22 de agosto de 2003

Ociando que es gerundio

¡Ya estoy de vacaciones! Vosotros no lo notáis, porque a diferencia de lo que ocurre con las cosas del directo, las del diferido permiten aparecer en dos sitios a la vez, y no estar loca. Yo ligando bronce, porque con Santiago a mi vera, siempre a la verita mía, hasta el día que yo –o él, no te jiba- me muera, es lo único que puedo ligar y vosotros, leyéndome.

Debo confesar que, alejada de mis revistas, que son el sustento de mis crónicas y serán el báculo de mi vejez (de los niños no puedo fiarme, ya están pidiendo presupuesto en las clínicas geriátricas y eso que aún me quedan unos añitos para llegar a la tercera edad), me siento perdida. ¿De qué puedo hablar sin ese alimento primordial que son las declaraciones, los posados y los pillados de mis estrellas?

En estas andaba, meditando al sol, cuando Santiago, que se había ido a dar una vuelta por la orilla de la playa, volvió a la hamaca, muerto de risa, para quitarse un chicle de la planta del pie.

- Pero mira que son guarros, oye -me dijo entre convulsiones.

- Pues tú bien que te lo pasas bien –contesté, y algo en mi subconsciente me indicaba que había dicho algo raro.

- Pero no me río por el chicle, sino por la gente. Fíjate, esa señora del gorro con flores...

Y en diciendo esto, señaló hacia el lugar donde se erige la silla del socorrista, que ya podían llevárselo a la isla de los famosos para que nos alegre las pajarillas, a cuyo pie se aposentaba una ballena, digo, una señora.

- ... esa señora del gorro con flores le acaba de pegar un berrido a su niña, que está en el agua. ¡Vanesa Desiré! ¡Que te tengo dicho que cuando nades al lado de la boya, nades en horizontal!

¡Vive Dios!, exclamé para mis adentros, que también tienen derecho a su razón diaria de asombro. ¡Mira que llamar Vanesa Desiré a la chiquilla!

Claro, que no sé de qué me extraño. Desde que Los Morancos se inventaran eso de Kevin Cohner de Jesú, las cosas ya no son lo que eran. Cierto que Los Morancos no hacían sino exagerar una moda que ya se había impuesto, la de poner a los niños patrios nombres foráneos: Jonatan, Iván, Jennifer, Jessica... Una amiga de una amiga, que es de un pueblo cerca de Zaragoza, bautizó a su hija Priscilla, como la de Elvis y como la reina del desierto (a la sazón, Los Monegros), y la llamaba por las mañanas con la manera esa que tienen lo maños de acentuar todas las sílabas: “Príscílá, maña, ven a desayunar”. Y el glamur, a tomar viento, cierzo, para ser más concreta, a la par que precisa.

Yo no sé si los padres de hoy se dan cuenta de lo que vale un peine, digo, un nombre. Maruja, por ejemplo. Hermoso, ¿eh? O Santiago, y no Merlín (que es nombre de gato, aunque el hijo de Jorge Sanz se llame así), o Ireland (¿qué mombre es ese, Irlanda, por mucho que la hija de Kim Basinger responda por ese nombre?), o Brooklin (con lo bonitos que son David y Victoria, los nombres de los padres).

Y luego es muy importante que el nombre pegue con el apellido. ¿Jennifer García? Amos, anda. ¿Iván González? Si acaso, Elterrible. ¡Ah! Y dejarse de bromitas de mal gusto como cristianar al chiquillo Gil cuando se apellida Gil de primero y Gil de segundo: no es broma, yo conozco a un Gil Gil Gil.

Un amigo mío, de apellido Manzano, estaba esperando descendencia y su mujer se empeñaba en que el niño, porque niño iba a ser, se llamara Matías. “Matías Manzano es nombre de bedel”, insistía él para convencer a la futura madre. “Manzano, me la coges con la mano -contraatacaba ella-. Con ese apellido no hay quien pueda”. Indudablemente, si se apellidaran Limón, sería otra cosa.

Una vez leí que en Méjico muchos niños varones se llaman Masiosare, porque el himno nacional tiene una estrofa que empieza así: “Mas, si osare...”. Confío en que el ejemplo no cunda: aquí, un bebé patriota tendría que llamarse “Chanchanchán”, como si de un dibujo animado japonés se tratara. Y en la antigua Unión Soviética, alguna niña hubo a la que bautizaron, bueno, no, que allí eran ateos (gracias a Dios, que diría Carrillo, otro Santiago, ya ven), Electrificación, por aquello del progreso. Es como ese presidente preautonómico valenciano que bautizó, él sí, a su hija María de la Autonomía porque nació el día en que se aprobó el estatuto. No sé si es verdad, o si se trata de una leyenda urbana, pero me viene al pelo y hoy estoy poco escrupulosa y de vacaciones.

Y luego están los extranjeros, y que nadie me tache de racista, pero es que esta oleada de sudamericanos va a acabar con las buenas costumbres. ¿Cuántos niños no se llamarán ya Asdrúbal, Dinio o Nilo? O Pocholo... miedo me da pensarlo.

Pido, pues, a los padres y madres que me leen que llamen a los hijos de manera que los hijos, al ser llamados, no se avergüencen de cómo se llaman, ni de quiénes les llaman. Si la señora del gorro, en lugar de gritar: “¡Vanesa Desiré! ¡Que te tengo dicho que cuando nades al lado de la boya, nades en horizontal!”, hubiera gritado: “¡María del Pilar! ¡Que te tengo dicho que cuando nades al lado de la boya, nades en horizontal!”, otro gallo nos cantaría. Lo de la boya lo dejamos para otro análisis, porque también tiene su miga.

¿Cómo? ¿Que llamarse María del Pilar también tiene su aquel? ¿Por qué Pilar significa columna? No, si van a tener razón. Y María Dolores, y Angustias, y Sagrario, y Quiteria... Y Regla...

Una vez fuimos en un viaje organizado a Andorra con dos matrimonios amigos, Á el y Carmen y Jesús y Ana, y una francesa muy graciosa que no pronunciaba las erres (¡como que era francesa, leñe!) me preguntó: “¿Todós los españolés se llamán así, Angél y Jesús? ¡Qué biblicó!”. No es que ahora reparta yo las tildes al tresbolillo, es que lo de la franchuta era grave, porque ponía siempre el acento en la última sílaba. Y menos risas: si yo les he dicho que no pronunciaba las erres es porque no las pronunciaba, aunque en esa frase no haya ninguna, ¡pues buenas son las gabachas!

De todo lo cual se deduce que, si se ven en la necesidad de bautizar o similar a algún niño, se lo piensen dos veces antes de amargarle la existencia. Piensen que un nombre es para toda la vida. A no ser, claro, que seas Bibiana Fernández. En cuyo caso puedes cambiarte lo que quieras cuantas veces desees.




mlimon@divertinajes.com
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