El hombre emblemático

por Jorge Doni López


El hombre emblemático no sospechaba que iba a convertirse en el hombre emblemático cuando comenzó a pensar en escribir una novela basada en la vida del pueblo en el trabajaba como maestro. Hizo fichas de sus vecinos y, durante semanas, tomó notas de las historias que contaban los hombres en el bar y las mujeres al salir de la iglesia. Las había tristes, alegres, truculentas, divertidas y escandalosas pero él las supo enlazar con los recursos que había aprendido en un taller de literatura por Internet. Cuando la acabó, apenas tuvo que hacer correcciones. Sus vecinos disfrutaron con los trozos que leyó en público, aunque tuvo que soportar alguna mala cara por los cambios que había introducido a las narraciones para hacerlas creíbles. El hombre emblemático, que aún no era emblemático, se decidió a presentar su novela al premio literario más importante entre los que no estaban amañados tan sólo porque le hacía ilusión que el presidente de jurado, un escritor de influencia norteamericana al que admirada desde su época de estudiante, leyera su novela. Él fue quien peleó para que la novela descarnada de ambiente rural se impusiera a las dos que la editorial había recomendado.

El hombre emblemático supo que iba ser emblemático cuando recibió una llamada de la editorial anunciándole que había ganado el premio y que, antes de la ceremonia, querían hablar con él para negociar los términos de la publicación y firmar una opción de compra sobre su obra posterior. Sólo se lo comentó al médico, con el que solía jugar al ajedrez, pero todo el pueblo acudió a despedirle en la gasolinera, donde paraba el autobús que iba a la Gran Ciudad. Todos le vieron en las noticias y el hijo del médico recortó todas las informaciones que se publicaron sobre él en la prensa, subrayando las referencias al Pueblo Pequeño, el lugar que había servido de inspiración para la que ya algunos consideraban la gran novela española del inicio del siglo.

El hombre emblemático, ya plenamente emblemático, quedó aturdido por la ceremonia de premio, las entrevistas y el recibimiento que se le dispensó en el Pueblo Pequeño. No recordaba con quién había hablado, qué había firmado y ni siquiera si la mujer con la que se había acostado en la Gran Ciudad era una escritora joven con problemas de peso o una periodista de un semanario que acababa de separarse. Apenas reconocía a primera vista dos o tres de los 137 números de teléfono nuevos que había incorporado a su móvil y tampoco sabía qué tenía que hacer con el manuscrito que alguien le había dejado en el lavabo de una discoteca. La única solución era tomarse unas vacaciones con el dinero del premio, quizá alquilar una casa para los tres meses de verano. No lo había acabado de pensar cuando llamaron a la puerta: era su amigo el médico acompañado del alcalde. Ambos le pidieron que se encargara del pregón de las fiestas de ese año y que diera algunas charlas para los chavales del pueblo durante el verano. O quizá, dijo el alcalde, preparar un verano cultural como el que tienen en el Pueblo Grande, con películas, obras de teatro y conciertos. Seguro que si llama usted no le dicen que no. El hombre emblemático les dijo que lo pensaría, que quería descansar después de todo lo que le había pasado. Como si lo esperaran, ambos sonrieron y el médico acompañó al alcalde hasta la puerta antes de volver junto a su amigo. Te entiendo pero también tienes que entenderlos a ellos, se sienten orgullosos de ti, eres lo más importante que ha pasado en este pueblo en toda historia, pueden sacar pecho. Te han dado tu novela, un poco de tu tiempo es lo menos que puedes darles. Ya descansarás después, un hombre emblemático como tú no va a seguir dando clase.

El hombre emblemático pasó el verano metido en un despacho del ayuntamiento llamando a todos los teléfonos que se había traído de la Gran Ciudad. Consiguió traer al Pueblo Pequeño al escritor de influencia norteamericana que tanto había admirado, una autora de novelas largas y sentimentales y a la escritora joven con problemas de peso, con la que descubrió que no se había acostado después de una serie de insinuaciones que acabaron en discusión. También organizó, casi sin darse cuenta, un certamen de cine literario que contó con la presencia de dos directores ganadores de un Oscar y que, según confirmó el concejal de hacienda en octubre, había provocado la quiebra del municipio. El alcalde, menos simpático que en todas las inauguraciones, volvió a visitar la casa del hombre emblemático, que aún no había dejado de serlo, para echarle la culpa de la situación del municipio e instarle a solucionar el problema cuanto antes. ¿Y cómo quiere que lo haga? Pues done el premio al pueblo, al fin y al cabo, volverá a donde salió. Esa novela salió de mi cabeza, yo la escribí. Te basaste en nuestras vidas; sin nosotros, nunca hubieras escrito nada.

El hombre emblemático logró deshacerse del alcalde sin discutir y se encerró en su casa para ponerse a escribir pero tan sólo pudo rellenar dos folios que salpicó de tachaduras. No dejaba de pensar en la maldición del alcalde. Paseando por la casa, encontró el manuscrito que había recibido en el lavabo de una discoteca en la Gran Ciudad y comenzó a leerlo. Era la historia de un poeta que, después de escribir un poemario que se convertía en emblemático, los compromisos le impedían volver a dedicarse a la literatura. Pidió un taxi y, de madrugada, se fue del pueblo con un par de maletas.

Ya instalado en la Gran Ciudad, el hombre que ya no era emblemático trasladó el resto de sus cosas y pidió al ministerio el cambio a un instituto en las afueras después de un año sabático. Nunca volvió a escribir. Un alumno que quería robar un examen sustrajo los dos folios salpicados de tachaduras y, años más tarde, los presentó como un cuento original en una web marginal. El hombre emblemático había muerto cuatro años antes. El Pueblo Pequeño le dedicó una calle.



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