31 de octubre de 2003

La nostalgia es un horror

Estos días ando un tanto nostálgica...

"¡Tú lo que estás es hecha una aburrida, triste, que eres una triste!”. Es Santiago, que se ha enfadado conmigo porque esta mañana, en lugar de echarle azúcar al café, le he echado detergente. “¡Triste y cegarata! ¡A ver si te pones las gafas para ver!”. Snif.

Aguanto el chaparrón, porque, la verdad, no ha tenido gracia. Al verle soltar espuma por la boca, creí que le había dado un ataque fulminante de rabia (es lo que tiene desayunar escuchando las tertulias de la mañana, me dije); él, por su parte, pensó que le estaba envenenando. “¡Como ahora no se te cae Arsenio de la boca!”.

Arsenio es el nuevo charcutero, y se parece al deshollinador de Mary Poppins, o al médico simpático de la serie M.A.S.H., o a los dos a la vez y a ninguno en particular. Cuando ayer me llegó el turno en su puesto, tras hora y media de cola, suspiré. Y Arsenio, que tiene perfil de galán y cabeza de prohombre, soltó: “Ya lo dijo Ortega. El esfuerzo inútil desemboca en la melancolía”. ¡Eso antes de cortarme, bien finitos, 200 gramos de mortadela con aceitunas!

Por eso yo sé que lo mío no es ni aburrimiento ni tristeza. Es melancolía, porque todo el día me esfuerzo en balde. Es el sino de las amas de casa.

No como la princesa Victoria de Suecia. Resulta que visitó un mercado de pescado, y eso es motivo, al parecer, para salir en los papeles. ¡Pues yo lo visito cada día, y nadie me hace la ola! “La heredera comprobó que los peces estaban frescos, miró los precios y se comió una gamba que le ofrecieron”. A lo que leo, no compró nada, porque ella vive a mesa puesta. Si es que todavía hay clases, incluso en Suecia.

Y quien quiera convencerme de que las princesas son como nosotras, las de la escalera, acabará melancólico. Esfuerzo inútil: ni siquiera después de ver a Estefanía de Mónaco con lo que llaman “su nuevo look” (aunque se parece sospechosamente al look viejo de Leonardo Dantés) me creo yo eso la pamema esa de la igualdad. A ellas las tratan mejor, dónde va usted a parar. “Mary Donaldson ya se ha ganado el cariño de los daneses”, proclama Semana. Me temo que empezamos el mismo carrusel de titulares con el que nos marearon cuando la princesa Máxima de los Países Bajos empezó a ganarse el cariño de los holandeses. Mira que es mala suerte la de la chica esa, la Donaldson: nacer en Australia para acabar cazada por un príncipe danés. ¿Nadie le advirtió de que en Dinamarca huele a podrido? Ya ni en las antípodas está una a salvo de estos príncipes, todos obsesionados con casarse y traer herederos al mundo.

Pero no sólo de herederos viven las revistas del corazón. Esta semana nos enteramos (podríamos haber sobrevivido perfectamente sin saberlo, pero...) de que Cayetana Guillén Cuervo es muy gamberra. “Soy muy gamberra”, declara, para pasmo de pedagogos y cinéfilos. ¡Y los de Semana lo plantan en su portada! ¿Cambiará esta declaración el rumbo de la historia? ¿Incluirá Bush a Cayetana en la próxima edición del top ten del eje del mal?

En fin. Ahora sabemos también, y también nos lo podíamos haber ahorrado, que Ricardito Bofill está como nuevo (aunque se parece sospechosamente al viejo), y que Micky Molina es otro (aunque se parece sospechosamente al de antes), el primero tras pasar por un centro de desintoxicación, el segundo tras cincelarse los músculos en un gimnasio. Ahora, los dos hablan de vida sana, y esas tonterías. ¡Sano es subir tres pisos a patita cargada de bolsas del AhorraMás!

“Cultura física”, lo llaman los pedantes. A propósito: leo por ahí un titular, “La Duquesa de Alba, siempre con la cultura” que acompaña a una foto en la que la señora en cuestión aparece con Octavio Aceves. ¿Quieren llevarnos a la conclusión de que el vidente es la encarnación de LA cultura? ¡A otra Maruja con ese cuento! Porque con lo que ese no sabe se pueden escribir varias enciclopedias.

Sigamos. “Arantxa Sánchez Vicario, feliz ejecutiva”. ¿Podría explicar alguien a los plumillas de Semana que viajar en bisnes clas no es lo mismo que ser empresaria? Gracias.

Y ya que estamos: ¿podría alguien comprar unas gafas para el tipo que ha colocado a toda página en ¡Hola! una foto completamente desenfocada de la hija de Bertín Osborne? Hablando de gafas: en Diez Minutos cuentan que algún majadero descerebrado rompió las que luce la estatua que Woody Allen tiene en Oviedo. En Oviedo y en la calle Milicias Nacionales... ¿Lo sabe él, sabe que está en la calle de ese nombre? Porque si se entera, a lo peor se enfada. O se lo cuenta a su psicoanalista.

Acabo ya, que la superrápida ha cogido carrerilla. Y lo hago con un ejercicio de agudeza visual. Abran Lecturas por la página 56. Aparece Belén Esteban, tan delgada que parece el espíritu de la golosina, con una cara que parece el escriba ese del arte egipcio que aparecía en mi libro de arte de EGB (tal cual, lo juro), desfilando al paso de la oca (alguien debería explicarle que "no es eso, no es eso", como diría Arsenio que decía el Ortega ese) embutida en un vestido con un escote que definen como espectacular: le llega hasta las faldas del monte de venus, y no exagero.

Con la imagen grabada en la retina, váyanse a la página 70 de ¡Hola!, donde aparece Esther Cañadas, con esos labios succionadores que son la marca de la casa y parecen (perdonen la grosería, pero son asín) unas almorranas tras la ingesta y posterior evacuación de guindillas rabiosas. Fíjense en el vestido que lleva. Y después, pregúntense:

- ¿Qué modisto copió a cuál?

- ¿Cuál de las dos mujeres es modelo?

- ¿Cómo me la maravillaría yo?

La nostalgia es un horror. Por lo menos.




mlimon@divertinajes.com
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