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27 de septiembre de 2005
El Sultán visita el Hamman
Mi última visita a la Alhambra de Granada supuso una experiencia
algo frustrante. Por no ser la primera ni la segunda vez, mi atención
pudo penetrar a través de su exhuberancia y belleza. Logré situarme en
una posición más allá de la sorpresa o el encanto, y tomar una perspectiva
más propia y habitual. En resumen, me puse a criticar. Dos cosas me irritaban
especialmente. La primera era que todo el lujo y los múltiples encantos
del palacio, estaban destinadas a satisfacer tan sólo a una persona. La
segunda, muy relacionada, era que la admiración que guardamos por un pasado
glorioso y el esfuerzo que dedicamos en mantener sus ruinas, no se traduce
un intento equivalente por rescatar lo mejor de entonces para la mayor
cantidad de nosotros. Cierto que contamos con una serie de comodidades
(agua corriente, calefacción, electrodomésticos...), que envidiarían nuestros
antepasados. Pero dime: ¿crees que un Sultán dejaría su Alhambra y
se mudaría a nuestra casa? Para poder contestar a esta pregunta, decidí
conocer una de las estancias de su palacio que ha sobrevivido a nuestros
días: el Hamman.
Medina Mayrit
En pleno centro de Madrid se encuentra un complejo que además de haber
rescatado los baños árabes, ofrece a sus clientes típica comida andalusí.
Medina
Mayrit, es su nombre y el que empleaban los árabes para referirse
a nuestra ciudad, sigue la tradición de aquellas casas de aguas que no
sólo amenizaban los días y las mil y una noches de su aristocracia, eran
igual de populares y accesibles al resto de la sociedad. Testimonio de
la relevancia que adquirió, son las palabras del historiador del s.XI
Abu Sir “una ciudad no es perfecta hasta que no cuenta con un Hamman”.
Siglo arriba siglo abajo, al llegar al establecimiento sentí que la puerta
de madera tallada que se encontraba ante mí, abría un encuentro con ese
pasado. Su artesanado mudéjar se repetía en la decoración del pasillo
abovedado que conducía a los baños. Antes siquiera de¨ce haberme mojado
los píes, ya me había sumergido de lleno en la atmósfera del Hamman. Aroma
a esencias. Luz tenue y vaporosa. Música tradicional que no llegué a acertar
de donde salía. Olfato, vista, y oído. Y, al fin, el agua. Tacto. La primera
sala es la del baño de agua templada. Su objetivo terapéutico es distendir
y tonificar musculación y articulaciones. También supone una primera
toma de contacto, antes de alternar los baños de agua caliente y fría.
Al ser la sala más grande, es posible echar unas brazadas si no hay mucha
gente. Aunque a mí lo que más me pedía el cuerpo era quedarme en una esquina
y no hacer nada.
Frío y caliente
Una vez te habitúas a la temperatura templada, lo recomendable es pasar
a la sala caliente o a la fría. Pensé que ya que tenía que ir, mejor probar
la sala fría después de un baño de agua templada que de uno caliente.
Aún así, una vez dentro, me pareció una mala idea. El agua estaba helada.
Pero no tardé en acostumbrarme, incluso llegué a sentirme a gusto. Empecé
a ir de un baño a otro. Cuando me sumergía en el de agua caliente, relajaba
el cuerpo, calmaba emociones y aquietaba mi mente. Al salir de la sala
fría, me encontraba rejuvenecido, pletórico de fuerza y energía. Los expertos
aseguran que someter al cuerpo a la temperatura de las dos salas, favorece
al riego sanguíneo, ayuda al funcionamiento de los órganos internos y
limpia y purifica los poros de la piel.
La sesión dura hora y media, pero una vez dentro del Hamman es muy difícil
calcular el tiempo. Aún así, cuando estimé que se acercaba el fin del
mío, decidí esperar mi llamada tumbado en el baño turco. A la vez activo
y pasivo, quiescente y dinámico, con mis sentidos adormecidos y despiertos,
volví al motivo que me había llevado hasta allí -y que tan pronto había
olvidado.
La decisión del Sultán
En lugar de eunucos y huríes a la salida me esperaba el bullicio de la
gran ciudad y una hora de metro hasta llegar a casa. No debía regir los
destinos de mis súbditos, sólo sería responsable de mis propios aciertos
y errores. La decisión queda pues en manos del sultán, ha de elegir entre
el poder y la gloria con las obligaciones que ello acarrea, o una vida
en la cual uno cuenta con más libertad pero menos decisión sobre su destino.
Si le asegurásemos que iba a poder seguir visitando el Hamman, creo que
más de un Sultán se cambiaría por nosotros. Aunque sólo fuera para no
correr el riesgo de perder la cabeza en cualquier revuelta. Ejém... bien
mirado, quizás me equivoque. Nuestra es vida y nuestro tiempo es tan
frágil aquí y ahora como allí y entonces. Más vale que los nutramos.
¿Nos vemos en el Hamman?
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