15 de septiembre de 2004

Poemas de Carlos M. Corchado

Caco, un poema triste y…

Del amanecer en que amaneces,
y la vida me regala,
de la carne de tu Madre,
la más maravillosa de las carnes
en la tuya, que florece al mundo
con poblada cabellera.

De los días de tu infancia
dibujada por insuficientes trazos,
emitiendo como presentes
cada uno de los instantes,
que la memoria atrofiada
me conserva entre algodones.

De cada uno de tus pasos,
con lo que ello significan
en la aproximación constante.
En tu piel delimito con los años,
el continente donde pueblan
las ciudades de mis amantías.

De los momentos tristes,
por contraste con todos aquellos
en que brotó la sonrisa.

Del cielo de tu cielo inexistente,
donde los dioses
brillaron por su ausencia.

De los días escasos en que jugamos.
De tu “Pepe” cabalgando,
recuerdo el trote de tu infancia.

Del: Caco, que parte de los labios
de tu hermana muerta,
como una de sus primeras palabras,
y se convierte en símbolo de ti mismo.

De aquellos recuerdos acaramelados,
trato de emborracharme,
cuando ya la copa duerme
entre el pasado y los análisis.

Tengo la amarga sensación
de haberte dado todos mis minutos tristes.
Y en la infinita desolación,
desentierro en la memoria,
para ti mi infancia
y te la regalo, como postrero
juguete adolescente.

De tus desoladores juegos infantiles,
de tu particular corro de la patata,
de la mano de la muerte.
Y de tu victoria sobre ella.

De la quimioterapia en frascos anaranjados,
y de la también asesina carretera.
Y tu como si nada,
paseando ante multitud de calaveras.

De los huesos carcomidos,
de los riñones extirpados,
de mi corazón en un puño
en cada uno de los quirófanos,
y tu profanándolos.

Y de los tubos entubado,
y en los sueros inundado,
y de las agujas criminales
que te desgarraban en el grito,
que a mi me tambaleaba.

De las revisiones,
de los miedos en las décimas…
Y luego Caco,
como bastante.
Como parte de la posibilidad.
Y, aún Caco…

Madrid, 11 de Abril de 2.004          

El abrigo verde

El abrigo verde,
es el que hiela mi corazón.
Sangre en la lana verde,
rompiendo mi desconcierto.

La piedra que te soporta,
aguantando mi mirada asesina.
Del frío que atiborra tu muerte,
me duele en los dedos la estirpe.

Habitación de heladas sensaciones,
doliente la mortaja,
de la niña amortajada.
La niña de mis entrañas,
siente en su muerte frío
y no tengo con que resguardarla.

La niña que me hiere el alma,
está vestida de verde,
de un frío verde que se me incrusta,
que me derrota, que me desgarra…
Y no tengo con qué cubrirla,
no logro con qué taparla.





eorue@divertinajes.com
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