4 de junio de 2007


¡Poetas!

El mundo editorial, que estos días se da un festín en la Feria del Libro (y de los libreros), se ha convertido en los últimos años en una maquinaria perfectamente engrasada que, a pesar de los gritos de desesperación, funciona como un reloj. Hablo, claro, de los grandes grupos. Lamentaba el otro día Juan Cruz que tantos se quejen de la sobreabundancia de libros. "No he visto nunca -añadía- a ningún fabricante de cervezas, asistente a un congreso de fabricantes de cervezas, criticando la existencia de muchas cervezas".

Convengamos, no obstante, que más que criticar (o además de hacerlo) las dosis excesivas, lo que muchos censuramos es el "más, mucho más, de lo mismo". Y la poca relación que en tantas ocasiones eso tiene con la literatura... Claro, que el libro es sólo el artefacto (el Parque del Buen Retiro está estos días sembrado), cosa bien distinta es su contenido y no todos los renglones tienen que ser joyas.

El caso es que, no sé si por llevar la contraria, o por encontrar un camino propio, o por amor a las letras, o por... vale, no me extenderé, las causas pueden ser infinitas, los hay que siguen empeñados en no dejarse arrastrar por la corriente (y la moda). Así, Pepo Paz acaba de conseguir para Bartleby los derechos de la poesía completa de William Faulkner, que será vertida al castellano por Eduardo Moga y Danny Richardson y publicada en una edición bilingüe en la colección Bartleby Poesía. Agrupa la obra poética del joven Faulkner publicada en EE.UU. en dos volúmenes separados por Yoknapatawpha Press (Helen: a courtship and Mississippi poems) en 1981 y Random House (The Marble faun and A green bough), en 1965.

Además, Bartleby publicará a Christoph Martin Wieland, uno de los grandes nombres del clasicismo alemán (junto con Goethe, Schiller y Herder). También en edición bilingüe, pondrá en las librerías una versión rítmica del poema satírico Juno y Ganimedes y parte de sus Narraciones cómicas (en verso a pesar del título) traducidas del alemán por Ibon Zubiaur. En palabras de su traductor, "el estilo de Wieland es de una frescura y un desenfado que tendrían mucho que decirnos en un tiempo de tanta poesía plúmbea y aletargada. De hecho, la primera recusación de Wieland la hicieron los románticos, que le achacaban excesiva libertad en cuestiones eróticas. El poema Juno y Ganimedes es, por ejemplo, el primer texto de la literatura alemana que trata el deseo homoerótico (y lo hace con pasmosa naturalidad y sin librarlo de la ironía): se trata de la disputa clásica en el Olimpo entre la estrecha Juno y el promiscuo Zeus, que no contento con seducir a todas las féminas mortales e inmortales se trae además a un joven y apuesto copero. Todo el poema es un alegato por la tolerancia y el disfrute en las cuestiones amorosas".

Por último, la serie Lecturas21 (donde se han publicado las obras de Gamoneda, Ángel González, Caballero Bonald, Diego Jesús Jiménez o Félix Grande) publicará también a Francisco Brines: el poemario será Aún no y la lectura la realizará el poeta Juan Carlos Abril.

Pioneros

Decía Zubiaur que Juno y Ganímedes es "el primer texto de la literatura alemana que trata el deseo homoerótico"... Lo cual me viene bien para, en una hábil transición, y en este mes que culminará con la celebración del Orgullo Gay (¿acudirá Ruiz Gayardón, héroe de Zero, a la fiesta?), hablarles de Jesús el Palomo, de Francis Carco, el cuarto libro de la muy reciente editorial Cabaret Voltaire. Considerada la primera novela francesa (data de 1914) en la que se trata abiertamente el tema de la homosexualidad, narra la vida en Montmartre de un chapero y su entorno. Carco, que no era gay, es tenido por padre literario de Jean Genet. En cuanto al título original de su novela (que viene con notas), es Jésus la Caille (Jesús la Perdiz, si queremos ser literales).

Nos lo dan masticado

Confieso que yo también he soñado con retirarme a una isla desierta (o a un monasterio, a un lugar de silencio y recogimiento) con, en la maleta, los libros imprescindibles. Si es que tal colección existe. Libros que un alma sabia y caritativa, en su infinita bondad, habría seleccionado pensando únicamente en mi enriquecimiento personal.

Porque, por sorprendente que parezca, en la historia reciente, son varios los empeñados en elaborar una lista semejante. No haré un recuento exhaustivo, baste con pensar en El canon occidental, de Harold Bloom, el cual respondía así a la por el denominada "escuela del resentimiento", aquélla en la que impartían su magisterio quienes pretendían imponer en los programas de estudios libros cuya única virtud era pertenecer a sectores marginados (las mujeres, los gays, los negros) o culturas oprimidas (indios, afroamericanos); La cultura: todo lo que hay saber, de Dietrich Schwanithz; Libros. Todo lo que hay que leer, de Christiane Zschirnt; y, más recientemente, en Los 1001 libros que hay que leer antes de morir, de Peter Boxall... y José Carlos Mainer. Por no hablar de otros más, digamos, personaes (si es que no lo son todos) como La verdad de las mentiras, de Vargas Llosa.

Claro, que ninguno de ellos contaba con la astucia, el ingenio y el saber (¿de qué canción infantil he sacado yo eso?) del inagotable, hercúleo y... digamos sospechoso César Vidal, el hombre de cuya capacidad producctiva hablarán los siglos y que, por sí solo, basta para justificar esas quejas de las que hablábamos en nuestra primera entrada.

Vidal, un hombre de natural modesto, publica El camino hacia la cultura que, lejos de las visiones reduccionistas de Bloom, Schwanithz, Zschirnt, Boxall y Mainar, quienes parecen creer a pies juntillas la especie difundida por Vainica Doble según la cual todo, todo, todo está en los libros, nos brinda una guía completa sobre Lo que hay que leer, ver y escuchar (pues ése, y no otro, es el subtítulo de su obra). Leo la contraportada: "César Vidal, que ha dedicado su vida al conocimiento [que no está necesariamente reñido con la desinformación], nos ofrece esta magistral síntesis de todo lo que hay que saber de historia, filosofía, arte, música, literatura, ciencia o religión". ¡Toma ya!

Planetarios

Acudí, cargada de miasmas lo confieso, a la presentación madrileña del Premio Fernando Lara de Novela 2007, es decir, de la obra El alma de la ciudad, de Jesús Sánchez Adalid. Actuó de padrino Fernando Sánchez Dragó, cada día más convencido de que su hábitat natural son los zapings: todo lo que hace o dice parece destinado a ser recogido en esos programas de píldoras, sobre todo en Sé lo que hicisteis, con cuya presentadora, Patricia Conde, mantiene una estimulante relación...

Sánchez recomendó a Sánchez que prescindiera de su primer apellido, medida que él ya ha adoptado: quiere ser Dragó, que le emparenta con Dragón y le cuadra bien, del mismo modo que Adalid conviene perfectamente a un escritor de novela histórica que además, y ahí es Jesús lo que viene al pelo, ejerce de cura. Dijo algo más: dijo que el auge de la novela histórica encuentra cabal explicación en las sucesivas reformas educativas, que han dejado a los jóvenes a la intemperie, huérfanos de explicaciones que ahora buscan afanosamente en los libros de ficción. Explicación que reproduzco por si pudiera servir o interesar a alguien...

Acuse de recibo


E. Waugh
Una educación incompleta.
Autobiografía parcial

Libros del Asteroide

Por primera vez en castellano.



S. Ferran
Ulises. Primera parte: La maldición de Poseidón
Sexto piso

Adaptado libremente de la obra de Homero.


R. Darío
Tan bonita, Margarita, tan bonita como tú... y otros cuentos en verso
Rey Lear

Edición fijada y prologada por Luis Alberto de Cuenca


D. Cooper
Chaperos
El Tercer Nombre

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