14 de octubre de 2005

El artista incomprendido

por Guillermo de la Puente

1.

“¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la puta! ¡Estás idiota perdido! ¡Mira qué estropicio has organizado en un momento! ¡Te voy a partir la crisma! ¡Por imbécil!”. Y eso que Miguel sabía que el culpable del desastre era su hermano Ovidio, quien, antes de gritarle de esa manera, retrocedió sin mirar, empujó la mesa y provocó el derrumbe de su última torre de tazas; un prodigio de equilibrio, si se tenía en cuenta que las grandes orejas de las cinco tazas, ahora trozos de loza por el suelo, impedían un perfecto acoplamiento.

Hacía días que boicoteaban sus creaciones. Había tenido que imponerse no hacer más torres fuera de casa para evitar incidentes como el que provocó aquella cuchara pringosa de café capuchino al caer en el peinado de una señora, a un paso de la mesa en que conversaba con Rodolfo. Cierto era que su amigo se había disculpado, sin embargo, no había tenido reparos en contarle a la víctima que el vuelo de la cuchara, iniciado en el borde de la última taza de una modesta torre de tres, donde se balanceaba casi a punto del equilibrio, había sido provocado por el ataque de nervios que le provocaban esos “amontonamientos de aquí mi amigo, que es anoréxico neuronal, discúlpele”.

La última bronca de su hermano confirmaba sus sospechas: se trataba de un complot para que se avergonzara de su comportamiento, para que cediera ante la normalidad, la horizontalidad de las cosas. ¿Por qué si no Ovidio tiraba la torre y le culpaba? ¿Por qué Rodolfo organizaba todo aquel escándalo público cuando fue él el que hizo saltar la cucharilla? Aquella mala fe sólo podía tener ese propósito. No es que fuera algo nuevo, pero la virulencia de los ataques en los últimos días tenía que responder a un plan.

Miguel no iba a derrumbarse por esta intimidación. No podía rendirse, abandonar su necesidad de expresarse por culpa de la falta de sensibilidad. Algún día, un cazatalentos comprobaría que había algo más que una “estupidez” en sus torres, algo más que “la manía de un imbécil que se divierte poniendo de los nervios a los demás”, según su hermano. Cuando Miguel pensaba en un cazatalentos sabía a qué se refería. Una persona que supiera ver en sus creaciones la insobornable pericia del artista nato. Tal vez fuera sólo un empresario de la decoración, un fabricante de menaje del hogar, o quizás un marchante de arte. La rentabilidad era lo de menos. Lo importante era la perseverancia; tenía que hacerse entender. Estaba convencido de que sus amigos cederían ante el arrastre de entusiasmo que provocarían dentro de poco sus torres.

Como le había dicho su tío abuelo Abundio, que había forrado toda su casa de cerillas, “en el mundo moderno, si tú no defiendes el sentido de lo que haces, nadie lo va a hacer por ti”. Convencido de esa precariedad del creador, no esperaba provocar grandes alabanzas con su Primer ataque frontal a la sensibilidad abotargada. Había elegido este epígrafe para poder referirse a él en su diario. Al fin y al cabo aquella torre le llevó más trabajo del habitual, y como tampoco le gustaba darlas un nombre, decidió describir de esa manera el acto. También fue difícil, desde la distancia, definir la primera reacción del conductor que acercó el camión de recogida de basuras, y que sólo pudo musitar “¿pero qué hijo de puta?” antes de que su compañero, encaramado en la parte trasera, se acercara hasta la ventanilla para ponerle la misma cara de extrañeza y apostillar: “Ya te lo decía Andrés, la gente no tiene nada que hacer, y como no tiene nada que hacer, pues a joder todo el día”. Los dos empleados de la limpieza discutieron durante unos instantes de qué manera iban a desmontar la torre de tres cubos de basura y dos cajas de cartón que tenían delante, sin que les cayera nada encima.

Miguel decidió no considerar, como reacción válida, las blasfemias del que empujó el segundo cubo y salió corriendo sin poder evitar que la caja más alta le cayera encima por la parte abierta. Aquellos gritos no significaban necesariamente que no hubieran encontrado sorprendente, e incluso osada, su torre. Iban dirigidos a él, no a su creación; y un artista nunca debe confundirse con su obra. De hecho, los comentarios anteriores al derrumbe bien hubieran podido ser halagadores. Decidió no apuntar ninguna conclusión en su cuaderno justo debajo del título: Primer ataque frontal a la sensibilidad abotargada. El segundo, pensó, debería conseguir una reacción más clara, espontánea y de mayor número de individuos. Quedaba claro que cuando se trataba de una minoría, el público actuaba con una sopesada ambigüedad. Respuestas como “¿Qué cojones haces?”, “Tú quieres que nos echen de aquí” o “Como sigas apilando cosas me voy”, certificaban lo difícil que resulta en este mundo tener que reaccionar sólo y con libre opinión ante la mirada inquisitiva de los demás. Sólo el anonimato de la masa permitía a cada uno responder sin presión.

Claro que la masa bien podía callarse, volverse ciega, indiferente. Así fue en el Parque Góngora. Todos los paseantes disfrutaban de una rutinaria mañana soleada, del color pálido de las flores en el parterre que circundaba el pequeño lago, de los clásicos zigzagueos de los patos en el agua, de la perenne mirada de la estatua del marinero Pinzón en la isla del diminuto lago, y de la lógica torre de cinco tazas azules y rojas sobre la mano de Pinzón. Sólo pudo tomar nota de las palabras de un par de jubilados. Al pasar frente al lago, se preguntaron sobre la veracidad histórica de que Pinzón, mientras anunciaba tierra, estuviese haciendo equilibrios con tazas.

Al día siguiente, para aclararle la interpretación pública, un periódico titulaba: “Otro atentado contra las joyas artísticas de la capital”. Y el subtítulo: “Un grupo de Vándalos coloca una torre de tazas sobre la mano de Pinzón, después de un botellón”. Al periodista le había dado igual la discutible vuelta de los Vándalos y la horrísona frase, pero Miguel se sentía satisfecho. A pesar de la confusión había conseguido una respuesta. De hecho, el autor no había ocultado su sensibilidad artística al hacer comentarios sobre “la mala fe” de los Vándalos que “en lugar de hacer una perfecta y estable torre de tazas, las apilaron dejando siempre huecos y superficies sin aprovechar, con un gusto evidente por el equilibrio precario y un desprecio inaudito por la armonía clásica”. Exactamente, se dijo Miguel. Ahí había un espíritu comprensivo. Alguien que había percibido, más allá de lo superficial; lo atrevido, lo provocador de sus estructuras y la indudable presencia de un mensaje en ellas. Esa era la mirada que andaba buscando.

Tenía que contactar con él. Froilán Verja era el nombre que encabezaba el texto. Presentarse sin más en la redacción de El Aedo podía resultar ofensivo. Decidió escribir al periodista. Dudó si el tono que siempre usaba en las cartas sería el adecuado, pero era incapaz de escribir de otra manera, acostumbrada la mano durante años a las líneas, las palabras, las pausas, que su abuela ensobraba semanalmente para mandarlas a las revistas femeninas.

“Don Froilán Verja, estimado señor: Quiero agradecerle su nota sobre mi torre de tazas, levantada sobre el dorso de la mano del marinero Pinzón. Me gustaría aclararle algunos malentendidos: no se trataba de ningún grupo, ni menos de vándalos, en celebración ruidosa. Era el desesperado esfuerzo de un creador sin pretensiones por hacerse entender, por hallar algo más que miradas de reprensión y burla a su alrededor. Y adivino que no le incomodo cuando digo que al final he encontrado una voz que responde a mis llamadas, una mirada con agudeza en un entorno desértico. Sus escasas, pero nítidas y sutiles apreciaciones artísticas me hacen desear sinceramente que se desarrolle entre nosotros una fluida comunicación, una interpelación de un alma a otra alma hermana, un torrente de penetraciones mutuas de afilada inteligencia. Deseo conocerle pronto. Suyo, Miguel Zoranda”.


Ya se imaginaba la cara de Verja, sorprendido y entusiasmado por la explicación de la famosa torre de tazas, agarrando el auricular del teléfono con nerviosismo para poder hablar con Miguel. Y sí, Verja se quedó extasiado hasta el punto de mascullar: “Este tío no sabe quién soy yo”, mientras mordía, con regusto canino, un purito que colgaba de su boca.

Los dos largos mechones que cubrían, de izquierda a derecha, la superficie ovalada de su cabeza, casi pelada por lo demás, bailaron durante el segundo en el que alguien dejó abierta una de las ventanas de la redacción de El Aedo, provocándole espasmos de furia, un grito de “¡cerrar la puta ventana, capullos!”, y risas ahogadas alrededor. Casi todo el mundo en el periódico consideraba parte de su sueldo hacer poner a prueba la babeante mala leche de Verja. Aunque era canijo y ladrador, intentaba alcanzar la respetabilidad que sus compañeros parecían negarle, pero que la confianza del director y las relaciones públicas le barnizaban ante todo el mundo, fuera y dentro del periódico. No había pasado del puesto de redactor después de veintiséis años de servicio; según él porque le interesaba estar a pie de calle, según el director porque no tenía visión de redactor jefe. Los últimos tiempos le habían colocado en una situación mucho más apetecible que la del incómodo puesto. Las “deserciones”, como él las llamaba, la renovación de la plantilla y el propio viraje del rotativo hacia un estilo menos coherente, más abierto a la frivolidad juvenil y a la ambigüedad política y temática, preocupaban a ciertos veteranos lectores que convirtieron a Verja en confesor, recipiente de sus desvelos por la pérdida de valores, la frivolidad y la provocación que empezaban a instalarse en la vida diaria de la pequeña capital de provincia. Don Froilán, como le llamaban estos incondicionales, seguidores del viejo Aedo, (algún antiguo diputado, curas de renombre, en definitiva, los miembros del selecto círculo cultural El Arco y las flechas) veía cada vez más clara su responsabilidad moral ante la opinión pública.

Cada día, al levantar sus manos para dar comienzo al traqueteo de su máquina de escribir, percibía que ya no era el plumilla Froilán Verja el que se disponía a rellenar líneas pasajeras, sino un hombre de confianza de espíritus ilustres, que debía dejar palabras imperecederas en las páginas de El Aedo, páginas de reflexión para los disolutos y los atrevidos. Sin llamar demasiado la atención, pero con firmeza, Verja fue anotando en los pequeños y grandes acontecimientos del día (era el responsable tanto para los sucesos, como para los grandes actos políticos) los detalles que revelaban esa flojera, esa falta de ideales que hacía lamentar el comportamiento de muchos conciudadanos. Un accidente de tráfico, unas pintadas, el robo en una tienda o la aparición de una increíble torre de tazas en el dorso de la mano de la estatua de Pinzón se convertían, con los aporreos de su máquina, en obras clásicas del periodismo crítico contemporáneo.

A pesar de los comentarios socarrones de sus redactores jefe, el director nunca quiso entrar al trapo del tono apocalíptico y rimbombante en el que un Verja, hasta ahora variable y agudo, insistía con la tozudez de una cura; fuera cual fuese el tema a tratar. El caso es que se hablaba de sus noticias y artículos, y el “grupo de apoyo” a Verja había logrado que se comentaran con halago. “Por fin una pluma que recoge la verdad de lo que pasa en sus ínfimas manifestaciones”, había escrito un lector. El periodista, hasta ahora ajeno al poder y las responsabilidades de un cargo, llegó incluso a considerar su candidatura a director para los próximos años. Tan encumbrado se sentía, que las insinuaciones obscenas del tiparraco que firmaba aquella carta, y que se acusaba de ser el autor del disparate de la estatua de Pinzón, le inflamaron hasta golpear varias veces con el tacón en el suelo, imaginando que le aplastaba igual que a un escarabajo y oía el crujir pegajoso del asqueroso cuerpecillo bajo su zapato. Lo que más le gustaba es que no se iba ni a preocupar. Una simple llamada serviría para que aquel incauto se diera cuenta de con quien trataba.

Lo importante era la perseverancia. Miguel comprendió que había vuelto a producirse un error cuando recibió la citación judicial con motivo de “desperfectos causados en patrimonio público”. No podía tratarse de él, alguien que no había roto ni una farola en las famosas manifestaciones estudiantiles de hacía tres años. Su vida, una vez más, se paraba ante el difícil ejercicio de hacerse entender. Para no complicar más las cosas, decidió presentarse en el juzgado el día de la citación.

En el fondo de una sala con media docena de espectadores, un juez togado y nervioso charlaba amigablemente con un hombre pequeño que se atusaba continuamente dos mechones de pelo. Se dio cuenta de que no había esperanza: la forma en que le miraron significaba que él era su víctima. Le desconcertó que aquel hombre, al que no había visto en su vida, tuviese algo contra él. Le hicieron sentarse y tras admitir que no llevaba abogado porque consideraba que todo se trataba de un error, una risa estentórea, mucho mayor que su emisor, salió de la boca del hombre bajito que le miraba como sus profesores, conscientes, con la mayor de las benevolencias, de que le iban a suspender. No aceptó el abogado de oficio y escuchó rígido el cargo de desperfecto en patrimonio público. “Obra en manos del tribunal una carta del acusado dirigida al señor Froilán Verja, aquí presente, por la que…” A Miguel se le escapó todo lo demás. Se volvió hacia Froilán Verja y no fue capaz de reconocer en ese pequeño cuerpo al hombre que le inspiraba la noticia del periódico. Aún así sonrió.

El juez le despertó de su ensimismamiento a golpe de mazo. “Le preguntaba si tiene algo que decir en su defensa”. Miguel protestó con mansedumbre campesina: no había provocado ningún desperfecto en la figura del marinero Pinzón… pero el juez estaba preparado para esa añagaza. “No lo provocó, es cierto, pero pudo haberlo provocado. Cualquiera de los patos que navegaban en el lago podría haber muerto víctima de un golpe de taza, si se hubieran caído de su estulta torre. Y además está el perjuicio moral, de burla a la autoridad y falta de respeto a los Prohombres Patrios. Es lo mismo que si usted hubiese hecho una pintada. Correrá por tanto con los mismos costes”. Se le impuso una multa; no muy alta, pero desproporcionada para el desaguisado.

Verja sonreía feliz. Era una conquista de la libertad. Algunos de los allí presentes, contertulios del club cultural El Arco y las flechas, corrieron a felicitarle. También Miguel se acercó a estrecharle la mano, volviendo a expresarle, “tal como indicaba en la carta”, su gusto por conocer al autor de la noticia. Los presentes se convencieron de que el muchacho era un idiota de los buenos, probablemente un retrasado. Verja, que quería lidiar entre la firmeza y la magnanimidad, se afirmó, y aunque tenía que levantar la cara para mirar a Miguel, le respondió con la soltura del encumbrado: “Joven, reconduzca su vida, reflexione sobre lo que ha hecho y piense que aún hay hombres en esta ciudad dispuestos a defender las buenas costumbres. Espero que esta experiencia le sirva de ejemplo”. Los acólitos aplaudieron con sus sonrisas las palabras de su ángel vengador.

Cuando Miguel le llevó la multa a su hermano, Ovidio estuvo por deslomarle a palos. Además de que en los últimos tiempos cada vez trabajaba menos en el taller de coches, porque necesitaba tiempo para estudiar sus exámenes, le venía con esas. Le mandó a casa a preparar la comida, diciéndole que ya se lo descontaría de las horas en el taller, que al fin y al cabo era negocio familiar heredado. Aquel día los ataques de Miguel habían acabado en retirada. Pero él era un chico optimista: las horas en el taller le servirían para despejar la mente de los exámenes y preparar su Tercer ataque frontal a la sensibilidad abotargada. Por otro lado, ya había sido presentado a don Froilán Verja y por tanto podía hacerle una visita a la redacción del periódico. Podrían discutir el sentido de sus apreciaciones artísticas.

Capítulo segundo



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