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La boda del año
por Julio Montesinos
Es curioso pero, en los tiempos que corren, donde parece que a no nos sorprende
nada, a veces, gracias a Dios, sucede algo inesperado,
como por arte de magia, que consigue hacer tambalearse durante un breve
espacio de tiempo nuestra ya casi inmune capacidad de sorpresa. Un servidor,
curtido en los últimos años -para desgracia de mi bolsillo-
en bodorrios de todo tipo y condición, tanto de familiares como de
amigos, compañeros de trabajo o compromisos de diverso pelaje, nunca
habría imaginado que en la boda de uno de sus antiguos compañeros
de colegio iba a disfrutar de una de las mejores noches de su vida. Y menos
aún cuando, en principio, la boda apuntaba maneras para ser un verdadero
coñazo, ya que iba solo y apenas conocía a seis o siete compañeros
del colegio con los que no tenía relación alguna y siempre
me habían parecido unos auténticos gilipollas. Por cierto
que con respecto a mi amigo, al que en adelante llamaré Pedro
para evitar dar nombres y apellidos, tardé poco en descubrir si había
sido uno de los que había invitado para fastidiarles y sacarles por
lo menos el regalo de boda -lo que haría que elogiase aún
más sus maquiavélicas ideas, hasta ese momento desconocidas
para mi- o tan solo porque tenía cierto aprecio por mi persona. En
fin, lo que si tengo claro es que no sé si para la novia sería
el día más feliz de su vida -cosa que dudo por cómo
fue organizada-, pero lo que es para mí, desde luego no ha habido
otro que lo haya superado hasta la fecha.
La invitación
La primera noticia que tuve de la boda fue evidentemente con la invitación.
Era sábado. Me encontraba tumbado tranquilamente en el sofá,
zapeando compulsivamente entre películas de desgracias de Antena
Tres, cutreces varias de
Telemadrid, estúpidas consultas nigrománticas
a cuadrillas de adivinos de saldo que se lo llevan muerto by the face,
e incluso, mal que me pese, llegué a visualizar durante unos interminables
segundos un poco del programa del petirrojo de Parada.
Qué cosas. Cuando más a gusto estaba, recordando que el
mes anterior había terminado de pagar el último plazo del
coche y ya no tenía ninguna deuda y podía gastar el pequeño
remanente que me quedaba en un viaje con mis amigos a Cuenca, llegó
mi hermano con varios sobres. Nadie había mirado el buzón
en los últimos tres días, por lo que en un momento acabaron
en mis manos cuatro cartas inesperadas. Una de ellas era del banco, las
otras dos eran unas clásicas del mundillo de la correspondencia.
Una comercial, y la otra digamos que más casera.
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"Ha sido usted agraciado con un Mercedes 500 en
un riguroso sorteo ante notario y donde no han tenido tanta suerte las
siguientes personas...". "Si quiere recibir el coche en breves
días rellene este cupón y, si le interesa, la solicitud
de información o forma de pago de la enciclopedia de comida maorí
—imprescindible en cualquier hogar que se precie—, sin ningún
compromiso por su parte...". Qué quieren que les diga, cuando
a uno le mandan este tipo de cartas una semana si y la otra también,
hasta un tipo crédulo como yo acaba llegando a pensar que a ver
si todos estos supuestos premios van a ser un truco para vender productos
inútiles para la mayoría de los mortales: El gran libro
de los insectos, El sexo en la tercera edad —cinco volúmenes—,
o la exclusiva colección de tres CD's con los Grandes Éxitos
de Leif Garret... En cuanto a la otra carta, poco
que contar. Se trataba de la clásica carta-cadena que si no la
envía uno a diez personas en los ocho días siguientes de
su recepción le puede pasar alguna desgracia a las primeras de
cambio. Como a Guadalberto Flores —detallaba la
carta—, que tras quince años dedicado al duro trabajo en
el campo, y ocho de feliz matrimonio, viviendo en una humilde casa con
su mujer y su suegra, no mandó la carta, por lo que al mes de tamaña
osadía lo echaron de la plantación en la que trabajaba al
liarse con la exuberante mujer del dueño, fue repudiado por su
señora y su suegra, y terminó sus días en una isla
del Caribe trabajando de socorrista en un hotelucho de mala muerte y dedicando
sus horas de asueto a los cubalibres y al viejo fornicio. Hombre, yo no
sé ustedes, pero para mí el tal Guadalberto más
que un desgraciado me parece un monstruo. Y estoy seguro de que en muchos
lugares del mundo, gentes como Guadalberto sueñan
con la llegada de una carta como esa, hasta incluso más agoreras
todavía, y por supuesto, con mandar al carajo eso de seguir la
cadena, como hice yo.
Por último, abrí la cuarta carta, que por sus peculiares
hechuras me dio en la nariz que se trataba de una invitación de
boda.
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