14 de octubre de 2005

El artista incomprendido

por Guillermo de la Puente

Capítulo primero

2.

“Un joven condenado por una torre de tazas”. A tres columnas y en la página cinco. La noticia local más importante después del Pleno en el Ayuntamiento sobre los fondos ganaderos. Verja estaba hundido en el titular de La Opinión, el segundo periódico capitalino. No quería levantar la vista porque un poco más allá estaba la mirada de su director. Francisco Follosa era el hombre que le había quitado a El Aedo el sabor rancio, ese que quedaba en los dedos ensalivados para pasar las páginas. Literalmente, pues había cambiado el proveedor de papel del periódico; también había introducido el color y otras cosas más. Verja no quería levantar la cabeza, aunque creía haber visto una sonrisa que le disculpaba al entrar en el despacho. Pero sólo creía haberla visto.

Follosa empezó a hablar. Sí que sonreía, pero nada más que para que sus palabras no le parecieran lo duras que eran. Se lo dictaba el respeto a la larga carrera del periodista. Además, ni siquiera hizo mención de los artículos pasados ni sacó a la palestra las amistades de Verja, que conocía perfectamente. Era una chiquillada, una salida del tiesto comprensible en un buen redactor al que “cierto ambiente enrarecido” estaba confundiendo. Por otra parte los intentos de La Opinión por ensuciarles con esa mamarrachada no iban a llegar muy lejos; al fin y al cabo, la denuncia del chico se trataba de una iniciativa privada de uno de sus redactores, que no contaba con el apoyo de la dirección, tal como explicitaría el editorial del día siguiente. Verja se estremeció, indefenso. Aunque, matizó Follosa, el periódico subrayaría el derecho de su redactor a luchar por sus ideas e incluso daría muestras de comprensión respecto a su iniciativa. Follosa sabía lo que Verja significaba para ciertos lectores, pero quería dejarle claro que no dudaría en negarle las veces que fuera necesario si su labor como director y la trayectoria del periódico se ponían en peligro.

Después de todo, la chiquilla esa de La Opinión, Alba Junquera, se había empleado a fondo. No se había limitado a transcribir el juicio, sino que había caricaturizado con sutileza a “los enfervorizados adláteres que jaleaban al señor Froilán Verja, demostino en su declaración y en su pugna por las buenas costumbres”, la verborrea de un “juez justiciero, si el lector permite los dos abusos; el mío, lingüístico y el suyo, profesional” y la simpatía por un infeliz que “no entendía nada pero se mostraba conforme a todo, con la servidumbre de la presa paralizada por el miedo”. No habían visto su firma antes, así que se trataba, de seguro, de una niñata con ganas de ganarse el puesto. En cualquier caso, no se le habrían permitido esas libertades en su crónica si la dirección de La Opinión no estuviera detrás. Lo más probable era que ni siquiera lo hubiera escrito ella. “Mañana, sentenció Follosa, les daremos un buen rapapolvo a éstos. Pelayo se ocupará”. Verja comprendió que se le cerraba cualquier posibilidad de meter mano en la réplica. Tendría que escupir sus blasfemias por las esquinas. Follosa le hizo unas cuantas bromas, despidiéndole sin querer insistir en el incidente, ni en la actitud de su redactor. Cuando iba a salir del despacho, precisamente Pelayo metía su cabeza de pingüino entre el vano y la puerta. “Está aquí el chaval”. “¿Qué chaval?”. “Pues quién va a ser, el Miguel Zoranda ése. Quiere verte”, dijo, dirigiéndose a Verja. Follosa suspiró, miró a su redactor y pensó que con su mirada estaba dicho todo. “Llévale al despacho de invitados y dile que va en un momento”.

El rictus de enfado de Miguel no sorprendió a Verja, que suponía que habría leído La Opinión y vendría a reivindicar sus derechos para no formar un escándalo aún mayor. Y era verdad que Miguel estaba muy molesto. Aquella mañana, antes de dirigirse a la redacción de El Aedo, se convenció de que su hermano y el resto de sus amigos habían puesto en marcha su red de contactos para acabar con sus creaciones. No fue después del juicio cuando lo pensó, puesto que seguía considerando que no se trataba más que de un lamentable pero involuntario error por parte del señor Verja, que no le había entendido bien. Pero cuando le llamó la señorita Alba Junquera y se negó a concederle una entrevista con el juicio como tema, ella le replicó. “Miguel, si me permites llamarte de tú, sabemos que no es casualidad ni mala educación lo de tus torres. He averiguado que hace unos pocos días había una torre de cubos de basura en una calle céntrica y juraría que tú eras el autor”. Colgó sin pensar, e hizo caso omiso de los rugidos posteriores del teléfono. Podían estar vigilándole y ahora que habían descubierto su arrojo, haciendo tan públicas sus creaciones, podían tratar de atarle las manos. Ya no sería su hermano, ni dos o tres amigos; toda la ciudad le gritaría; “¡Estás tonto! ¡Por qué narices tienes que avergonzarnos ante todo el mundo!”.

Pues bien, iba a defenderse. De hecho, iba a decidir aquella misma tarde, donde realizaría su Tercer ataque frontal a la sensibilidad abotargada. Y así fue mascullando hasta la redacción de El Aedo, repitiéndose cómo haría arrepentirse a todos aquellos que intentaban ponerle una mordaza.



El altivo Verja del día anterior parecía ahora un mayordomo. Le invitó a tomar asiento y tragándose, en varios intentos, su orgullo, se disculpó ante él por si el trato dispensado en el juzgado le había parecido demasiado “rudo”. Miguel le miraba impasible. Verja fue más allá; se podría llegar a un acuerdo para resolver pacíficamente el caso sin que él recurriera a un tribunal superior la sentencia. Miguel empezó a suavizar sus músculos faciales. Incluso estaba dispuesto a ocuparse él mismo del importe de la multa. “Siempre que este acuerdo quede entre nosotros”. Froilán Verja planeaba rápidamente. Nadie debería saberlo. Así podría mantener intacta su victoria moral. El chico parecía sonreír ante la idea del acuerdo, lo que significaba que no quería aprovecharse de la situación.

A Miguel, la última frase le entusiasmó. Así que Verja no estaba con ellos. Lo sabía. Había sido una víctima de los esfuerzos de otros por incriminar su arte. Y ahora en esa soledad, y bajo el auspicio del silencio, Verja se mostraba como un aliado, dispuesto a proteger sus creaciones.

“¿Qué quería decir con lo de equilibrio precario de la torre y el desprecio por las normas clásicas?” Verja pestañeó antes de acordarse de su artículo. La pregunta le ofuscaba; tal vez el chico quisiera burlarse de él. Aquellos comentarios fueron provocados por la necesidad de “unidad sinfónica” del artículo, tal como había dicho el cura Ramírez en el Círculo Cultural, y no tenían otro sentido. Pero fuera por ganas de burlarse o por pura curiosidad hacia su persona, Verja pensó que a las puertas de un acuerdo era mejor contestar como si se tomara en serio la pregunta. “Es evidente que el uso de sólo parte de la superficie de apoyo genera una tensión en la estructura que se transmite al espectador, chirría como un mal sonido, como una iglesia con la campana en el suelo”. El Diccionario de Estética del padre Flórez le había sacado nuevamente del apuro, al recordar un comentario sobre cierta escultura contemporánea.

Miguel repitió las palabras de Verja como si las tuviese que aprender para un examen. Una vez fuera del despacho, el redactor le despidió con una displicencia que dejó boquiabiertos a sus compañeros de redacción. Follosa y Pelayo se acercaron asustados en cuanto el chico se fue, como si Verja acabara de dejar abierta la espita del gas. “No hay de qué preocuparse”, dijo Verja. “Quería ver cuán débiles nos mostrábamos. No tengo la impresión, ni de que vaya a recurrir la multa. Me parece que ha entendido que hizo una gamberrada muy tonta”. Director y subdirector no se creyeron mucho lo que les decía. “Froilán, esperaba un poco más de tu parte. Esperemos que el chico no decida hacer lo contrario de lo que a ti te parece. En cualquier caso, ya lo sabes, nosotros nos desentendemos”. Aunque era la amenaza más firme que Follosa le había lanzado desde que dirigía el periódico, Verja estaba convencido de que aquel chaval desgarbado y risueño respetaría su pacto. Aún cuando aquello no le cuadraba mucho con su convencimiento de que era un vulgar gamberro. Ahora tenía que ocuparse de esa pérfida redactora. Si bien no podía contestarla a través del periódico, había otros medios para hacerle pagar su osadía.

La excitación aceleraba el paso de Miguel en su vuelta a casa. Mientras recordaba la frase de Verja, su cabeza bullía con la idea que había tenido para su Tercer ataque frontal a la sensibilidad abotargada. Desde la entrada de su calle divisó la figura impresionista de un vestido luminoso en la boca negra del taller. Unos pasos más adelante fue la larga coleta rubia y después toda la chica. Una chica que no era de su instituto y que preguntaba por él, dado el modo en que su hermano le apuntaba con su brazo extendido como Pinzón. Él siguió acercándose hasta su sonrisa. Detrás de ella, su hermano Ovidio le hacía gestos ostensibles de que iba a cortarle la cabeza como le complicara más la vida.

Miguel, encantada, soy Alba Junquera, la periodista que te ha llamado esta mañana”, el suave acento andaluz le asustó aún más, sin comprender porqué. “No, lo siento, no quiero decir nada más sobre lo ocurrido ayer…” Tenía que evitarla, más ahora que sabía que sólo don Froilán Verja era su apoyo evidente. “No importa, sólo querría tratar otro tema. Quería preguntarte sobre el motivo de tus torres”. Su hermano le miraba amenazador. "Bueno, lo único que puedo decir es que…" La chica sonreía, toda la chica sonreía. Pero detrás estaba su hermano. “Es evidente que el uso de sólo parte de la superficie de apoyo genera una tensión en la estructura que se transmite al espectador”. La chica sonrió más aún. “Exacto. Eso es lo que yo pensaba pero…”

Miguel se dio la vuelta y se metió deprisa en el taller. “Miguel, por favor…”. “Tengo prisa, lo siento”, dijo entrando en el lavabo. Cuando salió, la chica se había ido. “Se ha marchado bastante mosqueada. Tenías que haberle dicho algo que la dejara contenta, idiota”, le recriminó Ovidio; con él uno no sabía a qué atenerse. Sobre una de las mesas de herramientas aparecía abierto La Opinión, justo en la noticia que contaba el juicio.


Un par de días más tarde, Ovidio bufaba a la puerta de la Iglesia de Santo Tomás; esperaba, con otras dos docenas de feligreses, a que el cura abriese el templo. A su prima Natalia no se le había ocurrido mejor idea que hacer comulgar a sus dos hijas en misa de 8 de la mañana, y siendo febrero como era. Las chavalas, de once y doce años, estaban ateridas por el frío, con dos trajes angelicales y ligeros debajo del abrigo. También lo estaba el abuelo Pascual, y los tíos Ernesto y Valerio, a los que Natalia había hecho venir desde Pontevedra para la ceremonia. Aquella mañana de sábado, Ovidio pensaba en la suerte que había tenido el atontado de su hermano Miguel, que rellenaba los folios de un examen, precisamente a esa hora, en el instituto. Además tendría que tener cerrado el taller toda la mañana, precisamente ese fin de semana que Rodrigo quería tener el Audi listo para el lunes. Eso suponía trabajar el domingo por la tarde, y se perdería el partido del Balompédico. Un partido que podía significar el ascenso. Tenía ganas de pegar a su hermano.

Al fin apareció el cura y abrió la puerta de aquella “joya del románico”, como rezaban las guías de viaje. Entró el grupo que arropaba a las comulgantes, seguido de algunas decrépitas señoras que pasaban más tiempo en la iglesia que en casa, ansiosas de enviar su alma a Dios.

Los parroquianos ocuparon lugares en los bancos y el cura se puso, con rapidez de ministro, la casulla para oficiar. Cuando iniciaba la liturgia, un becqueriano grito de espanto se escapó de uno de los bancos laterales. Todos vieron como se desplomaba la antiquísima doña Eulalia, con un espasmódico movimiento en el brazo derecho que intentaba apuntar a un retablo, en lo alto de una de las paredes del templo. Era un gran retablo tallado, colocado sobre un balconcito, en él se representaba la escena de la multiplicación del pan y los peces. Entre la figura de Jesús y las de los apóstoles alguien había colocado una torre de cuatro cálices sagrados y seis cartones de vino de mesa El Baco campestre alternados.

Verja puso con precisión las dos cartas que coronaban su torre, a pesar de los timbrazos. Había recobrado desde la mañana de ese sábado tal seguridad en sí mismo, en su destino, en su lugar en el mundo, que nada habría hecho correr peligro a la torre triangular de cartas: la más grande que había hecho en cincuenta y dos años. Tenía una base de diez parejas; sobre cada piso se asentaba una nueva fila con una pareja menos que la anterior hasta llegar a un total de diez pisos. Era una habilidad que había adquirido de su padre. “No creo que ese gamberro amontonador pudiese hacer lo mismo”. Y encima lo había conseguido soportando a algún imbécil que no dejaba de tocar el timbre. ¡Con lo a gusto que se sentía!: enfundado en su bata, con sus zapatillas de lana, con la mesa ocupada por esa torre tan bien hecha, con sus dibujos de cuerpos femeninos desnudos, desperdigados por el despacho. Él sí que era un artista.

Cuando sintió que la maleducada interrupción no podía ya afectar al equilibrio de la torre decidió salir a abrir la puerta. Sonrió a su visita como si la esperara, aunque en su cabeza se repetía una y otra vez que no podía ser. Miguel Zoranda, ensopado por la lluvia, le pedía que le dejara pasar. Verja explicaría mucho después que se sintió conmovido por el estado del chico y que no es verdad, como afirman algunos, que su primera decisión fuese echarle un rapapolvo, haciendo mención a su “papel público”, su “responsabilidad”, su “sentido de la decencia”, y mandarle a su casa sino quería que llamase a la policía. Según el redactor, el sentimiento de piedad y el dictado de servicio público confluyeron. Le dio una toalla y le hizo pasar a su despacho.



Cuando Miguel vio la torre de cartas le miró con entusiasta complicidad. No sólo la torre sino los desnudos, que Verja escondía a toda prisa, confirmaban lo que ya sabía: que el periodista tenía un espíritu artístico como el suyo. “Usted es el único que me comprende; mi única salvación ahora que soy un perseguido”. Verja estaba tan ocupado en recoger todas las láminas con desnudos que no escuchó la frase. Si acaso la consideró una más de las tonterías de aquél atípico delincuente. Pero un segundo después se quedó paralizado. Se dio cuenta de que llevaba todo el rato preguntándose porqué había venido aquel idiota a su casa y acababa de conocer la respuesta. Ahora entendía su obsesión con el comentario “artístico” de la noticia. No era ninguna broma; el chico le consideraba un artista que le comprendía. Verja sonrió. Aquello sí que tenía gracia. “No puedo volver a casa, sabe, mi hermano. En fin… estoy seguro de que mi creación de hoy ha debido enfadarle bastante”.

“No te preocupes, puedes quedarte aquí esta noche si quieres”, le dijo Verja. “¿Qué le ha parecido mi última torre?”. Verja buscó las palabras adecuadas. Recordaba su llegada a la iglesia a mediodía, los comentarios furibundos del cura que lamentaba que la Iglesia no tuviese ya “su propio brazo ejecutor, contra los profanadores y vicarios del Demonio”, recordaba la torre sobre el balconcito…“Provocadora y sugerente”, dijo. Miguel puso la misma cara de excitación y felicidad del hambriento al que le acercaran la comida. Verja pensó que debía darse prisa, así que le invitó a sentarse. “Me gustaría hacerte unas preguntas que podrían servirnos como entrevista para el periódico. Por cierto, ¿no has leído La Opinión últimamente?”. “Ah, sí, he leído la noticia sobre el juicio. Hace dos días vino una chica a entrevistarme, pero no pude atenderla. Además, y entre nosotros, creo que junto a mi hermano y algunos de mis amigos pretende que desista en mis creaciones poniéndolo todo en ridículo”. “Sí, eso es lo que yo sé, según me han contado, espérate un momento que voy a hacer una llamada para avisar de que podemos publicar una entrevista contigo”.

Mientras Verja cuchicheaba en el teléfono, Miguel pudo observar que el despacho del redactor estaba lleno de objetos hechos a mano: pequeñas vasijas, esculturas, una réplica de la catedral hecha con palillos, unos pájaros de papel que colgaban de la lámpara del techo. La variedad y prolijidad de cosas que había hecho Verja tenían a Miguel estupefacto.

“Bueno, ya estoy aquí. Como te decía me gustaría hacerte unas preguntas para… contribuir a la defensa de tu arte. Por ejemplo, ¿cuándo decidiste atacar, y entiéndeme que lo digo en sentido metafórico, los lugares públicos y los santos, como la iglesia de esta mañana con tus torres?”. “Bueno, estimado don Froilán, como usted bien sabe, los intentos por coartar mi expresión me han obligado a buscar el apoyo de miradas libres y sin prejuicios, como la suya, para alcanzar mi libertad creadora”. “¿Quieres decir que, a falta de nada mejor y para llamar la atención, decidiste dedicarte a esto?”. “Efectivamente, sólo así se podía conseguir que aquellos que aprecian mis torres puedan disfrutarlas”. “¿Crees entonces que todo está permitido, incluso profanar un lugar sagrado como una iglesia, (y con esto quiero animarte Miguel a que defiendas con valentía tu arte)?”. “Por supuesto, todo debe estar permitido para que un artista, como tú o como yo, se exprese”… Verja se relamía. Se sentía fuerte, como en los viejos tiempos, cuando algunas de sus noticias de sucesos tenían el empuje palpitante de lo inmediato. De hecho, algún lector había comparado el trabajo en esas noticias con las crónicas de guerra de los auténticos corresponsales: por ejemplo, la noticia del incendio en el ayuntamiento, cuando entrevistó al regidor mientras éste se afanaba en intentar sacar una pequeña caja fuerte. O la ocasión en que vivió, hombro con hombro con el capitán antidisturbios, la disolución de una manifestación. Dejaba llevar febrilmente su imaginación hasta las frases de aquellos artículos: “La porra ajusticiadora barre el aire para dispersar a los enemigos del orden. Al lado del capitán puedo sentir la fuerza de su brazo, el sonido del aleteo de su instrumento, la comprensión de quién tiene el poder, en la cara de los manifestantes”.

Casi había acabado con las preguntas cuando sonó el timbre. El comisario Mateo, alto, orondo y de manos enormes, venía acompañado de un policía. Verja entró primero en el despacho para preparar a Miguel. “Lo siento amigo, alguien ha debido delatarte”. Las caras de los agentes no asustaron a Miguel que se sentía muy a gusto tras la entrevista. “Muchacho, tienes que acompañarnos, no te resistas. Cuando lleguemos a la comisaría podrás llamar a tu hermano”. “Pero agente, ¿cuál es el motivo de mi detención?”. “Anda, anda, tira para delante. No me pongas de mal humor”, dijo Mateo dándole una buena colleja, “después de saquear la iglesia todavía preguntas; si desde el principio os hubieran tenido a raya ahora no estaríamos con este cuento”. Mateo sonrió a Verja antes de cruzar la puerta tras Miguel y el policía. Ahora sí, Verja llamó al periódico.

Capítulo tercero



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