El clan de los tres locos (I)

por Julio Montesinos


No debería sorprendernos hoy en día, cuando parece que todo está inventado, la historia que les voy a relatar y que versa sobre las venturas y desventuras de un joven empresario que se abrió un hueco en el salvaje y complicado mundo de los negocios. Al ser un completo don nadie, de currículum mediocre —como todo hijo de vecino, pues los de puta lo tienen con toda clase de másteres y expedientes brillantes—, sin conocidos que pudieran colocarlo siquiera en una mísera empresa de tercera, nuestro protagonista poseía todas las papeletas posibles para convertirse en uno más de aquellos miles de zoombies que pueblan las oficinas del INEM y que llevan el número del paro tatuado a fuego en el alma. Pero será mejor que nos situemos en el espacio y en el tiempo. Justo en ese momento crucial en la vida de muchas personas y que seguro que a alguno de ustedes les resultará familiar...

Roberto García Chicote nunca olvidaría aquel jueves, dieciocho de julio, cuando apareció en su casa con el resguardo provisional del título de licenciado en empresariales bajo el brazo. Sin duda era esta una de aquellas escasas ocasiones en las que su familia parecía olvidar de repente los continuos suspensos del niño; el que llevase nueve años estudiando una carrera de cinco; el siniestro total en que había quedado el coche de papá cuando un mes antes se había estrellado contra el pino de la puerta de casa al llegar un tanto pasado de mirindas..., y en fin, alguna que otra trastada más que pudiese tener en su haber el angelito. De la noche a la mañana pasó de ser más vago que el tío Luis —mítico personaje del que ya daremos cuenta a lo largo de la historia—, a casi convertirse en una especie de freaks de feria al ser presentado por sus padres ante las amistades, título en mano, como la gran esperanza blanca de los nuevos empresarios españoles. Sin embargo, el tiempo, mucho más sabio que los padres de Roberto, puso las cosas en su sitio. Una vez pasada la euforia inicial que trae pareja todo acontecimiento inusitado, los padres volvieron de nuevo a la cruda realidad. Siete meses después de acabar la carrera, el niño seguía sin encontrar ese primer trabajo que le diera la experiencia necesaria para poder iniciar su prometedora carrera. Más de una vez su madre tuvo que cambiarse de acera para no tener que escuchar los irónicos comentarios de aquellas vecinas que meses antes aguantaron estoicamente la turné del licenciado.

Pero Roberto no cejaba en su empeño. No había entrevista de trabajo en Córdoba —pues tal es la ciudad donde se desarrolla la historia— donde él no estuviese presente. Ya fuera de consultor, administrativo, cajero de banco, ya fuera, sobre todo a partir del año y medio en el paro, de vendedor de enciclopedias, pinche de cocina o cajero del Piedra de su barrio. Y de cada entrevista que le hacían salía cada vez más desesperado.
Para unos trabajos le pedían un currículum impecable, para otros experiencia mínima de dos años en un puesto de igual categoría al que aspiraba... Incluso en el trabajo de camarero en el restaurante chino Lin Chú donde parecía que se llevaría de calle a los otros candidatos, fue desestimado al no hablar mandarín a nivel de conversación.

Durante meses, recorrió sin descanso las calles de Córdoba en busca de empleo. Frecuentaba las empresas de trabajo temporal, el INEM, devoraba los periódicos donde aparecían ofertas de trabajo, mantenía y además halagaba continuamente a aquellas amistades que tenían un amigo cuyo cuñado tenía un primo que trabajaba como jefe de personal en una empresa de informática... Y así, entre idas y venidas de una empresa a otra para dejar curriculums, descubrió ensimismado el curioso mundo de los personajes callejeros. Bautizó Roberto de esta manera a toda esa serie de tipos —también alguna mujer, pero en menor medida— que recorrían sin descanso las calles contando o cantando, según el estilo y la modalidad, alguna miseria acaecida en sus propias carnes. Los había de todo tipo, por lo que el bueno de Roberto tuvo que hacer una selecta criba hasta reducir a tres el número de personajes que formarían parte de su star sistem particular.

En primer lugar y por méritos propios se encontraba un tipo conocido en el mundillo callejero por Vicente el Indigente. Personaje singular que siempre conseguía captar la atención de los viandantes al lograr una puesta en escena sencilla pero de las que calan hondo.
El propio Roberto llegó a oírle conversar con un mendigo al cual le explicaba que su estética ni era de vanguardia ni de retaguardia, tan sólo de un estilo personal que él denominaba mugre-retro. Para que se hagan una idea, podría decir, sin equivocarme mucho, que Vicente el Indigente era un cruce entre Robinson Crusoe y Colombo. De melena larga y negra, como la barba, hirsuta y descuidada, que le cubría todo el cuello. Como único vestuario, una gabardina que seguramente un día fue gris, parecida a la de Colombo, solo que después de varios tiroteos y dos años sin cobrar casos... Pero lo más destacado de Vicente era sin duda su breve discurso, el cual repetía machaconamente minuto a minuto durante gran parte del día. Era una cosa así:

"Durante siete años que no son siete días, viviendo en la calle, todo lleno de mierda, separado de mi familia, por culpa de los señores jueces de Córdoba..."

Todo el mundo ignoraba la historia de Vicente, aunque a cualquiera se le pasaba por la cabeza que podía ser verdad aquello que de forma tan dramática, a la par que cantarina, contaba aquel indigente que no pasaba de los cincuenta años. Lo más curioso es que no pedía dinero. Tan sólo protestaba contra la situación en la que lo había dejado la justicia. Quizá por esto, por su lucha romántica contra los poderes establecidos, Roberto sentía una especial simpatía por él.

El segundo personaje preferido de Roberto era sin lugar a dudas Naranjito...




















Volver
Archivo
Imprimir