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La amenaza amarilla (I)* por Julio Montesinos Faltaban sólo quince minutos para que dieran las ocho de la tarde. La tensión del momento se reflejaba fielmente en los rostros de los lugareños. Las mujeres andaban refugiadas en la iglesia con don Marcelino, el cura, quien entre rezo y rezo de sus feligresas aprovechaba para entrar en la sacristía y echarse al coleto un par de vasos de vino, ya que la dramática situación requería una tranquilidad difícil de obtener por otros medios. La totalidad de la comunidad masculina había montado su cuartel general en el bar de Lucas —el único del pueblo—, y donde entre trago y trago de orujo, blasfemaban sin cuartel contra dioses y mortales de la multitudinaria raza amarilla. Leocadio, el alcalde, con los ojos vidriosos y la lengua de trapo, seguía atento las últimas noticias que le transmitía Lorenzo —su hijo y único joven del pueblo junto con Venancio, el hijo de Lucas— por el arcaico teléfono del bar, que solo servía para conectarse directamente con el despacho del alcalde. La pequeña emisora instalada en el segundo piso del ayuntamiento era la única conexión del pueblo con el mundo exterior.
Los minutos avanzaban imparables, arrolladores, convirtiéndose en silenciosas detonaciones en los corazones de los lugareños cada vez que la aguja del minutero terminaba su periódico recorrido y comenzaba de nuevo el siguiente. Demasiada tensión para los escasos habitantes de Villanueva del Gapo. Sí, curioso nombre el de este pueblo situado en noroeste de la provincia de Zamora. Rodeado de montañas por el norte, lindando con un gran cañón por el sur, y tanto el este como el oeste ofreciendo bosques de frondosa vegetación. Tal situación hace que el pueblo se encuentre prácticamente alejado de toda comunicación con el resto de la provincia, así como del país. Tan sólo recibe las visitas —una vez cada quince días— del cartero y de los aprovisionadores de la zona de Sanabria, que es la que más cerca se encuentra del mismo. La formación del pueblo no cuenta con muchos años de historia. Tan sólo ciento cincuenta, cuando Agapito Rodríguez se estableció con varias familias en una pequeña zona privilegiada dentro de un marco hostil —entonces había lobos, osos..— e inaccesible. Practicando una economía de subsistencia, consiguieron salir adelante sin lujos pero sin carencias, llegando el pueblo a tener en los años veinte hasta seiscientos habitantes. El nombre de Villanueva del Gapo ha surgido de una forma curiosa. Evidentemente se dedicó a su líder y fundador Agapito Rodríguez. Las crónicas del lugar tratan al tal Agapito como una especie de héroe legendario, sin nada que envidiar a Bernardo del Carpio o a Don Pelayo. De hercúlea musculatura, belleza rústica y singular valentía. Cuenta una de sus más famosas gestas que acabó con un gigantesco jabalí de un certero golpe de piedra lanzado con su honda. Esto es lo que todo el pueblo cree a pies juntillas del fundador de la villa, y luego ha sido el tiempo el que ha conseguido que de Agapito —un nombre poco viril— pasase a Agapo y más tarde Gapo, como se la conoce actualmente. Lo que poca gente sabe, tan sólo Leocadio, el alcalde, quien por cierto consiguió ese puesto por ser descendiente directo de Agapito, es que lo del jabalí no fue exactamente así.
Las nuevas noticias no eran muy alentadoras... * El título del relato viene de una mítica canción con el mismo nombre de Los Nikis, legendario grupo de los años ochenta que seguramente inspiró esta descabellada hipótesis.
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