La novela más histórica, la prehistórica

Lorenzo Mediano*


Soy básicamente un escritor sobre la naturaleza, sé cómo es (al menos, sé más que la mayoría de las personas de esta civilización) y cómo se comportan en ella las personas cuando viven, por ejemplo, situaciones de peligro... He estudiado mucho, pero además lo he vivido. Por eso en la época prehistórica me siento cómodo: porque la naturaleza era una parte fundamental de la vida del ser humano.

La Prehistoria tiene además una gran ventaja: el mundo era simple. Ahora hay millones de personas, las relaciones de poder, sexuales, jerárquicas, políticas..., son muy complejas, tan complejas que es muy difícil analizarlas en lo concreto. Sin embargo, en una sociedad prehistórica la pregunta es: ¿cómo nos repartimos esta pieza de caza? Y ahí está clarísimo todo, no hay sutilezas, no hay ideologías que lo confundan, los problemas derivados del poder, del amor, del sexo, de la amistad... son puros porque hay poca gente y se pueden permitir el lujo de ser puros y claros. Y luego eso nos puede ayudar en la vida cotidiana.

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Sí, estudiar lo que ocurrió entonces nos puede ayudar a entender lo que pasa ahora. Primero, porque el ser humano siempre ha sido igual a sí mismo, afortunada y lamentablemente. Y por otro lado, porque la distancia nos permite examinar los problemas de una manera más objetiva. Si yo hubiese escrito, por ejemplo, sobre la Edad Media, lo haría influido por los prejuicios: que si los moros son los buenos o los malos, que si los cristianos son los buenos o los malos... muchos prejuicios, muchas ideas. En cambio, como la Prehistoria es algo desconocido, no tomamos partido. Vemos un neandertal, vemos una cromañón, y podemos identificarnos con ambos. De hecho, mi última novela es una historia de amor entre un neandertal y una cromañón y continuamente estás cambiando de punto de vista, cómo ve las cosas él, cómo ve las cosas ella. Se van acercando el uno a la otra, pero las dos maneras de ver el mundo nunca se llegan a unir porque eran demasiado distintas

Cuando empecé a escribir esta novela** quería escribir sobre la xenofobia y el choque de culturas, buscaba un momento en la Prehistoria en que eso hubiese sido máximo, porque me gusta la novela histórica sobre temas que ahora estén de actualidad y nos importen, para no solo pasarlo bien sino también meditar sobre los problemas de ahora. Y yo pensaba ambientarla en Palestina porque allí fue donde chocaron por primera vez los neandertales y los cromañones. Pero luego, investigando, me enteré de lo de la frontera del Ebro, sobre la que hay grandes discusiones en los medios arqueológicos, y entonces pensé: ¿para qué me voy a ir a Palestina si España me lo conozco mejor? Para una cosa importante de la Prehistoria que ha pasado aquí, la vamos a aprovechar. Y encima en lo que hoy es Aragón, mi tierra.

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Neandertal
Un neandertal y una cromañón que se enamoran... cuando el amor es un «invento» reciente. En la Prehistoria, en un ambiente de total promiscuidad sexual, no podía existir el amor, era muy difícil, algo excepcional porque no existía la tensión previa porque se está descargando constantemente, ni la ligazón posterior, porque está habiendo contactos constantemente. Pero como soy un escritor de mi época que escribo para gente de mi época, considero que el amor puede haber existido en unas circunstancias muy concretas. En este caso, para que pueda haber amor sin forzar la realidad, presento a una pareja que se ve excluida de la sociedad: eso es lo que permite que brote el amor.

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Cromañón
Cuando escribes sobre Prehistoria hay muchas limitaciones. Una de ellas es el número, no sabían contar más allá de cinco, porque el número nace con la agricultura y la ganadería, cuando empieza a interesar contar cantidades. Antes, en la tribu a las personas las conocían por su nombre, y cuando veían una manada de animales solo les interesaba saber si eran muchos o pocos. Pero como yo soy un humano moderno que está pensando en más de cinco, debo ser cuidadoso y no «prestarles» mis conocimientos.

También me limita el lenguaje, pero en otro sentido. Nosotros, ciudadanos del siglo XXI, tendemos a creer que toda persona no civilizada, más si es analfabeta, apenas va a hablar más que con gruñidos. Pregunta: ¿En la Prehistoria hablaban sólo con gruñidos? Respuesta: pues no. ¿Por qué? Porque hay idiomas prehistóricos o casi prehistóricos muy complejos. En Papúa Nueva Guinea hay una tribu que tiene creo que son 16.000 formas verbales personales y mil y pico impersonales. Los inouit tienen 40 presentes, cuando nosotros tenemos sólo tres y el presente de subjuntivo lo estamos perdiendo. Y decía que ése es un prejuicio que a mí como escritor me condiciona a la hora de enhebrar diálogos creíbles, verosímiles. Siempre he de tener muy en cuenta que debo contar lo que considero que era verdad, no atenerme a lo que a nosotros, ahora, nos gusta pensar que era la Prehistoria.

He elegido el vasco como idioma de los cromañones porque es la lengua más antigua que existe, y si iba a escribir sobre los humanos más antiguos que existen, ¿por qué no escoger el vasco como lengua? Es evidentemente que en realidad ellos no hablarían el vasco, y que aunque hubiera sido su lengua originaria, después de 30.000 años habría cambiado tanto... Pero tienen unos sonidos muy adecuados, me permite utilizar nombres que significan algo, no son aleatorios (los lectores que sepan vasco dispondrán de pistas que a otros se les escaparán) y, de paso, recuerdo al mundo que en España existe un idioma que es el más antiguo del mundo. Sin embargo, los nombres de los neandertales, como no son simbólicos, no significan nada, son simplemente sonidos para localizar a una persona o coordinarse en la caza.

* Lorenzo Mediano (Zaragoza, 1959) es médico, instructor de supervivencia en la naturaleza, y autor de novelas como Los olvidados de Filipinas, La escarcha sobre los hombros y El secreto de la diosa.

** Su último libro, Tras la huella del hombre rojo (Grijalbo) nos lleva treinta mil años antes de nuestra era. Los cromañones se han extendido por todo el mundo y los neandertales sólo subsisten en el sur de la Península Ibérica, protegidos por un río. Entonces se inicia una nueva era glaciar. Ibai, una joven chamán cromañón, viaja hasta la orilla del Gran Río para invocar a los espíritus y encontrar la manera de derrotar al dios del frío. Allí encuentra a Bid, un neandertal que ha dejado su tribu, ansioso por realizar una hazaña que le haga merecer el respeto de los suyos. Dos especies distintas se descubren, intentan comunicarse, desconfían y al mismo tiempo se atraen.




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