5 de septiembre de 2003

Amor de quita y pon

Yo aún no lo sé, porque esto está escrito mucho antes de la fecha que figura en la cabecera... Quiero decir que es material de nevera, ese que se prepara para cubrir las ausencias, uy, mira, como las novias de antes. Yo aún no lo sé, pero se me están acabando las vacaciones. La semana que viene, estaré aquí de nuevo en cuerpo presente, con perdón.

Leo (y no Di Caprio). Leo el periódico, concretamente esas págias. No, las de deportes no: ESAS páginas. “Sheila.- Lindísima, irresistible, senos fantásticos, bombón de oro, escultural, nivel universitario, políglota, educadísima, super cariñosa. Tengo tantas cualidades que no sé por qué me hice puta”. Y aquí, el número de teléfono. Vuelvo a leer, pero otro anuncio, que yo siempre huyo de la rutina: “Annette. Preciosidad sueca. Ofrezco sexo gratuito por aprender español”. ¡Ahora entiendo lo del francés, el búlgaro y el griego! Pero no es el momento, que los niños acechan.

Voy a a hablar del amor, sea mediterráneo, como la dieta, o de otras latitudes. Del amor y del desamor, del amor de pin y pon, digo, de quita y pon. Del amor del que tanto sabe Belén Esteban, uno de mis clásicos, quien en cierta ocasión, entre relación y relación, vale decir, entre exclusiva y exclusiva y (me lo) tiro porque me toca. “Estoy soltera y sin compromiso porque cuanto más conozco a los hombres más me gustan los perros”. ¿Sabrá ella que cita a Schopenhauer (que lo he buscado en un libro de citas citables)? ¿O creerá que estamos hablando de algo parecido al chopped de pavo? Archivaré la doble interrogación en mi carpeta de misterios sin resolver, en la que también figuran Cómo puede Santiago dormirse sin soltar el tomo de Magos del Humor de Mortadelo y Filemón, y Cómo puedo quitar sin dejar cerco las manchas de aceite de anchoas de mi camisón lila.

Mi tocaya Maruja Torres también recurrió a Schopenhauer, pero lo altero a su manera. “Cuanto más conozco a los hombres, más me gustan los Corleone”. ¡Qué casualidad, como Jesús Gil!

Pero vuelvo a la deslenguada Belén. Yo, que soy ama de casa y madre de familia, pediría a nuestras famosas, llamadas a convertirse en modelo para las nuevas generaciones, un poco de moderación en sus manifestaciones púbicas, digo, públicas, pero ¿en qué estaré yo pensando? Aunque es difícil que los alevines de famosete se comporten cuando los veteranos han perdido cualquier atisbo de compostura. Marujita Díaz suelta: “tengo el chimpún chamuscado”... (pongo puntos porque me estoy poniendo colorada)... y alguien le suelta unos cuantos billetes de los grandes. Esto del chimpún me recuerda a una amiga mía que vivió en Venezuela y dice a quien quiera oírla, e incluso escucharla (que una es muy capaz de captar el matiz): “no me toques el chirimangüey”. Ha sido mi momento latinoamericano, propiciado por la estupefacción que me provocan las expresiones champaneras de la Díaz.

El caso es que al hilo y al socaire de este tipo de declaraciones, a mi hija, que está en edad de merecer una buena colleja, le ha dado por pensar en el arroz. En que se le va a pasar, y no estoy aludiendo a sus dotes culinarias, por lo demás inexistentes. Para tranquilizarla, el otro día le dije lo que me decía mi madre: “Hija mía, más vale quedarse para vestir santos que acabar desnudando a un borracho”. Pero ella me miró como con desconfianza... Entonces, recurrí a las palabras que la siempre ocurrente Sofía Mazagatos (qué sería de mí sin ella) pronunció cuando andaba sin novio que la rondara: “Si no encuentro a alguien mágico que sepa darme lo que necesito, me quedaré soltera. ¡Soy así de víctima!”. ¡Y mi pequeña se echó a llorar desconsoladamente, a moco tendido! “¡¡¡Yo no quiero ser víctimaaaa!!!”. Esta no te la perdono, Pelagatos.

A ver, hija mía. Quedarse soltera no es tan grave. Imaginemos que dos seres se encuentran, se enamoran, y, al cabo, deciden compartir su vida para lo bueno, y para lo malo, en la salud, y en la enfermedad, en la riqueza, y en la pobreza etc., etc., etc. Porque, como dice esa romántica empedernida llamada Rocío Carrasco, “si una pareja se lleva bien, es lógico que se case”. ¡Eso, para que empiecen los problemas!

Me veo no obstante en el penoso deber de admitir que las bodas siguen teniendo su público. No olvido el interés suscitado por el casorio de una alumna de tercera, perdón, de tercero (ha sido un lapsus, lo juro) de psicología (candidata al paro, fijo, aunque mucho que le importa) y un engominado con nombre exótico. Tan desorientados estábamos que algún periodista llegó al dislate de decir Ana Aznar Botella se había convertido en una “bella joven”, lo cual es objetivamente falso, por más que sea cierto que, tras un recauchutado de lujo, lucía mejor que otros días y aunque aceptemos, a regañadientes, esa estupidez supina de que todas las novias son guapas. Si acaso lo están (ser o estar, ese es el dilema, y no el que pregonaba el tipo de la calavera). Por ende, ¿cómo puede ser guapa si es como Aznar con una sobredosis de Epilady? “Ye cagá y pintá a su pa”, remata Tina, que cuando se pone asturiana, parece africana. Ya lo decía una pancarta reivindicativa que enarbolaban en las manifestaciones contra la guerra: “Aznar, tu hija es fea”. Será buena, y cariñosa, pero guapa, la verdad, no es.

Tampoco importa, imagino. Aunque del mismo modo que si bien es cierto que el dinero no da la felicidad, ayuda a obtenerla, lo de ser atractiva tiene su miga. Así que toma pan, y moja.




mlimon@divertinajes.com
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