Mainstream contra la anemia (de espectadores)

En un año en que la hemorragia de espectadores sufrida por el cine español ya parecía desembocar en una irreversible leucemia sin posible cura, un joven director desconocido para el gran público (el de multisalas convertidas en comederos) logra la hazaña, con su primera película, de recaudar en apenas cuatro días casi seis millones de euros y llevar a las salas a un millón de espectadores, y casi a otros dos más en las semanas siguientes manteniendo el primer puesto de la lista y doblando recaudaciones de los grandes y publicitados pesos de las majors americanas a las que ha pillado con el pie cambiado de la programación.

Logra también, unos días antes de su estreno, que la Academia del Cine, dando un giro de ciento ochenta grados a su conservadora política de selección, elija su película como representante de España en los Oscar frente al eternamente melancólico Garci o a la descafeinada recuperación de la memoria histórica propuesta por Colomo.

Desde su pase ante la crítica en el último festival de Cannes y su posterior pase por Sitges, Toronto, New York, etc, el fenómeno de El Orfanato no ha hecho más que crecer como si de una calculada operación de marketing se tratara. Un padrino de lujo, Guillermo del Toro, la avala (la sombra del Fauno es larga) y todo parece indicar que al menos su carrera comercial va a ser larga y productiva en medio mundo. Pero, ¿hay para tanto?¿Cómo con una historia en absoluto original, trufada de referencias a otras películas ya vistas, con unos mimbres usados ya mil veces y que se mueve dentro de la corriente mainstream de cualquier producción de terror americana, puede conseguirse un producto final de semejante impacto?

Dos son las bazas a destacar. La primera, la fe inquebrantable que Bayona, su director, tiene en el material dramático que maneja —un guión milimétricamente estructurado original de Sergio G. Sánchez— ; así como su pericia en la puesta en escena, el talento en la creación de una atmósfera que comienza como un cuento de terror gótico y acaba en un drama psicológico y la maestría que demuestra al ir dinamitando uno a uno todos los clichés en que se inspira logrando que su clonación resulte más verdadera que los originales a los que nos remite.

Y la segunda baza reside en la elección de su protagonista, Belen Rueda, en la que apoya todo el andamiaje de su fábula y que se entrega a un ejercicio interpretativo de primer orden, a cara descubierta, siempre al borde del precipicio pero sin caer en él en ningún momento. Como una nueva Demeter en busca de Persephone, una Wendy al encuentro de los niños perdidos, su presencia constante en la pantalla arrastra al espectador hasta el final de la historia haciéndole participe de su angustia.





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