (ir)responsables de las revistas del corazón. Recuperen la cordura. Asuman su responsabilidad en el mantenimiento de nuestro biorritmos. No cambien de opinión y de día de publicación cada semana, que con los vuelcos electorales y los fracasos del Real Madrid tenemos sustos suficientes.

Devuélvannos la normalidad. Porfaplis. Gracias.



mlimon@divertinajes.com
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