21 de noviembre de 2003

La paz social

Hoy no voy a hablar de las revistas. Aprovechando dos días de vacaciones que le quedaban a Santiago (“No se los voy a regalar al cafre de mi jefe”) nos hemos venido a la casita que mi cuñado, el sindicalista, tiene en el campo. “Por fin he conseguido la paz social”, sostiene. Lo dice porque aquí no hay quiosco de prensa.

Los hechos son tozudos: el pobre lleva años en el comité de empresa y lo más que ha logrado es quedarse afónico en las reuniones. Así que cuando se cansa del follón urbano, se viene a reencontrar con la naturaleza.

Sin embargo, a mi tanta paz y tanta paz me produce pesadillas. Y en el silencio estrellado de las noches (¡oh, qué bonito!), ante la ausencia de grillos (¡ay!, hace demasiado frío), mis fantasmas pueblan mis sueños (¡caray! Yo esto lo he tenido que copiar de algún sitio), y la memoria viene en mi auxilio...

Anoche mientras dormía, soñé, bendita ilusión, (no me digan de dónde sale tanta inspiración, ¿será que ayer me pasé con el almíbar de los melocotones?), que la vida sentimental de nuestras figuras populares nos atañe a todos. Su bienestar es nuestro bienestar, repercute en nuestro bienestar.

Por eso, si un día Ana Obregón se levanta de la cama, o sale del utilitario, y ante los periodistas que la aguardan tras haberla filmado declara: “Los toreros no me van”, la Humanidad reacciona, y se divide: en el grupo de Humanidad integrado por las mujeres de los toreros, se oyen risitas nerviosas; en el grupo de Humanidad integrado por los toreros propiamente dichos, se escuchan suspiros de alivio, mezclados con gruñidos de decepción, y por fin, en el resto de la Humanidad, grupo este que es tan variopinto como el Mixto del Congreso o la Asamblea Plenaria de la ONU, y casi igual de conflictivo, se producen levantamientos de hombros indiferentes pero también se realizan cálculos desesperados: si los toreros no le van, y como sabemos que los chinos tampoco le gustan, podemos descartar, como futuro objeto de deseo, acoso y eventual derribo, a unos 1.000 millones de hombres. Eliminados los que no tienen coche, nos quedan aún varones en estado de uso para... tropecientos reportajes.

Qué vida. Pero yo me alegro por ella, porque Ana lo tiene difícil: “a las inteligentes nos cuesta encontrar un hombre que nos comprenda”. Ahí queda eso.

Es que, a veces, Ana, bonita, sois muy alambicadas. ¿Qué quería decir Norma Duval cuando proclamó: "En el amor estoy en stand by"? Es lo que tiene. Le dicen que es una vedette, y ella se toma por artista internacional, a la par que tecnológicamente avanzada. El caso es que si te tienes por un electrodoméstico de última generación, Norma querida, lo mejor será que, llegada a esa situación, leas el libro de instrucciones. O que llames al servicio de reparaciones...

Cuando Santiago y yo, que llevamos casados miñistantos años, hablamos de estas cosas, nos quedamos un poco patidifusos y un mucho ojipláticos. Puede que todo se deba a que a estos famosos se les gasta el amor de tanto usarlo, mientras que yo lo conservo como metido en salmuera. Es el sempiterno dilema: ¿calidad o cantidad? En casa lo hemos solucionado de manera salomónica: ni lo uno, ni lo otro. ¡Snif!

Amor es... poner el corazón por encima de los intereses personales, como hace mi guía espiritual, Ana Rosa Quintana. “Mi estabilidad emocional es lo que más me importa. Comparto mi vida con la misma persona desde hace cuatro años”. ¡Qué risa, tía Felisa! Pues si a compartir su vida con la misma persona desde hace cuatro años le llama “estabilidad sentimental”, ¿cómo calificaría mi matrimonio? ¿Fosilización sentimental? Me voy a cambiar de gurú de cabecera, ¿dónde habré metido las páginas amarillas?

Consolidar una relación es una labor lenta, difícil, agotadora. Sé de qué hablo... Tiene sus recompensas, claro. Pero que nadie se empareje por argumentos peregrinos del tipo: se me va a pasar el arroz. ¿Antigua, decís que soy? ¡Ja! En mis tiempos de juventud, a las más modernas, entre las que yo no me encontraba, la soltería era un blasón. Si me llegan a decir que Ally McBeal iba a triunfar, jamás lo hubiera creído. Y Emilia, a la que conozco desde primero de párvulos, aún menos.

Además, Ally McBeal es flaca como una espátula. O, como decíamos cuando yo era pequeña: es de Castellón de la Plana. Y yo creía que en el cine y la tele, el físico era importante.

¡El físico! En contra de lo que afirma María de la O, que es de las que repugna admitir lo que es evidente, tener un buen físico no es estar casada con un Premio Nobel.

Mi amiga María de la O es un poco simple. Un día, en una reunión de la comunidad, y mientras esperábamos al intérprete para entendernos con los nuevos vecinos del Bajo B, que son polacos, las mujeres empezamos a hablar de nuestras cosas mientras los hombres le daban vueltas a lo único, que no es el sexo, ya nos gustaría, o no, que las hay muy raras, sino el fútbol.

El caso es que María dijo que en una revista de tías buenas de las que lee su marido con gafas para ver bien de cerca (“qué curioso, sin embargo para leer los resultados de la quiniela, y mira que los ponen piquiñinos, no las necesita”, comentó. ¿Es simple o no?) había visto una entrevista con una sueca rubia cuyo único mérito conocido (bien a la vista estaba) eran dos. Y decía la vikinga: “Me gustan los chicos malos y morenos”. Pues bien, eso a ella, a María de la O, que es rubia natural de bote, le parecía de lo más chispeante. Es que María de la O siente una fascinación por todo lo extranjero desde que un tío suyo, hermano de su madre, se fugó con una francesa. “Esas saben algo que nosotras no sabemos”, insiste. Mira que yo le digo que eso era antes, que ahora ya es diferente, pero ella erre que erre. Estoy pensando en regalarle una camiseta de esas que llevan escrito en el pectoral esta frase digna de mejor soporte: “Háblame despacio. Soy rubia”.

En fin, lo dejo, que mi cuñado nos llama para que le ayudemos a echar de casa a un ejército invasor de mosquitos que no pican, dan patadas. ¿Quién ha hablado de paz social?



mlimon@divertinajes.com
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