¿Soñamos aún los lectores con ovejas eléctricas?

por Fernando P. Fuenteamor

En el aniversario de los 25 años de la muerte del visonario Philip K. Dick

«… es indudable que su actitud de intentar todas la ideas posibles para ver si funcionaban destruyó finalmente a Tim Archer. Probó demasiadas ideas; las elegía, las examinaba, las aplicaba durante un tiempo, y luego las dejaba caer…Pero, sin embargo algunas de esas ideas volvían por la puerta de atrás y caían sobre él. Esta es la historia; se trata de hechos históricos. Tim ha muerto: las ideas no sirvieron… Una cosa cabe destacar: Tim sabía cuándo afrontaba una lucha a muerte y cuándo lo advertía, adoptaba la postura de enérgica defensa. No se convirtió en un cómplice de un destino retributivo, murió sin ceder, devolviendo los golpes… El destino tuvo que asesinarlo.»

Este parágrafo sacado del capítulo doce de la última novela escrita por Philip K. Dick, La transmigración de Thimoty Archer, es, sin duda alguna, un perfecto epitafio para el hombre que lo escribió. Y, aunque parezca inevitable la tendencia a mitificar la obra y la vida de un autor cuando éste ha muerto, la perspectiva de los 25 años pasados —murió en mil novecientos ochenta y dos— nos hace ver con mayor claridad lo difícil que resulta a veces separar la última parte de su obra, de su propia experiencia vital y su leyenda.

Sus tres últimas novelas forman una especie de trilogía escrita por el ya considerado uno de los autores norteamericanos más emblemáticos de la segunda mitad del siglo veinte y nos ayudan a mejor entender la complejidad de su vida y su obra así como volver a plantearnos la vieja pregunta de que es más importante: si el todo o la suma de las partes.

Sivainvi, primera entrega de esta trilogía fue publicada en mil novecientos ochenta, y es que yo recuerde, el único caso de una novela autobiográfica en el campo de la ficción especulativa. Una pregunta surge: ¿Cómo puede escribirse una novela de anticipación basada en los hechos de nuestra propia vida? Philip K. Dick, maestro indiscutible en el manejo de todo tipo de realidades: subjetivas, alternativas, imaginarias, consigue realizar la hazaña en esta novela corriendo el riesgo de cruzar, en cualquier momento, esa frontera intangible que separa el genio de la locura. Escrita en un periodo de la vida del autor en la éste se hallaba inmerso en todo género de experiencias psicóticas visionarias, la novela nos narra, a través de la compilación de diversos materiales literarios como cartas, conversaciones e incluso discursos, el drama existencial de una mente que se debate entre un racionalismo pragmático y una crédula y bienintencionada receptividad a las llamadas de otros mundos, y que están fundadas en su propia experiencia personal.

***

A primera vista, La invasión divina segunda novela de la trilogía, tiene poco en común con las otras dos partes, como no sea por sus arriesgados ejercicios de especulación teológica sobre los lazos de unión existentes entre el Talmud y los Evangelios Gnósticos; sin embargo, su lectura nos proporciona unas claves precisas para entender mejor la que le antecede.
La novela arranca con fuerza en ese futuro irreal, absurdo, atemporal tan habitual en sus novelas, en la que una no-demasiado-Santa-Alianza ha sido sellada entre el papado y el Kremlin para impedir la llegada de una nave espacial que trae a Belén un nuevo Mesías. Para los que esperan hallarse ante una nueva versión del relato evangélico es necesario aclarar que están completamente equivocados porque a partir de estas escenas de la natividad, la prodigiosa inventiva de Dick hace de las suyas —su forma de fabular es tan revisionista como su teología— y, como en otras muchas de sus novelas como Los tres estigmas de Palmer Enrich o en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es imposible hacer una sinopsis. La Invasión divina como la mayoría del resto de sus novelas y cuentos hay que leerlos con atención, luchando con ellos; su pretendido cripticismo no es más que una forma de estimulación para el lector que, finalmente, tras la última página es consciente que ha estado jugando un juego, tal vez peligroso, pero a la vez sumamente gratificador. Esta novela es, de hecho, uno de los experimentos literarios más conseguidos en su dilatada carrera como autor.

***

En cuanto a la tercera parte de la trilogía —y que sería su última novela publicada—, La transmigración de Timothy Archer, Philip K. Dick se mueve entre el tono de caso histórico de Sivainvi y la fantasmagoría de La invasión divina, logrando una síntesis perfecta de ambas corrientes en la que es, sin duda, la mejor de las tres, la mejor escrita y la mejor acabada y tal vez la primera novela de literatura general incluida en una colección de ciencia-ficción lo que vendría a demostrar las frágiles fronteras que separan los géneros.

Como la figura histórica del obispo episcopaliano Pike, el héroe del libro, abogado convertido en clérigo, intenta llegar a la verdad a través de la traducción de unos nuevos manuscritos encontrados en el Mar Muerto. El suicidio de su hijo lo lleva a realizar prácticas espiritistas para ponerse en contacto con él y hasta a escribir un libro en defensa del tema. Cuando su amante también se suicida se da cuenta que se ha dejado llevar por una imaginación incontrolada e intenta luchar contra sus propios impulsos autodestructivos que le llevan a un final no buscado en el desierto del mar Rojo; allí intenta reaccionar pero su resistencia a morir es mínima y llega demasiado tarde.

Hay que hacer resaltar la similitud del argumento con los sentimientos ambivalentes sobre sus propias experiencias visionarias que ya nos había descrito anteriormente en el citado Sivainvi. Pero en esta ocasión, la novela, bastante mejor estructurada, se resuelve en un coup de théàtre final que contiene todo el explosivo poder de la mejor ciencia-ficción, sin mermar por ello el tono de realismo balsaziano que domina sus páginas.

Si algún mensaje moral pudiéramos sacar de la lectura de esta trilogía forzada, sería el de no dejarse llevar por la búsqueda insensata del Grial de turno que nos proponga la sociedad en cada momento. En este contexto, La transmigración de Timothy Archer se nos presenta como la historia de una adicción y como la confesión de un alma que de una forma clara y concisa, sin afectaciones, no se ha ahorrado nada se sí misma, dando la medida de un escritor que perdimos en la madurez de su arte. El destino, al final, pudo con Philip K. Dick pero no son su obra. Su transmigración está aún pendiente.



Volver
Archivo
Imprimir