28 de mayo de 2007


Feriantes

Esta mañana, las caras pochas de los candidatos nos contemplan, atónitas, desde sus carteles electorales. Los ciudadanos hemos emitido nuestro veredicto, ¡aleluya! Se acabó el escuchar promesas a todas horas... bonito género apenas literario, éste de las promesas. Si las recogiéramos en un libro, el tocho resultante tendría más guasa de la exhibida a lo largo de los siglos por todos los coñones de los Reinos de las Españas.

Y también

Me pregunto, dado el estado en el que me encuentro, por qué la gripe no tiene más caché literario. Pedigrí tiene la tuberculosis, tan creativa, tan novelesca. Pero, ¿la gripe y demás manifestaciones catarrales?

Es feria, pues

Lo es, lo es. Y por primera vez en mucho tiempo, no fue nadie de la Familia Real a inaugurarla para —dijeron— no entrar en batallas políticas, puesto que la cita coincidía con el último día de campaña. Y allí tienes al Consejero Santiago Fisas, un catalán en la Corte, vulgo Gobierno, de Esperanza Aguirre, comprando en la caseta de la librería gay y lésbika Berkana las memorias de Jaime Gil de Biedma, pariente de la presidenta madrileña, en tanto que la aún concejala Alicia Moreno, hija de Nuria Espert, la más progre del equipo de Ruiz-Gayardón, se decantaba por La perla, de Mishima.

La Feria, ya lo saben, es un festín pantagruélico en el que cada uno llama la atención como puede. Las firmas de autores cotizados están muy solicitadas, porque un súper ventas te puede salvar la quincena. Lástima que muchos grandes ya no atiendan como antes las solicitudes que les llegan desde las librerías pequeñas, ávidas de reclamo que les permitan mejorar las cuentas, y prefieran instalarse en las casetas de las grandes superficies, las editoriales e incluso los distribuidores, que tanto les quieren y a los que tanto deben.

Por lo demás, cada uno llama la atención como puede. Y en ocasiones, no sin ingenio. Los amigos de Nórdica, por ejemplo, distribuían una edición no venal de un Pequeño diccionario de Artes Gráficas en el que los melancólicos con causa pueden embobarse ante términos como chibalete (mueble de madera o metal cuya parte superior está inclinada para sostener la caja en que compone el cajista y la inferior dividida en correderas de hierro o madera para guardar las cajas) o remosqueo (emborronamiento de la tinta por haberse rozado los pliegos o por otra causa), por no citar más que dos al azar.

Tic, tac

Juan Pedro Aparicio, cuyos cuentos breves Palabras en la nieve (Un filandón) acabo de leer en Rey Lear (los suyos y los de Luis Mateo Díez y José María Merino: los tres), publica estos días Tristeza de lo finito, título con el que el escritor vuelve a la novela después de seis años y la editorial, Menoscuarto, inicia una nueva andadura con la colección Cuadrante nueve.

Cuadrante nueve está dedicada a la novela, género hasta ahora ausente de su catálogo. Y como el anuncio me pilló en un momento místico, escribí a José Ángel Zapatero, responsable de la cosa, para preguntarle por qué: por qué una nueva colección, por qué ahora, por qué con este libro… en fin, menos de dónde venimos, adónde vamos y cuánto nos va a costar, casi . Él, con buen humor, me contestó lo que sigue:

Buenas preguntas, Eva. Ahí van otras: ¿para que sirve una flor? ¿quién mató a JFK

En fin, bromas aparte, creo que después de tres años y una vez consolidada la colección de narrativa breve, Reloj de arena, era el momento de iniciar una nueva aventura. Lo que nos proponemos es publicar autores contemporáneos tanto españoles como extranjeros con un denominador común: la calidad literaria. Comenzamos con esta novela de Aparicio que es de las más íntimas y personales del autor, y en la que a través de sus páginas sabe transmitir, como pocos, sentimientos y emociones. Pienso que es una inmejorable primera piedra para asentar la colección.

Confío en que la respuesta les haya abierto el apetito lector.

Libros encadenados

Es algo que, a buen seguro, han vivido todos los lectores desordenados: de pronto, los libros se encadenan. O, por recurrir a un símil tan manido, tiras de uno y, como si de cerezas en un cesto se tratara, van saliendo otros, y otros más.

Estaba yo enfrascada en Las Bienveillantes (Gallimard, ya saben, la novela de Jonathan Littell que en España y en noviembre publicará RBA como Las clementes) cuando, de la mano del protagonista y su paseo bélico por el Cáucaso, recuperé a Lermontov. Casualmente, hacía nada que los de Nórdica habían tenido la gentileza de enviarme Un héroe de nuestro tiempo, con prólogo de Vladimir Nabokov. Por otro lado, tenía encima de la mesilla La ofensa (Seix Barral) de Ricardo Menéndez Salmón esperando a que algo, o alguien, me animara a afrontarla. ¿Y quién mejor que el narrador del novelón de Littell, ése que empieza con un perentorio: «Frères humains, laissez-moi raconter comment ça c'est passé»? Porque con Kurt Crüwell, el hombre ofendido, una tiene la sensación de que lo entiende todo, aunque en el relato, analizado desde el estricto punto de vista de la razón, haya algo incomprensible.

Justo cuando ponía punto final a la lectura («Der Schneider —dijo con la diáfana solemnidad de las grandes ocasiones— is tot») recibí Hermano Hitler, de Thomas Mann (Globalrhythm) y me dije: No saldrás nunca de aquí.

En unos y otros libros, narraciones sobre un paisaje de figuras desesperadas huyendo, me condujeron (no por casualidad, sino porque el libro acababa de caer en mis manos) hasta un relato, El Príncipe Feliz, escrito por quien al final de sus días fue el más infeliz de los escritores: Oscar Wilde.

El texto, que tantos recordamos en una versión infantil, recortada y edulcorada, nos es ofrecido ahora, en traducción de Jorge Luis Borges, por Gadir, que lo ilumima con unas ilustraciones de Georges Lemoine.

A veces, pienso, un texto que funciona por sí solo entra en una nueva dimensión cuando alguien lo ilustra, con dibujos o con fotos. Leer Los vagabundos de la cosecha, los relatos periodísticos de John Steinbeck sobre los errabundos que recorrieron Estados Unidos empujados por la Gran Depresión, es una cosa; leerlos al tiempo que nos detenemos en las fotografías que Dorothea Lange hizo, por encargo del gobierno federal, para ilustrar la diáspora es una experiencia bien distinta. Ahora, la mezcla se puede degustar en Libros del Asteroide, y volver con ella a principios de los años treinta del siglo pasado, y revivir ese fenomenal batacazo, plasmado con trazo y pluma maestros. Nada mejor que un periodista con alma de escritor (si es que, en el fondo, las dos cosas no son lo mismo) para captar el pulso de una época. Puestos a demostrarlo, y por volver a la casilla de salida, añado un último eslabón a mi cadena: los artículos y reseñas de Orwell periodista en el Observer, textos aparecidos entre 1942 y 1949.

 


Acuse de recibo


B. Gifford
Las cuatro reinas
La Fábrica



G. Jiménez
Habana negra
Texto editores

La primera novela de Georgina Jiménez, profesora de Historia y Filosofía en La Habana.


J. Deaver
La carta número 12
Suma


B. Díaz
Historia de la buena funcionaria y sus crueles perseguidores
El Nadir

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