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El río perdido por Agustín Camón
Ya sé que hay ríos más notables por su caudal, por su belleza, incluso por su historia. Pero para mí el río más importante fue y será siempre el Guadalope. Él fue testigo y parte de un trozo de mi vida que, como en todas las vidas, nos deja una huella indeleble, el de la niñez. En él pesqué por primera vez. Aprendí a nadar y como se dice ahora, hice mi primer “barranquismo”, si como tal se puede considerar recorrer su cauce hasta la desembocadura, con agua hasta los tobillos y una buena vara de apoyo en la mano. Pesca con caña y sedal: Un par de barbos o veinte o treinta madrillas, que de todo había. O la escurridiza anguila. Tendíamos la cuerda al anochecer, de orilla o orilla, con siete u ocho trozos de hilo y su correspondiente anzuelo en cada extremo, palangre, creo que se llama. A la mañana siguiente era una gozada ir a tirar de la cuerda y ver dos o tres anguilas prendidas en ella.
Y para qué seguir. Habría que hablar de tantos rincones entrañables: la Fontaneta y aquellas tardes de merienda-cena vividas en su orilla. La Palanca, próxima. Los lavaderos de río, naturales, donde las jóvenes que fueron nuestras madres y abuelas hacían la colada y, por qué no, lavaban también los trapos sucios de sus vecinas. ¿Y los puentes?, ahí colgados, ¡qué espantajos!, puentes sin río, parecen jinetes que han perdido la cabalgadura ¡si pudieran hablar! En fin, es el precio que tenemos que pagar por eso que llaman el progreso.
Nos desvían los ríos, nos inundan los pueblos... A nosotros
nos han expoliado parte de nuestra infancia pero, consolémonos,
a otros aún les ha ido peor, les han robado hasta sus muertos.
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