28 de agosto de 2003

Por la boca muere el pez

Hablaba yo el otro día en la primera de estas crónicas veraniegas de los nombres que los padres ponen a sus hijos, y reflexionaba sobre la importancia de llamarse Ernesto, o Maruja o, por poner un ejemplo inocente, inocente, Sofía.

Sofía significa sabiduría, aunque la etimología (creo que es eso) del nombre anda algo perjudicada desde que los señores Mazagatos, esperanzados, bautizaron de esa pretenciosa manera a su niña.

Debo reconocer, no obstante, que Sofía Mazagatos ha hecho lo imposible por estar a la altura de su toponímico (me parece que no es eso). Digo que ha hecho lo imposible porque no lo ha conseguido prácticamente nunca.

Debo reconocer (y 2), no obstante, que a falta de aportaciones meritorias para renovar el debilitado pensamiento patrio, la señora o señorita Mazagatos ha logrado revolucionar el lenguaje, para escándalo de académicos, sí, esos señores tan serios y tan morigerados (bueno, luego está Pérez Reverte, que si fuera hijo mío le lavaría la lengua con lejía) que andan todo el día con la mopa y la bayeta ecológica dando brillo y esplendor a las palabras, que anda que no tienen trabajo ni ná.

El caso es que Sofía, llamémosla así aunque su propia denominación dentro de su mismidad unipersonal sea una contradicción en los términos, introdujo conceptos revolucionarios: estar en el candelabro, por ejemplo, o dejarse la piel en el pellejo.

Vista la aceptación popular, la niña no ha parado desde entonces y ha continuado brindándonos, camarero champán, incontables (soy de letras, ya saben) muestras más de su... de su... de su... ¡cachis! se me ha ido la palabra y eso que lo tenía en las dos puntas de la lengua. Sea como fuere o sería, tengo la arraigada la impresión de que es una digna sucesora de Sócrates o, en su defecto, una candidata a cabeza pensante del Plan Hidro Ilógico Nacional. Yo estoy por crear un club de fans y editar un boletín mensual titulado El mundo de Sofía en cuyo primer número recomendaríamos las obras completas de Vargas Llosa, el autor favorito de nuestra gurú aunque la pobre confesó una vez que está tan ocupada que aún no había tenido tiempo de leer ninguno de sus libros. No te preocupes, oh Sofía sapientísima, que lo que cuenta es la intención.

La prueba de que su esfuerzo no ha resultado baldío es que la niña, ojú, ha creado escuela. No voy a dar nombres, porque señalar está feo, pero ya hay quien dice, con mucho desparpajo, que está “entre la espalda y la pared”, o asegura, blandiendo el dedo índice, que es el de acusar, que no piensa (o sí, piensa) “hacer la vista sorda” a propósito de tal o cual acontecimiento o confiesa, cariacontecido (¡cómo no estarlo!) que se le han puesto “los pelos de gallina”, como si el ave de corral fuera un animal velludo.

Y es que estos populares, cuando no saben qué decir, o cómo expresarlo, recurren a las frases hechas, que bien empleadas, tienen la virtud de hacernos parecer más profundos de lo que somos. “Mi vida no es un nido de rosas”, declaró con cierta solemnidad Carmina Ordoñez. Pero, ésta ¿qué se cree? ¿Qué las rosas son ovíparas y los champiñones se mueven por flagelos? Lo fetén es decir “un lecho de rosas” o “un nido de víboras” pero, como me hizo notar un conocido de alta alcurnia al que añoro, don Borja Figaredo, a la doña se le había cruzado el cable y había metido las flores en un nido de víboras, en qué rama de la familia estaría ella pensando.

Una vez, en una tertulia mañanera, una contertulia o tertuliana, que de ambas maneras las llaman (cuando no las y los llaman cosas peores: charlatanes, ignorantes, vendidos...) digo que había llegado el momento de coger “el toro por las hojas”, como si el bóvido fuera un rábano y sus cuernos, tanto afeitarlos, hubieran quedado reducidos a la flácida condición de laminillas verdes.

Me dirán, porque estamos en verano y el calor nos hace más indulgentes, que todo eso no son sino errores de conectividad... No me miren así. Al fin y al cabo si el recreo de mi Santiaguín es el “segmento de ocio” y su en el mostrador de información de mi delegación de hacienda ofrecen “información direccional”, ¿por qué no puedo yo hablar de “errores de conectividad” cuando quiero significar que dos ideas no conectan como debieran?

Errores de conectividad, pues. Pero yo me pregunto si no ocultarán algo más sabroso, o más culposo. Por ejemplo, cuando no me acuerdo quién (y créanme, no me acuerdo) dice que es muy difícil “enhebrar una aguja en un pajar”, ¿a qué tipo de dificultad onanista se estará refiriendo? ¿Un piercing en salva sea la parte? Ya lo dicen por ahí: excusatio non petita, gallina en pepitoria.

Claro que... una vez yo dije que “mi vida era un cuendo de habas” y Santiago, que se lo tiene muy creído, se echó a reír. “Vaya equivocación más tonta”, decía, entre convulsiones. Y yo tuve que aclararle que no había error, que yo no fui como las demás niñas. Desde entonces, siempre que toma judiones de La Granja me mira raro. Y que se ande con ojo.




mlimon@divertinajes.com
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