El río perdido

por Agustín Camón


Caspe, capital del Mar de Aragón

Subido en el cerro del Poblado de Pescadores y a caballo de mis muchos años de contemplar los lugares que fueron escenario de las correrías y aventuras de mi niñez en Caspe, no puedo evitarlo y contemplo con tristeza el cauce seco de mi río, el Guadalope. Está ahí, al fondo del valle... y del desvarío de la memoria. Su contemplación me llena de recuerdos y añoranza. Y me lo han robado, sí, y con él me han robado parte de mi infancia, que en la trampa de la distancia es como la patria de uno, la única que nos pertenece a los que como yo nunca nos ha convencido eso de las fronteras, nacionalismos, etnias, linajes y la madre que los parió.

Ya sé que hay ríos más notables por su caudal, por su belleza, incluso por su historia. Pero para mí el río más importante fue y será siempre el Guadalope. Él fue testigo y parte de un trozo de mi vida que, como en todas las vidas, nos deja una huella indeleble, el de la niñez.

En él pesqué por primera vez. Aprendí a nadar y como se dice ahora, hice mi primer “barranquismo”, si como tal se puede considerar recorrer su cauce hasta la desembocadura, con agua hasta los tobillos y una buena vara de apoyo en la mano.

Pesca con caña y sedal: Un par de barbos o veinte o treinta madrillas, que de todo había. O la escurridiza anguila. Tendíamos la cuerda al anochecer, de orilla o orilla, con siete u ocho trozos de hilo y su correspondiente anzuelo en cada extremo, palangre, creo que se llama. A la mañana siguiente era una gozada ir a tirar de la cuerda y ver dos o tres anguilas prendidas en ella.

Estoy seguro de que todos los de mi generación recuerdan los lugares estratégicos, las pozas con sus lastras de visera sobre el agua, donde aprendieron a nadar. Entonces no había monitores. Si acaso amigos mayores que te transmitían su experiencia. Y perros... ellos fueron también nuestros maestros. El primer estilo que aprendimos casi todos fue el de “a lo perro”. La Canilla fue de siempre la poza más concurrida y con una cierta reputación; no todos se atrevían a ir a nadar en ella, el historial de unos cuantos ahogados le daba cierto caché. Luego estaba el Lapicero, más largo que la Canilla, pero menos profundo y peligroso. Y también el Cagadero, el más humilde de todos, como su propio nombre indica. Allí aprendí a nadar yo, modestia aparte. Había más, pero menos relevantes.

Y para qué seguir. Habría que hablar de tantos rincones entrañables: la Fontaneta y aquellas tardes de merienda-cena vividas en su orilla. La Palanca, próxima. Los lavaderos de río, naturales, donde las jóvenes que fueron nuestras madres y abuelas hacían la colada y, por qué no, lavaban también los trapos sucios de sus vecinas.

¿Y los puentes?, ahí colgados, ¡qué espantajos!, puentes sin río, parecen jinetes que han perdido la cabalgadura ¡si pudieran hablar!

En fin, es el precio que tenemos que pagar por eso que llaman el progreso. Nos desvían los ríos, nos inundan los pueblos... A nosotros nos han expoliado parte de nuestra infancia pero, consolémonos, a otros aún les ha ido peor, les han robado hasta sus muertos.



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