10 de octubre de 2003

En la variedad está el gusto

A veces, los portadistas de las revistas (“¡Uy, mamá! Sin haberlo deseado te ha salido un pareado”. ¿Quién le ha dicho a esta niña que a mí los versos me salen por generación espontánea? Santiago, seguro, que no sabe que hacer para desmerecer mis méritos, como su propio nombre indican, ¿o será como sus propios nombres indica?).

A veces, los portadistas de las revistas se esmeran. Esta semana, por ejemplo. A diferencia del número anterior, en el que todas salían con una foto casi idéntica de una sola boda, esta vez se sienten en la necesidad imperiosa de marcar su territorio. Así:

- ¡Hola! vuelve por sus fueros y planta en la primera a Farah Diba Pahlavi, viuda del Sha de Irán y no volverán... no volvieron, digo, porque el exilio continúa.

- Semana se descuelga con Fidel y Rocío en bañador (¡qué pena, Señor, cómo se quedan los cuerpos!).

- Lecturas nos anuncia un especial "Así es Paz Vega" que tiene mucho texto, aunque la niña lo enseña todo sin necesidad de decir nada. ¡Pues no fue al estreno de Carmen con el sujetador por fuera de la blusa! ¡Qué tiempos aquellos en los que la ropa interior era eso, interior, como mi piso, el agua era clara y el chocolate espeso, y llamábamos al pan, pan, y al vino... Albino Fernández, criador de canarios! Je, je, je. Si la Vega esta llevara un Playtex reforzado como el mío, a buena hora iba a aparecer ella luciendo el cruzado mágico (y no me refiero a su marido, Orson).

- Por fin, Diez Minutos, que la semana pasada nos anunciaba una crisis matrimonial que imagino inexistente, se descuelga esta con una reconciliación que se me antoja innecesaria. Pero, claro, Beckham y Victoria se merecen eso y más. Tengo para mí que también se merece que los dejen tranquilos, pero esa es otra histeria, digo, historia.

El caso es que tras comprobar que las revistas apuestan por la variedad, me senté en el sillón orejero y, debo confesarlo, me quedé...

ZZZZZZZzzzzzz...

... traspuesta, vaya, no mucho, unos minutillos, los suficientes como para soñar.

Y no soñé que la nieve ardía, ni que tú me querías, sino que soñé que Maruja Limón, servidora, era la reina de corazones y se convertía en objeto de un reportaje a todo color, hasta con sensurraun, aunque yo ya sé que las revistas son como el cine de antes, mudas, pero es lo bueno que tienen los sueños: que la realidad no cuenta.

El caso es que había sido elegida para inaugurar la serie: “Un día en la vida de...” y me fotografiaban despertando a los niños, preparando el desayuno, despidiendo a los niños (bueno, y a Santiago, que a esas horas es como un niño grande al que, lamentablemente, no puedo soltar un soplamocos como Dios manda cuando se porta mal), recogiéndolo todo, limpiando la casa, bajando a la compra...

Ya me imaginaba yo los pies de foto: “Maruja Limón, tras repostar sin ayuda en el cajero automático, se acerca decidida al puesto de Atilano. Luce una camisa vulgar, una rebequita de Modas Margot, una falda por debajo de la rodilla del dos por uno de Al Pelayo, y unos confortables zapatos de Kurhapies. Estilismo, ella misma; maquillaje, con su carisma”.

En esas me despertó el teléfono. Era María de la O. Aún no había dicho yo DIGA y ella ya estaba diciendo: “¿Has visto al hijo de Nati Abascal vestido de punk? Dicen en Semana que iba a una fiesta de disfraces, y que es su imagen más divertida. ¡No quiero ni saber cómo será la más patética”. Sinceramente, no estaba yo para comparativas, así que puse voz metálica y solté: “Este abonado ha cambiado de número. Rogamos tome nota del nuevo: 902 20 21 22”. Que es el de CCC, pero ellos sabrán comprender.

Volví a las revistas, qué remedio. Y vi fotos de Carmen Sevilla en Venecia. Apenas me hube repuesto de la aparente contradicción geográfica, supe que la actriz llevaba 30 años sin salir al extranjero. “A mi marido no le gustaba”, se justifica. Es una explicación... por un momento temí que el problema fuera que sus ovejas no habían sido vacunadas, y eran sometidas a una cuarentena de seis meses.

Estaba medio dormida, la verdad, lo confieso, así que todo lo que veía en los semanarios se me antojaba extraño. “Adolfo Suárez Illana vuelve a los ruedos”, leí. Más cornadas da la política, parecía decir. A su lado, Enrique Ponce y Jesulín de Ubrique. Temblé, y no de frío. ¿Se imaginan que Ponce y Jesulín decidan que si Adolfo puede torear, ellos pueden ser diputados? Después de lo de Chuacheneguer, todo es posible.

A propósito de Jesulín y su extraña familia. Las revistas, las muy cotillas, nos cuentan que su padre, Humberto, tiene que dejar Ambiciones. Eso no es una sentencia, eso es un canto al conformismo. A mí el señor me da pena, la verdad. Cuando uno ha vivido en un sitio llamado así, Ambiciones, mudarse, por poner un ejemplo, a Villa Humberto sabe a poco. Villa Codicia, o Villa Anhelo, todavía, incluso Villa Proyectos; pero Villa Manolita, como que no.

Mi amiga Emilia asegura que, en estos casos, la terapia ocupacional es aconsejable, por lo que recomienda a don Humberto que, además de dedicarse a vender exclusivas, haga trabajos manuales, no sé, petipuán o papiroflexia, para entretenerse y olvidar las penas. Yo me permito recomendarle una actividad intelectualmente más elevada. Podría ayudar a Alessandro Lequio, que al parecer está escribiendo un libro sobre las mujeres, “a las que confiesa que conoce muy bien”.

Permítanme dudarlo. (........ zzzzzzzzz.......... lo estoy dudando, no se crean que me he vuelto a dormir .............). Si el bien pagao y mejor dotao nos conociera tan bien sabría que no nos gusta que escriban libros sobre nosotras. Si acaso, uno sobre cada una de nosotras porque nosotras protagonistas, sí, secundarias, jamás.

Termino ya, y lo hago, y bien que lo siento, porque no me gusta dar publicidad a los mentecatos, con Aída, la ex de Gran hermano, (yo, la verdad, prefiero a la de Siete vidas). La tontiloca esta, nada que ver con Verdi (¿o era Manuel Alejandro?), dice que es prepotente porque viene de una familia importante. “Mi abuelo paterno era gobernador de Jerusalén y yo estoy emparentada con la familia real jordana. Sin embargo, mi abuelo materno se ganaba la vida cargando sacos”. Siempre es mejor eso que cargarse a la gente. “Nunca sería algo tan simple como una becaria”, declara, y de ser ama de casa, ni hablamos... Sin embargo, no le importa ser mono de feria, pim, pam, pum mediático, y hazmerreír del país. ¡Qué cosas! Ya les decía yo que las cosas no son lo que eran. Cualquier día aparece con el sujetador por fuera. A ver si viene el Cruzado Mágico y se cierra la boca de un portazo.






mlimon@divertinajes.com
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