23 de enero de 2004

El agente Naftaleno

La semana pasada tuve una falta. “¡Ángela María!”, exclama Santiago. “¿Algo que ver con el tal Naftaleno?”. Los lances amatorios de Álvarez Cascos han sembrado la duda en el espíritu de mi marido, ese pusilánime. “Tranquilo, churri. Significo que no pude acudir a mi cita con los lectores”. “¡Bendito sea el señor, por siempre sea alabado!”. Acepto jaculatoria como expresión de alivio.

Tuve una falta, sí, porque me fui a Huesca, Aragón, north of Spain. Esta vida mía, virtual y tal, me trae loca, loca, loca. Y allí, en el alto el Pirineo, no soñé que la nieve ardía, aunque por soñar imposibles, soñé que Álvarez Cascos me quería. Es mi tipo, en la misma medida en que Santiago es mi tipo: un alma de cántaro oculta en la carrocería de un boxeador.

La saga-fuga de Paco Cascos me tiene en un ¡ay!. Los de Lecturas, a contracorriente, prefieren ocuparse de su ex, la pobre Gema, quien –nos informan- supera “poco a poco la inesperada y dolorosa separación”.

- Que pruebe un poco de su propia medicina –murmujea María de la O, que es una resentida.

Y eso que mi amiga no ha superado la prueba de agudeza visual a la que nos someten en esa misma revista: ¿es un aparato lo que ‘la nueva’ del Ministro gigoló luce en su quijada inferior? ¿la refinada galerista se somete al suplicio de la ortodoncia? ¡Qué tiempos aquellos, los míos, en los que los caninos libertinos sólo podrían ser corregidos en la adolescencia! Ahora, hasta los prejubilados intentan domeñar sus dientes.

- Dentro de nada, no sólo los tendré domeñados –bromea María de la O-, sino que, además, los podré guardar por la noche dentro de una caja.

Bromea para que le digamos que tiene una dentadura preciosa, pero yo no pico: se ha gastado una pasta en el kit-blanqueador-clisiden y no hace más que sonreír, porque se cree Mar Flores, aunque a mí me recuerda más a Mar...ia Jesús, la de los pajaritos.

- ¡Basta de digresiones!

A veces, Santiago tiene estas cosas: utiliza vocablos ajenos a su voluntad.

- ¡Basta de digresiones! ¿Quién demonios es el agente Naftaleno?

- Un agente nocivo que perjudica la salud de los trabajadores del Ministerio de Exteriores.

- ¡Ja! A mí no me las dan con queso.

[No viene a cuento, pero a él le gusta decir eso del queso. Dice que es contundente. Hablando de quesos, y de cosas que no vienen a cuento: leo que el hijo cocinero de Harrison Ford, del que convendrán conmigo en afirmar que está como un queso, ha promocionado el queso español. Debe ser la evolución de la especie. Vuelvo a retomar la conversación donde la dejé].

- ¡Ja! A mí no me las dan con queso. El único agente nocivo que perjudica la salud de los trabajadores del Ministerio de Exteriores es Ana Palacio, la ministra espongiforme.

En estos momentos me acuerdo de por qué me enamoré de él. Pero mi arrobo es momentáneo, porque no me queda otro remedio que poner los puntos sobre las íes.

- Ana Palacio es perjudicial, sí; es nociva, sí, pero no para todos –puntualizo-. El embajador en Washington, que enseña su nueva residencia en Washington, no va a vivir en Tombuctú o Harare [ha sido mi primera puyita geográfica del día] siendo embajador en Washington, enseña su casa en ¡Hola! y no tiene pinta de que ningún Naftaleno le esté amargando el estreno.

En efecto, el señor Rupérez presume de mujer mucho más joven que él y de residencia nueva en las páginas del ¡Hola!, que a buen seguro cruza el Atlántico mezclada con los secretos oficiales y otras mandangas en la valija diplomática. A don Javier se le ve ufano. “Esta casa es, en este momento, la más impresionante entre las residencias de embajadores en la capital norteamericana”.

Tomen nota, porque voy a puntualizar de nuevo, que hoy estoy pejiguera: capitales norteamericanas hay tres: una en Canadá, otr en EE.UU., y una tercera en México. Así que, señor embajador, mucho ojito. Por lo demás, esto del “yo la tengo más grande” y “la mía es el pasmo de la vecindad” me suena mucho a Aznar, el presidente que la tiene más larga, el mandatario sexual: lo hace todo porque le sale de los cojones.

Cambio de tercio, que si hablo del sequerón presidencial me sale una erisipela. El duque de Lugo (pobres lucenses, qué han hecho ellos para merecer esto, siendo “esto” don Jaime de Marichalar) se ha ido a París para aprovechar las rebajas de esas tiendas que, como son todas franquicias, están en todo el mundo. Y digo yo: si lo que se ahorra en las compras, se lo gasta en el viaje, ¿dónde está el ahorro? “Todo un dandy”, leo en alguna revista. “Así cualquiera”, apostilla Santiago. La envidia es muy malísima.

Hablando de envidia. En Semana reproducen una entrevista a/con Julia Roberts. En un cuestionario de esos rápidos, el periodista pregunta a la diva: “Una manía”. Y la ninfa de la sonrisa desbocada responde a bocajarro: “Detesto a Susan Sarandon”. No sé si escandalizarme o si exigir que cunda el ejemplo. “Señor Rato, una manía”. “Aborrezco a Mariano Rajoy”. “Señor Zapatero, una manía”. “No trago a Jesús Caldera”. La sinceridad, qué gran elemento de discordia.

Sigo leyendo Semana, y me quedo de un aire: “Don Felipe es mono, y Letizia, rata”. Una cosa es que ella te caiga mal porque ha trabajado con Urdaci y pienses que eso deja huella, y otra que lo expreses con semejante crudeza. Pero es, pueden imaginárselo, una falsa alarma. Resulta que, como ahora los españoles no sólo somos plurales, con lo que eso confunde, sino que encima somos cosmopolitas, ya no nos contentamos con decir que Fulano es Cáncer (chico, ya es mala suerte) o que Zutana es Virgo (eso tiene solución, guapa) sino que, además, nos tenemos que tragar lo del horóscopo chino.

En fin... les dejo, que tengo a Don Limpio encerrado en el baño y no lo va a aguantar mucho más. Hasta la próxima.



mlimon@divertinajes.com
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