20 de junio de 2003

Para empezar...

Quizás algunos me conozcan ya, pero cuando yo llego a un portal nuevo acostumbro a presentarme. Así que procedo.

Me llamo Maruja Limón, nací hace algún tiempo y, desde entonces, he venido cumpliendo años a razón de uno cada 365 días, aproximadamente. Manera de decir que no voy a revelar mi edad ni así me aspen. Estoy casada con Santiago, un buen hombre, pero un hombre al fin y al cabo, y tengo dos hijos: la niña, adolescente que aún no ha llegado a la edad de merecer otra cosa que no sean reprimendas, y un niño, Santiaguín, apenas un empiezo que ya apunta maneras como varón o macho.

Frustrada en su día mi primera vocación, que no era ser médica o abogada sino simplemente ser feliz, me propuse ser mujer florero. Que es lo que queremos ser tantas... ¿O las féminas que me leen, las muy hipocritonas, se atreverán a hacer grandes aspavientos protestatarios y decir que no, que no, que aspiran a ser una superguoman? (Les advierto desde ya que mi inglés es muy deficiente, casi tanto como el español de Ana Palacio).

A pesar de lo cual, y quizá porque hice el EGB y eso marca, (además de dar una pista a los que desde el primer párrafo están, calculadora en mano, intentando averiguar en qué año nací), tengo mis limitaciones.

El caso es que hace cierto tiempo, cuando mis vecinas (la Emilia, la Geli y la María de la O: el trío La, la, la, ya las irán conociendo) presumían de que ellas sólo leían las revistas del corazón en la peluquería de la mentada Geli o, peor aún, en la consulta del médico de cabecera, y entonces las ojeaban muy pasadas de fecha porque el doctor renueva este tipo de publicaciones cuando su mujer va a la peluquería de la Geli, yo descubrí algo que alteró sustancialmente mi modo de ver la vida: la prensa rosa era portadora de un mensaje. Torticero, probablemente, pero eso ¿qué importaba?

Desde entonces, los semanarios coronarios me traen como un zarandillo, y si antes del día d (d de descubrimiento, no de día) mi existir era un arrastrarse de casa al súper y del súper al cole y del cole a la tintorería, a partir de ese d (ahora d es de día, no de descubrimiento) me arrastro igualmente pero con más alegría, gracia, salero, arsa, pilili, ele, olé.

No, no he perdido el oremus, ni ando desnortada, ni esponjiforme, ni intento modelar mi vida a imagen y semejanza de quienes se han hecho una casita de papel cuché encima de las montañas, o a la orilla del mar, o en medio de una urbanización con seguratas privados y criadas del tercer mundo o justo un palmo por encima de la mediocridad de la que salieron, y a la que están condenados a regresar. No: la mía es una mirada cítrica, como mi propio apellido indica, a la par que pelín resignada.

Aceptémoslo: los prescindibles que viven del cuento (como dijo un sabio, nosotros pagamos y ellos cuentan) son sin encambio convenientes para el equilibrio social e imprescindibles para nuestro bienestar emocional.

Por eso yo, a diferencia de los hipócritas que reniegan de las revistas del corazón, de los programas del corazón y de las gentes del corazón, gentes sobre las que yo tengo unas cuantas ideas, pero todas confusas, quiero compartir con ustedes la buena nueva. Yo los reivindico, apasionada pero críticamente. Aseguro que son mejor que la luz al final del túnel, que con sus máximas podemos establecer un impecable sistema filofófico (no hay errata) de vida, mucho más accesible y práctico que los que elaboran esos insensatos que lo mismo predican en el desierto que se pasan la vida haciendo la dieta de la alcachofa porque confunden la diurética con la ascética. Y lo haré, porque aunque soy simplemente ama de casa, uséase, algo menos que Pilar del Castillo pero mucho más que Enrique del Pozo, estoy divinamente capacitada para glosar las perlas que sueltan los personajes ilustrados (mire usted, como la ensalada) que van a desfilar por esta sección.
Ese es mi firme propósito, y a Dios pongo por testigo de que... ¡Sapristi! ¡Se me había olvidado que tengo la superrápida en el fuego! De momento, lo dejo aquí, que se me pegan las lentejas, las muy malandrinas. Esto no ha hecho sino comenzar.






mlimon@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir