22 de octubre de 2007


Decíamos ayer...

El sábado (y perdón por la auto-mega-cita, pero es obligada) publiqué esto en Público:

Puentes literarios 

NYRB no es un grupo musical para adolescentes: son las siglas de uno de los fondos editoriales más sólidos que encontrarse puedan, el de la New York Review of Books, que presume de haber recuperado y agrupado libros sobresalientes desaparecidos de las librerías.

El caladero
En los últimos años, editoriales españolas de todo tamaño y condición han acudido a ese banco para pescar obras notabilísimas. Luego, las han vertido al castellano a veces tal cual se han publicado en EE.UU., es decir, incluso con el prólogo de la edición americana (véase El halcón peregrino, de Glenway Wescott, preámbulo de Michael Cunningham), otras (En busca del barón Corvo, de A.J.A. Simmons) precedidas de una introducción a la medida del lector español (allí la presentó A.S. Byatt, aquí Juan Manuel Bonet). Pero, lo que ahora se anuncia va más allá: Alfaguara saca al mercado lector los libros NYRB con el sello NYRB Alfaguara.

La jugada
Los tres primeros títulos saldrán a principios de noviembre, y se podrán comprar juntos, en un cofre, o por separado. Dos de ellos son rescates: El caso Tulayev, de Victor Serge (prólogo de Susan Sontag), y El animal acorralado, de Geoffrey Household, ambos editados en su día por Caralt. El tercero es Siete hombres, de Max Beerbohm (prefacio de John Updike), una colección de cuentos inéditos en español, excepción hecha de uno, Enoch Soames, que recientemente nos brindó Rey Lear.

La operación, a priori, parece ganadora: Alfaguara se asocia con un sello que es sinónimo de excelencia literaria para coeditar aquí sus obras (no todas, puesto que algunas ya están en las librerías) y, esto es lo importante, para sugerir títulos que podrían encajar en el prestigiado catálogo NYRB.   

Los responsables
El alma del proyecto es Valerie Miles, veterana de este tipo de aventuras: es, junto a Aurelio Major, impulsora y codirectora de la revista Granta en español, publicación que en su día se llevó del grupo Planeta en el que trabajaba a Santillana, donde ahora ejerce de subdirectora de Alfaguara. Ambos proyectos vienen animados por un mismo espíritu: tender puentes entre las dos orillas del Atlántico, crear una comunidad transoceánica de autores, insertar este rincón de la vieja Europa en el cogollo del meollo de ese mundo intelectual.

Falta por saber si la propuesta literaria encuentra eco entre sus presuntos beneficiarios, los lectores. Porque ya lo decía un sabio de la edición: «Libros buenos hay muchos, pero lo difícil es conseguir que se vendan».

Lo que no me dio espacio a contar es lo del lío de los derechos… Los de los prólogos de NYRB, todos, son propiedad de Andrew Wylie, El chacal, el hombre conocido sobre todo porque, con sus ofertas-que-nadie-puede-rechazar, provocó en su día que Martin Amis rompiera con su agente a la par que esposa de Julian Barnes, que era su mejor amigo, y subrayo lo de «era». Sin embargo, Wylie no tiene los derechos de los textos, así que la oferta de NYRB Alfaguara tendrá que limitarse a aquellos que estén disponibles, o en dominio público. De momento, la idea es sacar cuatro libros al año, entre los que no estarán los que han salido ya en otras editoriales.

Pero, además, la idea de Alfaguara y Valerie Miles es ir volcando su colección de clásicos contemporáneos en este nuevo sello, para ir uniendo ambas colecciones.

Recuperaciones

Lo adelantaba Ricard Ruiz Garzón en El Periódico: Pàmies va a recuperar la serie de novelas de Angelica, la Marquesa de los Ángeles, escritas por Serge & Anne Golon (en realidad, Serguei Petrovich Goloubinov y Simone Changeux), que Bruguera publicara en los 70 con tan buen resultado, y que Círculo de Lectores recuperara en los 80 con no menos éxito.

La recuperación llega tras un largo enfrentamiento judicial entre Anne Golon (Serge falleció) y su editorial, Hachette, a la que reprocha haber modificado sus libros. Por eso los está rehaciendo, y por eso el primer volumen de la serie original saldrá dividido en cuatro, en una nueva traducción firmada por una amiga de la escritora y de su hija.

Con mucho cuento

Hay autores que tienen lectores, y otros que tienen seguidores, fans, incondicionales. No establezco categorías excluyentes, ni rangos, pero creo que es así.

Leopoldo María Panero pertenece quizá al segundo grupo, lo cual —insisto— no significa que no le lean, más bien todo lo contrario. Y quienes esperan impacientes su obra están de enhorabuena, puesto que Páginas de espuma va a publicar sus Cuentos completos, una apuesta que se ajusta a la perfección a la filosofía de la editorial. Además, la editorial de Juan Casamayor prepara las leyendas recogidas por Afanásiev, un texto que fue fundamental y clave para toda la teoría sobre el cuento popular y folclore de Vladimir Propp y que nunca antes ha salido en una lengua occidental.

Qué paisa

El tercer nombre ha publicado una novela de Jordi Serra i Fabra, Cartas a Diana, que no está escrita ni en catalán ni en castellano, sino… en paisa. ¿Qué hace el escritor visitando esos predios colombianos? La mejor manera de averiguarlo es preguntándoselo a él.

¿Dónde nace su pasión por Colombia?
Mejor cabría preguntar de donde nace la pasión de Colombia por mí. He tenido la suerte de viajar por toda Latinoamérica, y ya era consciente de que allí se me conocía-recordaba más por mi pasado rockero que por la literatura (aunque he tenido éxitos de ventas en muchos países como México, Chile o la propia Colombia). Durante años yo fui crítico musical, y publiqué muchas biografías de cantantes y enciclopedias de música. A Colombia, por ejemplo, los únicos libros de música que llegaron en español fueron los míos, y eso durante 20 años. Cuando llegué allí la primera vez quedé conmocionado, hice muchos amigos, me invitaron a participar en el Juego Literario de Medellín, y ya fue el acabose, con teatros llenos de fans que, entonces sí, habían leído mis novelas. Cuando creé la Fundació Jordi Sierra i Fabra en España no tuve ninguna duda de que quería hacer una hermana gemela en Latinoamérica, y desde luego mi segunda ciudad ya era Medellín, así que eso fue todo. Como voy cada año varias veces a mi Fundación, ya soy un paisa más, me han adoptado, hablo paisa y de todo ello surgió la idea de escribir una novela colombiana... y en colombiano.

Imagino que, además de las dificultades propias de la construcción de la historia, el mayor reto habrá sido el lenguaje…
Lo cierto es que mentiría si dijera que pasé «dificultades». La idea de Cartas a Diana nació leyendo un reportaje en un periódico. Ese mismo día me fui al lugar de los hechos, el Parque de Bello, y ahí sentado surgió la historia. Escribí el guión previo en la semana siguiente, en Medellín, y quedó listo para escribir. Entonces sí me tomé un tiempo, porque aún me faltaba vocabulario, y más pensando en la novela. En los siguientes viajes a Medellín absorbí aún más lo necesario y un año después ya me enfrente a la parte final: escribir la novela. Lo cual es sencillo si antes tienes un guión perfectamente estructurado, que es como trabajo yo.

Siempre que se habla de usted, se incide en su condición de autor prolífico, no sujeto a géneros. Me pregunto si ese cliché no acaba ocultando su verdadero ser como escritor…

Lo de ser prolífico ya es algo que me hace reír (antes me parecía grotesco). En este país al que trabaja le llaman prolífico, y al que trabaja mucho... Yo soy escritor, me encanta escribir, es mi vida, mi pasión, y cada día me aparecen ideas que me gustaría desarrollar y no puedo. Nunca he escrito pensando en un premio literario, el dinero que pueda ganar... lo hago porque si no escribiera me moriría. Sé, soy consciente, que me he convertido en una especie de «monstruo»con más de 300 obras publicadas, pero eso para mí es una simple anécdota. Me encanta escribir de todo, soy curioso, me encanta viajar por el mundo y narrar lo que veo. Paso de clichés, lo único cierto es que ganar todos los premios que he ganado yo con novelas tan distintas y vender 8 millones de libros en España no está al alcance de cualquiera, y menos de alguien que nunca sale por la tele haciendo el payaso o vendiéndose. Me conoce quien tiene que conocerme, y ellos no me llaman prolífico, al contrario, aún me piden más novelas.

Por último. Apagadas ya las luces y sosegadas las polémicas de Francfort, ¿cuál es la tarea que afrontan los autores catalanes que escriben (siempre o sólo a veces), en castellano?
He eludido hablar del tema, porque es algo ajeno a mí. Hace tres años Catalunya fue invitada a la Feria de Guadalajara en México, y yo no fui invitado como escritor (ni yo ni ningún autor para jóvenes, conste). Cuando el Gremio de Editores se enteró les pareció un contrasentido que el autor español más leído en colegios de España no fuera a Guadalajara y me invitaron ellos. En México me pidieron perdón el director del Instituto Ramón Llull, la SGAE, etc. porque mi presencia allí fue un golpe. Ahora se ha vuelto a repetir la historia, no conmigo, sino con muchos. Pero es que además a mí se me considera un autor infantil y juvenil más que adulto (?) y nosotros nunca contamos para nada. Esta polémica siempre existirá, y de ella se aprovecharán tanto en Catalunya unos como en el resto de España otros. Por eso yo me dedico a lo mío, que es escribir, y del resto no digo nada salvo que, como es el caso, me pregunten. Pero mi respuesta no pretende atizar ningún fuego. Lo mío es escribir.

Lectores atentos y memoriosos

Me escribe Rosa Ribas:

He leído el último Círculo de iluminación en el que comentas la ausencia del acento en EL PAIS y esa curiosa regla sobre la no acentuación de las mayúsculas en el caso de determinados tipos y de repente me ha venido una cancioncilla a la cabeza. Creo que es de un programa de la televisión infantil de hace mucho tiempo, quizás de los Chiripitifláuticos, en la que se hablaba de los signos de puntuación y los acentos. En un momento el texto decía:

Recuerda siempre
y esto no es cuento
también las mayúsculas
llevan acento.

Ya sé que puede parecer una tontería, pero esta canción se me quedó grabada en la memoria y vuelve, cual madalena proustiana, cada vez que veo mayúsculas sin acento. Para que digan que la tele no forma e instruye.

Gracias, Rosa.

Cuando un amigo se va

Volví el domingo por la noche de viaje, abrí el correo, y encontré un mensaje de Juan Manuel Larumbe, compañero que se desempeña en editorial Premura:

Escuché a Juan Antonio Cebrián durante dos años y medio, siempre por las noches, con los auriculares puestos bajo los cascos contra el ruido de las maquinas. Fue en una fábrica, trabajando en el turno de noche. Su programa se llamaba así: Turno de noche.

Lo escuchaba sonriendo. Conocí más a los rusos gracias a Eva Orue, corresponsal por aquel tiempo de Onda Cero en Rusia y a la que hoy conozco por email. Supe de la vida de los taxistas, los camioneros, los basureros, los farmaceuticos de guardia, los médicos de urgencias, las putas, los policías, los panaderos, los guardias de seguridad de polígonos industriales vacíos. Todos búhos de noche como yo mismo en aquel tiempo. Gente que miraba las estrellas y las conocía por su nombre a fuerza de verlas todas las noches. Personas solitarias con la única compañía de la radio que trataban a la noche de tú a tú.

Aquel tipo sabía poner música de madrugada y sabía despertarme el humor adormecido por el trabajo despersonalizado. Los climas que creaba en las ondas te transportaban a otros mundos que siempre estaban en este, como decía Elouard, pero siempre cercanos gracias a su voz. Me recuerdo comentando sus cosas en la hora del almuerzo con Paco, un sesentón rojeras y de los pocos compañeros de trabajo con los que se podía hablar de libros.

En aquellas noches de rutina y frustración, en un alto del trabajo, salía a fumar un cigarrillo mirando las estrellas con la musica de Cindy Lauper entre las orejas. Time after time. Fue cuando escribí varios cuentos inspirados en aquellas historias que contaba aquel tipo de la voz cálida en la que se adivinaba una sonrisa perpetua, dibujada en el eter oscuro como aquella otra de un gato de Lewis Carroll.

Muchos echaremos de menos a Juan Antonio.

Cconocí a Cebri en 1992, él hacía Turno de noche, yo trabajaba de noche para dar las primeras noticias del día en Onda Cero. Tiempo después, siendo yo corresponsal en Moscú, él pensó que la Rusia de Yeltsin era un país lo suficientemente extraño como para hacer una sección semanal contando todo aquello que no ocupaba las primeras de los periódicos, aquello que no era política. Buscamos un título, y se nos ocurrió éste: Pachimú, ¿Por qué?, una pregunta absurda que no dejo de repetirme desde que me enteré de su fallecimiento.

Ha habido y hay radiofonistas más exitosos, más influyentes, más publicitados. Pero les aseguro que pocos, por no decir en ninguno, encarnaba la magia de la radio como Cebri, un profesional capaz de hacer todo un programa sin guión, de clavar a la milésima de segundo espacios de precisión sin leer ni una línea. Tenía una memoria prodigiosa, y una cultura enciclopédica. De ambas queda rastro en la fonoteca de Onda Cero, y en las páginas de sus libros.

En lo que a mí respecta, no he encontrado a muchos directores de programas tan respetuosos con la manera que sus colaboradores, los que están sobre el terreno, los que saben qué está pasando, tenían de hacer, con lo que esos compañeros tenían que decirle.

Han pasado muchos años desde aquellas frías noches moscovitas en las que mi despertador sonaba a las 3 de la madrugada y, con el abrigo mal puesto sobre el pijama, subía al piso de arriba, al estudio, para contarle a Juan Antonio pachimú los rusos eran así, o asá, y aún hay gente que me recuerda de aquellos tiempos. Quizá porque la radio es más que un medio de comunicación, es compañía. Y quizá porque Cebrián entendió mejor que nadie que los oyentes noctívagos no eran oyentes de segunda a los que hay que condenar a la escucha interminable de programas lacrimógenos, programas que viven de la desgracia y la soledad ajenas.

He buscado en el blog de un amigo, Jorge Dioni López, al que sé seguidor de Juan Antonio Cebrián :

Ha muerto Juan Antonio Cebrián. Estos días se dirá muchas veces que su voz formaba parte de la vida de miles de personas. De la mía, por ejemplo.

Fuerza y honor. Sombra y cenizas.

Un abrazo, Silvia, y otro para ti, Alejandro.



Acuse de recibo


K. Mann
Encuentro en el infinito

El Nadir

La obra clave en el pensamiento de Mann, al decir de la crítica más autorizada.



J. Barón Biza
El desierto y su semilla

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«Barón Biza publicó en 1998 El desierto y su semilla, libro en el que narra cómo fue minuciosamente reconstruido el rostro de su madre al tiempo que, en estructura paralela, trata de reconstruir la desgraciada historia de la desfigurada Argentina del siglo XX. Cuando estaba recibiendo un alud de buenas críticas, imprevistamente su autor se suicidó arrojándose desde la duodécima planta de una casa de pisos de la ciudad de Córdoba» (Enrique Vila-Matas, El País).


A. Bryce-Echenique
Las obras infames de Pancho Marambio

Planeta


J. Shopenhauer
La nieve

Periférica

Inédita hasta hoy en castellano, es una de las principales novelas de una figura fascinante, y muy singular, de la literatura alemana: la escritora Johanna Schopenhauer, madre del filósofo Arthur Schopenhauer.

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