9 de abril de 2004

Santa Semana

Fuimos a la agencia de viajes a última hora, confiando en encontrar una de esas gangas que anuncian por la tele, pero por la O de Ofertas no les venía nada. “Comprendo que todo le parezca caro, pero con lo que usted quiere gastar sólo puedo ofrecerle cinco días en este hotel de la costa... ¡Para trabajar como pinche de cocina!”. El tipo fue menos sarcástico, más compasivo que el del chiste de Las chicas de SEMANA, pero a mí me dolió como una patada en salva sea la parte. Mi orgullo, quiero decir.

Y aquí me tienen, compuesta y sin vacaciones. Muriéndome de envidia al ver, ahora en Miami, a la Preysler con sus tres hijas, que han descubierto que en lote tienen más morbo y no se separan ni a sol ni a sombra... O que Enrique y Anna, cococuaua, se magrean en Bali, no en la tienda de jabones del mismo nombre, sino el Bali de verdad... Y poco más, la verdad, porque el resto vuelve por donde solía. Ana Obregón, por ejemplo. Pero para exponer mi punto de vista, necesito un punto y aparte.

Hecho. Hasta hace nada, mi vida dependía de las apariciones estelares de maestras de la oratoria como Sofía Mazagatos y Ana Obregón. Ahora se prodigan menos, pero la espera siempre merece la pena. Juzguen ustedes mismos:

“Como bióloga digo que mi hijo tiene genes borbones, es tataranieto de Alfonso XIII, y eso se nota”.

Lo he puesto así, solo y destacado, para invitarles a la reflexión. ¿Qué pasa? ¿Qué si ella no fuera bióloga (ejem) su hijo no sería tataranieto de Alfonso XIII? ¿Es que todos los biólogos son de sangre azul? Una vez oí a un tipo que, preguntado en Las Ventas por el cartel de la corrida, respondió: “Pues yo, como taxidermista, opino que...”, lo cual me animó a creer que si hubiera sido taxista o anestesista, su parecer habría sido radicalmente distinto.

Por lo demás, Ana demuestra que no necesita más amigos que los que ya tiene. “Prefiero hacer cinco millones y medio de espectadores contra Gladiator que siete como Los Serrano contra un documental del australopitecus erectus”. Antonio Resines y Belén Rueda sabrán apreciar. Por cierto, bonita, Los Serrano tienen ocho millones, ocho, de seguidores.

Estas mujeres, es lo que tienen: que se lo creen. “Judit Mascó se sincera”, leo en Lecturas. ¿Era necesario? “Rosa, ilusionada y feliz”. Sincérense conmigo, que soy de confianza. ¿Cuántas veces han leído ya algo así a propósito de la ganadora de la primera edición de OT? Y no triunfa ni por esas. Bueno, ni por esas ni por los estilistas que se han empeñado en vestirla como al niño de Freixenet, con gorra de golfo y bombachos. El día menos pensado, la vemos de burbuja.

Pero no se crean que la estulticia (hasta anteayer yo creía que era un estilo artístico, y resulta que no) es patrimonio de las féminas y sus cobistas de plantilla. Ellos también tienen la gracia y la sal por arrobas.

Fíjese, si no me creen, en ese cirujano ruso de ¡más de 100 años! que tres cuartos de siglo después de haber operado a su primer paciente sigue bisturí en mano. Lo cuenta ¡Hola! y yo me pregunto: ¿cómo debe estar la seguridad social en el país de Putin para que las gentes pongan sus pulmones y sus corazones en las temblorosas manos de un centenario? Osborne debería hacer algo...

Y no pierdan de vista al encargado del restaurante Jockey y del banquete de la boda, cómo que qué boda, pues la de Felipe y Letizia, que dice en Diez Minutos que trabajan ya para que todo salga bien, “lo caliente, caliente y lo frío, frío”. Yo, como cocinera habitual, me permito recomendarle que, además, lo salado esté salado, y lo dulce, dulce; que el primero aparezca primero que el segundo, que va después; y que, llegada la hora del café, no confundan el azúcar con el detergente en polvo. Lo digo para simplificar.

Por lo demás, las revistas del corazón siguen empeñadas en la ardua tarea de humanizar a las famosas.

Sólo así se puede entender que ¡Hola! ceda la portada y yo qué sé la de páginas a Mar Flores para que pose por primera vez posa con su hijo Mauro (e incluso se vista como él: el ejemplo de la Preysler cunde) con el fin de que “le vean bien y deje de haber secretismo”.

Gracias, Mar, por pensar en quienes, como yo, vivíamos con el alma en vilo, el corazón en un puño y la cabeza en un ¡ay! por no saber cómo era tu niño. También es indicativo de los nuevos tiempos el hecho de que, al término del reportaje, junto a los habituales agradecimientos (modisto, peluquero, maquillador) aparezca el nombre y el teléfono de una ONG. Qué buenos somos todos...

Cierro el quiosco, que Santiago dice que trabajar el día destivo es pecado. Mi tocaya Maruja Torres declara en Lecturas: “Quiero envejecer con tranquilidad, pero tal y como está el mundo no podré”. ¿Quién es el listo que se atreve ahora a decir que Marujear tiene poco que ver con la sensibilidad y el sentido común?



mlimon@divertinajes.com
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