La amenaza amarilla (I)*

por Julio Montesinos

Faltaban sólo quince minutos para que dieran las ocho de la tarde. La tensión del momento se reflejaba fielmente en los rostros de los lugareños. Las mujeres andaban refugiadas en la iglesia con don Marcelino, el cura, quien entre rezo y rezo de sus feligresas aprovechaba para entrar en la sacristía y echarse al coleto un par de vasos de vino, ya que la dramática situación requería una tranquilidad difícil de obtener por otros medios. La totalidad de la comunidad masculina había montado su cuartel general en el bar de Lucas —el único del pueblo—, y donde entre trago y trago de orujo, blasfemaban sin cuartel contra dioses y mortales de la multitudinaria raza amarilla. Leocadio, el alcalde, con los ojos vidriosos y la lengua de trapo, seguía atento las últimas noticias que le transmitía Lorenzo —su hijo y único joven del pueblo junto con Venancio, el hijo de Lucas— por el arcaico teléfono del bar, que solo servía para conectarse directamente con el despacho del alcalde. La pequeña emisora instalada en el segundo piso del ayuntamiento era la única conexión del pueblo con el mundo exterior.
Y todo porque Rogelio, el pastor, enfadado por la inverosímil noticia, se lió a pedradas con los tres aparatos de televisión del pueblo; el del bar de Lucas, el del teleclub, y el del alcalde, apareciendo de improviso en casa de este último y rompiéndole la tele justo en el momento en que John Wayne ponía tibios a cuatro matones de Douhtge City. Y todo porque eran de marcas orientales. Si no ocurrió una tragedia fue gracias a dos factores fundamentales: Al buen juicio de la señora del alcalde al ocultar rápidamente la escopeta de cartuchos de su esposo; y a la ligereza de piernas de Rogelio al contemplar la cara del primer edil tras atentar, más que contra sus bienes personales, contra la mítica figura del Duque. Desde entonces –iba ya para una semana—, el impulsivo pastor no había vuelto a bajar al pueblo, supliendo sus naturales apetitos sexuales con los mimos que le propiciaba Chivi, una simpática ovejita lucera que como su dueño solía comentar, era de las pocas hembras que nunca le decían que no.

Los minutos avanzaban imparables, arrolladores, convirtiéndose en silenciosas detonaciones en los corazones de los lugareños cada vez que la aguja del minutero terminaba su periódico recorrido y comenzaba de nuevo el siguiente. Demasiada tensión para los escasos habitantes de Villanueva del Gapo. Sí, curioso nombre el de este pueblo situado en noroeste de la provincia de Zamora. Rodeado de montañas por el norte, lindando con un gran cañón por el sur, y tanto el este como el oeste ofreciendo bosques de frondosa vegetación. Tal situación hace que el pueblo se encuentre prácticamente alejado de toda comunicación con el resto de la provincia, así como del país. Tan sólo recibe las visitas —una vez cada quince días— del cartero y de los aprovisionadores de la zona de Sanabria, que es la que más cerca se encuentra del mismo.

La formación del pueblo no cuenta con muchos años de historia. Tan sólo ciento cincuenta, cuando Agapito Rodríguez se estableció con varias familias en una pequeña zona privilegiada dentro de un marco hostil —entonces había lobos, osos..— e inaccesible. Practicando una economía de subsistencia, consiguieron salir adelante sin lujos pero sin carencias, llegando el pueblo a tener en los años veinte hasta seiscientos habitantes. El nombre de Villanueva del Gapo ha surgido de una forma curiosa. Evidentemente se dedicó a su líder y fundador Agapito Rodríguez. Las crónicas del lugar tratan al tal Agapito como una especie de héroe legendario, sin nada que envidiar a Bernardo del Carpio o a Don Pelayo. De hercúlea musculatura, belleza rústica y singular valentía. Cuenta una de sus más famosas gestas que acabó con un gigantesco jabalí de un certero golpe de piedra lanzado con su honda. Esto es lo que todo el pueblo cree a pies juntillas del fundador de la villa, y luego ha sido el tiempo el que ha conseguido que de Agapito —un nombre poco viril— pasase a Agapo y más tarde Gapo, como se la conoce actualmente. Lo que poca gente sabe, tan sólo Leocadio, el alcalde, quien por cierto consiguió ese puesto por ser descendiente directo de Agapito, es que lo del jabalí no fue exactamente así.
Resultó en realidad que nuestro simpático padre fundador se encontraba en el bosque realizando una inesperada deposición provocada por una ingestión excesiva de moras silvestres, mientras un jabalí de unas treinta arrobas daba buena cuenta de unos frutos esparcidos por el suelo unos cuantos metros más abajo. Cuando nuestro héroe local intentó adecentarse un poco los cuartos traseros, parece ser que no encontró ninguna planta que se adecuase al fin buscado, aunque sin embargo halló una piedra de formas redondeadas y seguramente de la textura adecuada con la que poder limpiarse a gusto y sin dañar en ningún momento su peludo final de la espalda. Una vez terminada la operación, gritó un enigmático ¡Yapayááá! y acto seguido lanzó la piedra tan lejos como pudo en la misma dirección en la que se encontraba el pacífico jabalí. Por desgracia para éste, la piedra lanzada por Agapito chocó contra otro montón de piedras situadas en una pequeña colina formada por grandes rocas, y la fatalidad quiso que se formase un considerable alud a partir del insignificante golpe. Al pobre animal no le dio tiempo ni de santiguarse, terminando sus días ensartado en el espetón con el que Agapito obsequió a sus paisanos para celebrar su heroica captura. En fin, es lo bonito que tienen las leyendas, que de un origen absurdo y fortuito, con el transcurso del tiempo algunas tornan en épicas hazañas. Por último, tan bien podríamos añadir que lo de musculatura hercúlea y belleza rústica habría que discutirlo. Más que nada porque Leocadio poseía una foto de su ascendiente —jamás enseñada a nadie del pueblo—, donde aparecía un enjuto aldeano unicejo, bidental y trípode —que todo hay que decirlo—, pues el amigo marcaba paquete de una forma exagerada en sus prietos pantalones de pana. Pero bueno, la foto era de mil ochocientos noventa y dos, y quizá el canon de belleza de la época era distinto al de ahora.

Las nuevas noticias no eran muy alentadoras...

* El título del relato viene de una mítica canción con el mismo nombre de Los Nikis, legendario grupo de los años ochenta que seguramente inspiró esta descabellada hipótesis.



















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