15 de octubre de 2007


Imperdonable

Lo es, y a pesar de eso intento que me perdonen.

El sábado publiqué en Público una columna en la que volvía sobre esas editoriales independientes que, ustedes que me leen lo saben bien, tanto me gustan. Dar nombres es siempre riesgoso, porque a veces la memoria te falla, así que incluí un manido «los no citados sabrán disculparme» o similar para cubrirme las espaldas.

Pero no con esa salvaguarda se me puede perdonar que omitiera un nombre que jamás debería haber faltado, porque el fenómeno insumiso de los 90 no sería el que fue y es sin Lengua de Trapo.

Así que vayan desde aquí mis disculpas a Pote y a quienes, con él, han hecho de ésa una editorial que aporta y cuenta.

Por cierto…

Que en esa misma columna (aquiétense fans y demás seguidores: la foto no me hace justicia. O eso dice mi madre…) mencionaba la inminente aparición de dos editoriales, periféricas ambas (esto de escribir desde el ombligo del estado impone perspectiva), una en Barcelona y la otra en Sevilla.

De la primera, Plataforma, tendremos espero oportunidad de hablar. La segunda se arrima a la literaria sombra de El olivo azul, que ése y no otro es el nombre que han elegido para plantar batalla. Los dos primeros títulos: Los siete ahorcados, de Leonid Andreiev, y Mundos terribles,
de Marcel Schwob, que estarán en las librerías de aquí a una semana, el día 22 de octubre; más tarde vendrán, entre otras, Camino a campo abierto, de Arthur Schnitzler.

La apuesta, parece evidente: quieren editar, y así lo proclaman, libros singulares de autores —grandes, oscuros, invisibles, felices y torturados—  de la literatura europea moderna y contemporánea. Muchos de estos libros son desconocidos para los lectores españoles, ya que o bien nunca se han traducido, o bien lo fueron pero de manera negligente, o bien son hoy inencontrables.

Sea como fuere, que la sombra del olivo les sea propicia. Y que nosotros lo leamos.

Empezar el año con buen pie

No pertenezco a ese ejército de entusiastas que inician el año plantando en su mesa de trabajo un calendario de sobremesa. Pero hay miles de personas que sí, y cada año cumplen con el ritual de inaugurar el calendaño nuevo, tacos de hojas habitadas por Mafalda, Gardfield y Snoopy, pero también por Mario Benedetti, Paulo Coelho u Osho, encargados todos ellos de sembrar los días de aforismos.

Es hora de que se sepa: la «culpable» de esto es Editorial Granica. «Los motivos por los que continuamos publicando calendarios de sobremesa es porque, tras 18 años, sigue habiendo una fuerte demanda —me dice José Antonio Muñoz, del departamento de Prensa y Relaciones Públicas—. Aproximadamente el 50% de la facturación anual en nuestra editorial proviene de la venta de estos calendarios, por lo que entendemos que el público continua utilizándolos y que sigue siendo un artículo de regalo muy recurrido. El criterio a la hora de seleccionar los temas y personajes se basa en esa demanda. Sus seguidores ven este formato diferente al libro convencional como una manera de tener a mano las reflexiones de sus autores favoritos durante todo el año.»

Pues bien. El año próximo aterrizará en esas «bibliotecas filosóficas volanderas» un compañero improbable para las largas jornadas laborales: Alejandro Jodorowsky. Quienes apuesten por él, iniciaran su andadura anual con esta frase: «Lo que lees aquí nadie lo ha escrito», extraída del libro Piedras del camino.

Escritos que el viento no debería llevarse

Juan Casamayor, responsable de Páginas de espuma, ejerció hace unos días de padrino en el bautizo de Veintisieteletras, en presencia de las editoras María Moreno y Viviana Paletta, del crítico Fernando Rodríguez Lafuente y de Andrés Rivera, autor de El profundo sur, libro inaugural de la nueva editorial. Por cierto, que era la primera vez que Rivera, un octogenario de hablar rauco y calmo, visitaba España y lo hacía para presentar un libro breve, muy breve, del que el director del cultural de ABC dijo que es «literatura rabiosa y radicalmente contemporánea», un oasis en medio de la «atorrante oferta editorial».

Juan leyó un texto, «27 letras para Veintisieteletras», que es mucho más que un homenaje a la editorial neonata. Así que le pedí permiso para publicarlo… Lo pueden leer pinchando aquí.

Mucho antes de Roberto Benigni

Recibí la nota de prensa, y me puse a buscar. ¿Quién era Yoram Kaniuk? Confieso que nunca había oído hablar de él. Bien es cierto que con lo que yo no sé se pueden escribir unos cuantos tratados, pero es que ni me sonaba…

En la base de datos del ISBN sólo figuraba una entrada previa con su nombre: Confessions d'un bon àrab, editada en catalán traducida del inglés traducida del original en hebreo el año 90 por Édicions 62. Y prou. Ahora, Libros del Asteroide publica El hombre perro (traducida directamente del hebreo por Raquel García Lozano) que presenta como «la obra maestra» de Kaniuk y cuyo protagonista es Adán Stein, judío alemán y uno de los payasos más populares de Europa, quien consiguió sobrevivir a los campos de concentración entreteniendo a los prisioneros que eran conducidos a las cámaras de gas. Y eso es sólo el principio de la historia…

En el prólogo a la versión española de esta obra, publicada en 1968, Gabi Martínez se congratula de que Yoram Kaniuk haya alcanzado el reconocimiento que se merece tanto en su país como en el extranjero… Pero, haré mejor que contárselo: les paso unos párrafos de ese prólogo esclarecedor.

Algunos grandilocuentes sin los pies en este mundo dicen que es la hora de la victoria de Yoram Kaniuk porque al fin se le reconoce como autor de referencia, junto a otros como Abraham B. Yehoshua o Amos Oz. La hora de la victoria. Porque se está rodando una película basada en su novela El hombre perro, que dinamitó la literatura judía posterior al Holocausto aportando una insólita dosis de realidad y sensatez gracias a un enfermo mental. Ahora dicen que El hombre perro es un clásico, candidata a montones de premios, incluso la traducen al español. Pero el camino hasta aquí ha sido largo. El libro vivió mucho tiempo en el rincón, como tantos otros de Kaniuk.

Y cuando llega el reconocimiento del «revolucionario» y lo designan «uno de los más innovadores y brillantes escritores occidentales» (The New York Times), «maestro de la imaginación, la compasión y el virtuosismo estilístico» (Jewish Spectator) o «uno de los grandes de nuestro tiempo» (Le Monde), Kaniuk está lejos de sentir la euforia que en los orígenes asociábamos al triunfo. Se perdió demasiado en la espera. Acumuló demasiada rabia o dolor o tristeza. Al fin y al cabo, ¿qué significa victoria para alguien cuyo país se fundó tres años después de concluir la segunda guerra mundial y ese país se llama Israel?”

El hombre perro cuenta la historia de Adán Stein, quien para salvar la vida se convirtió en «el perro» de un comandante nazi. Divertía a sus compañeros del campo de concentración cuando, sin saberlo, iban camino de las duchas donde serían gaseados. Adán Stein divirtió a su mujer y a una de sus hijas antes de que las asfixiaran. Luego, enloqueció.
Años después, Adán es el interno estrella de un centro de rehabilitación psiquiátrica del desierto del Néguev. Tiene proféticas visiones, arrebatos geniales, reflexiones de una brillantez pasmosa. Los otros locos le admiran, ha enamorado a la enfermera Gina y el doctor Gross filosofa con él mientras reconoce su incompetencia para ayudar a alguien tan autodestructivo que es capaz de enfermar a voluntad. Los médicos le dan por perdido, igual que al niño que camina a cuatro patas y se comporta literalmente como un perro. No se atisba una solución para reparar tanto horror. Pero cuando Adán y el niño conectan, algo cambia: «¡Al infierno con la ciencia! Al lado de ese amor, la ciencia es algo pálido y mezquino».

Como única alternativa para subsanar los espíritus devastados, Kaniuk apunta al amor.

Estos personajes y algunas de sus actitudes le valieron a Kaniuk una muy mala fama que contribuyó a su arrinconamiento. «Escribí sobre los supervivientes del Holocausto con humor. Fue terrible lo que hice», ha dicho, obviamente cómodo en ese papel de humorista que ha reivindicado más de una vez. Pero siendo cierto que bromeó en otros libros, después de leer esta novela es difícil compartir su postura, porque aquí las sombras son tantas y tan presentes que cualquier guiño jocoso se oscurece lóbregamente.

Locuras

Unos días después de que los medios de comunicación nos inundaran con historias privadas, terribles unas, otras esperanzadas, al hilo del Día Mundial de la salud mental, recupero de mis estanterías un libro que es novedad (bueno, de antes del verano), pero no nuevo.

Su autor es Géza Csáth (en el siglo József Brenner, nacido en febrero de 1887 y muerto en septiembre de 1919), un escritor húngaro que fue médico, concretamente psiquiatra, aunque tal titulación no le libró de la insania: su historia de adicto a la morfina cuenta que acabó tan mal como sus cuentos.

Fue, sí, un hombre culto y refinado, entendido en música (de él se reseña que elogió la obra de Bartók y Kodály antes que nadie), teatro y cualquier asunto cultural, escribió cuentos extraordinarios sobre niños malos malísimos, cuentos preñados de sueños y leyendas, hermoseados por jardines mágicos y amenazados por mil fracasos. Leo en Wikipedia:

El 22 de julio mató a su mujer con un revólver, se envenenó y se cortó las arterias. Le devolvieron rápidamente al hospital de Szabadka, pero consiguió escapar de nuevo. Quiso ir al hospital psiquiátrico de Moravcsik, pero al ser detenido por la policía de frontera yugoeslava, se suicidó tomando veneno.

Por cierto: que no se me olvide preguntarle a Blas Parra por qué en la portada del libro pone Csáth Géza y no Géza Csáth.

Ay, esas portadas

Editorial El andén sigue publicando libros a una velocidad que ya quisiera alcanzar la Ministra de Fomento en las obras del AVE a Barcelona. Digo.

En fin. Bromas desafortunadas al margen, el trasiego que se registra en El andén impresiona. En la última hornada de novelas se encuentra, entre otras, El día de los inocentes, de Josip Novakovich, que en su día fue recibida con críticas excelentes por medios tan solventes como The New York Times Book Review. También esta cuya portada reproduzco por una sola razón: es la única, de todo el lote, en la que no aparece el nombre del autor (Vicente Clavero, por si les interesa saberlo). Curioso, ¿no?

¡Ay, esas fotos!

Les conté hace un par de semanas cómo El País Semanal convirtió Veneno y sombra y adiós, la última novela de Javier Marías, en Verano y sombra y adiós, mucho más refrescante, dónde va usted a parar. Y también (esto fue la semana pasada) del lanzamiento mundial de La bodega, de Noah Gordon, recién desembarcado en Roca editorial, todo un reto. ¿Por qué traigo a colación ambas cosas? Porque en el País Semanal de ayer entrevistaban a Noah Gordon lo cual, supongo, habría llenado de gozo a Roca si no fuera porque (pequeño cuac, que diría un francés) en la foto que ilustra el reportaje, el escritor lleva en la mano una carpeta de su editorial anterior, B.

Lo cual, imagino, sólo tiene importancia para descocupadas como yo, empeñadas en buscarle tres pies al gato.

No salimos de El País

Leí la noticia en elpais.com:

La renovación que EL PAÍS emprenderá el próximo día 21 no sólo afectará al diseño de sus páginas y a la manera de contar las noticias. Los cambios afectarán incluso a la cabecera. La marca EL PAÍS se escribirá con tilde para que su grafía no entre en contradicción con las normas ortográficas que se aplican en el resto del periódico. Así lo anunció ayer el consejero delegado del Grupo PRISA, Juan Luis Cebrián, durante su intervención en el ciclo de conferencias del Club Faro de Vigo. «El diario EL PAÍS no sólo cambiará su eslogan por el de “El periódico global en español”. Hay un pequeño detalle, que a mí, como académico, me agrada en especial. Además de recuperar el acento en la i, vamos a poner el acento en las noticias».

En efecto, el libro de estilo de EL PAIS (sin tilde) contiene, en la sección 15, «Acentos», esta precisión:

Como licencia gráfica, la cabecera del periódico y las de sus suplementos no llevarán acento ortográfico cuando vayan compuestas en el tipo de letra utilizado para la marca registrada —la Claredon Medium—, pero sí en los demás casos.

Es cierto que determinados tipos de letras parecen hechos para contrariar a la ortografía española, y así se nos ha explicado. A poco que se fijen, encontrarán carteles en un tipo que parece acentuar todas las íes, porque el punto es como una tilde. Pero convendrán conmigo en que la ausencia de acento en EL PAÍS merecía un tirón de orejas, máxime cuando quien manda en la casa vela desde la Academia por el buen uso de nuestro común idioma.

Por lo demás, lo del acento en las mayúsculas es objeto de confusiones desde hace tiempo. ¿Cuántas veces han oído decir eso de que «las mayúsculas no se acentúan»? Muchas, ¿verdad? Y sin embargo, por mucho que se repita, no es cierto.

Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ, Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario. (Ortografía de la Lengua Española. Real Academia Española).

Pues eso.

Acuse de recibo


F. Scott Fitzgerald
Flappers y filósofos

Velecío Editores

El primer libro de cuentos (1920) del Fitzgerald más joven.



Charles Baudelaire
Las flores del mal

Nórdica

En el 150 aniversario de la primera edición, unas excepcionales Flores del mal ilustradas por Louis Joos y traducidas poer Carmen Morales y Claude Dubois.


VV. AA.
Comedias de Shakespeare

451

Los autores de esta obra son: Jesús Ferrero (La fierecilla domada), Agustín Cerezales (Trabajos de amor perdidos), Iban Zaldua (Noche de Reyes), Irene Gracia (El sueño de una noche de verano), Javier Calvo (Como gustéis), Juan Sebastián Cárdenas (El mercader de Venecia), Hipólito G. Navarro (Mucho ruido y pocas nueces) y Nuria Barrios (Las alegres comadres de Windsor).


VV. AA.
Tragedias de Shakespeare

451

Los autores de esta obra son: Antonio Álamo (Hamlet), Isaac Rosa (Julio César), Berta Tabor (El rey Lear), Luisa Castro (Antonio y Cleopatra), Andrés Barba (Macbeth), Irene Zoe Alameda (Otelo) y Enrique Prochazka (Romeo y Julieta).

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