1 de diciembre de 2005

Berkeley repite mantras, suenan a consignas

Si Perspectiva integral tuviera que escoger un lugar en este planeta para fijar su sede, un lugar en el cual se abrazaran individuo y sociedad, pasado y presente, tradición y transgresión, paganismo y religiosidad y calma y tempestad, se quedaría con el planeta entero. Como esto no es posible, y la respuesta seguro no te satisface, elegimos Berkeley, California. Asentada como toda la Bahía de San Francisco sobre una falla, esta ciudad universitaria fue durante los sesenta el epicentro de un movimiento sísmico que aunque dejó los edificios en pie, derribó muchos dogmas establecidos.

El terremoto fue bautizado con el nombre de Contracultura. Lo de ‘contra’ se debía más a una actitud irreverente y juguetona, que a un impulso destructivo. Los manifestantes contra la guerra de Vietnam trataban de engatusar a los policías con flores silvestres, no les tiraban cócteles molotov(ni adoquines como en el mayo francés).
En la ‘cultura’ que concebía este generación que llevaba flores en el pelo y vestía pantalones de campana- algunos incluso descalzos-, el pacifismo caminaba de la mano con el ecologismo, la integración racial, la extensión de los derechos civiles a los más desfavorecidos, la liberación sexual de la mujer y el movimiento-orgullo gay. Si abres otra ventana en tu navegador con la edición electrónica de cualquier periódico, comprobarás que en algunos temas se ha avanzado, otros siguen igual y el calentamiento global no para de aumentar.

Aquarius patrocina la Era Acuario

La que parecía iba a ser la Era de Acuario ha terminado por ser la de Aquarius: te la venden como transparente y dulce, pero no te explican sus ingredientes y jamás experimentas lo mismo que el tipo del anuncio. Aparte de la bebida isotónica y Jean Paul Gaultiercon sus estampados del Che Guevara, muchos han sido los que se ha apropiado, y echo caja, de los símbolos y consignas de esa época. Lo que antes servía para inspirar un futuro mejor, funciona vendiendo pantalones Diesel, que también patrocina el Verano del Amor.

Telegraph Ave.

Esta avenida comunica el campus universitario de Berkeley con la ciudad. Me imagino que en los 60 estaría llena de hippys tocando guitarras y panderetas, aunque quizás me equivoque. Lo cierto es que hace un mes cuando la visité no me encontré con ninguno, ni siquiera vi a nadie en pantalón de campana. Parecía que el único reducto de los 60 era un puesto en el que se vendían esas camisetas sicodélicas, que de vez en cuando se vuelven a poner de moda. Lo que seguro no se va a poner nunca de moda, ni Jean Paul Gaultier lo lograría, era la indumentaria a medio camino entre homeless neoyorquino, leñador de Wisconsin y mira tío, ¿qué le voy hacer?, es lo único que quedaba en el fondo de mi armario que vestía el dueño de un puesto, que parecía no haber cambiado en cuatro décadas. Lo que tampoco había cambiado era la fuerza que contenían los mensajes y las consignas que vendía impresos en pegatinas y camisetas. Frases que por quien las dijo o por lo que dicen, o por las dos cosas, comunicaban como ningún otro medio un espíritu inconformista, utópico y algo ingenuo. Entre los autores de las frases: John Lennon, Martín Luther King, Ghandi, Bob Dylan, Jim Morrison... y lo que decían los anónimos eran cosas del estilo: “haz el amor y no la guerra”, “fluye con la corriente”, “soy la clase de persona sobre la que mis padres me advirtieron”, “tú tienes que ser el cambio que quieres ver en el mundo”. Las consignas de entonces se extendieron como la pólvora, y descubrieron a muchos una nueva forma de pensar, sentir y actuar. Y aún hoy provocan pequeñas explosiones en quien las lee.

La Rueda del Samsara

San Pablo es una calle que sale de Telegraph un poco antes de llegar al campus. Al final de ella, subiendo una colina, se encuentra un templo budista. No es el único centro religioso de la zona. Berkely está lleno de iglesias de todas las confesiones, Dios tiene donde elegir. Estoy seguro que si tuviera que hacerlo- y no pudiera quedarse con todas-, escogería la misma que yo. No estoy presumiendo que Dios sea budista. Presumo que tiene buen gusto y sensibilidad. En el interior del templo se encuentra un jardín que podría llamarse edén. Te aconsejan al entrar que lo recorras en sentido de las agujas del reloj. Comienzas bordeando el estanque sobre el que flotan flores de loto y nadan peces dorados. El sendero atraviesa más árboles y flores cuyo nombre no tienes que conocer, para apreciar su belleza y recibir la vitalidad que emanan. Unos pájaros de color azul y una mata de pelo sobre la cabeza a modo de sombrero, recorren libremente el jardín, siguiendo (sin dejar huella) sus propios caminos, Digo libremente pues nadie puede obligarles a fijar allí su residencia. El final del paseo esta cerca del principio. Y como refuerzo a la metáfora se encuentra un molino tibetano. Pregunté al guía del centro por su significado. El molino representa la rueda del Samsara, dijo. Supongo que tú también habrías seguido preguntado. Samsara, me informó, es el nombre que da el budismo al ciclo de una vida y sus diferentes fases físicas, emocionales y mentales.
El molino gira continuamente, continuó, porque al igual que la vida, todo cambia y nada permanece quieto. Nada cambia, añadió, porque nuestros deseos nos obligan a estar siempre en movimiento. Y qué hace girar al molino, pregunté. El guía señaló unos cilindros dorados. Por fuera hacen de turbina de la rueda. Por dentro llevan enrollados miles de mantras escritos a mano sobre papel de arroz. Como turbina provocan el giro continuo de la rueda, a modo de deseos. Como recipientes de mantras, le dan significado y sentido. Una placa sobre el suelo recogía alguno de esos mantras y su traducción. ‘Om namo narayanaya’, yo soy el que ve. ‘Om tat sat’, no hay separación entre tú y yo. ‘ Tat tuam asi’, tú eres eso.

Entre el mantra y la consigna

Me despedí del templo y su guía. Y también de Berkeley, pues el día siguiente emprendía mi vuelta a casa. Durante el camino me pregunté cual era el deseo que me había llevado hasta allí. Pero tras darle muchas vueltas, terminé por darme cuenta que lo importante era decidir el deseo que me iba a mover a partir de entonces, que iba a hacer girar mi propia rueda del samsara. Y que significado y sentido le iba a dar. Bien podía ser ese deseo la satisfacción de mi propio interés, la igualdad racial, el fin de la pobreza, la salvación del planeta o la paz mundial o... Bien podía ser buscar un significado y sentido a los mantras que dicen que yo soy el que ve, o que no hay separación entre tú y yo. Bien podía cultivar flores, repetir mantras, poner en práctica alguna consigna de los 60 y beber aquarius, confiar y dejar de preocuparme tanto...



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