6 de mayo de 2006

Hale, lea

Mi abuela era una mujer de contradicciones. Decía, por ejemplo: «Vísteme despacio, que tengo prisa». Y también de paradojas: «El que el que no tiene piernas, tiene cabeza». Le gustaba hacer de la necesidad, virtud y disponía de un amplio arsenal de frases que ella hacía y deshacía a su gusto.

Estoy segura de que hubiera encontrado o pergeñado una para lo que voy a contarles. Los miembros de Librerías Especializadas Asociadas, que ya dieron muestra de ingenio cuando eligieron su nombre: las iniciales se leen LEA, no dejan de pensar en cómo llamar la atención.

En esta ocasión, y con la vista puesta en la feria del libro, han hecho algo que, sin duda, atraerá más de una mirada. Se han sumado a su peculiar manera a una campaña que, bajo los auspicios de la American Library Association, convocó a muchos famosos (Susan Sarandon, Tim Robbins, Anthony Hopkins, el flamante premio Príncipe de Asturias Bill Gates) en torno a un lema: READ.
Lo curioso es que en la iniciativa participaron dos españoles, Antonio Banderas y Enrique Iglesias, y también la mexicana Salma Hayek, que cambiaron el READ inglés por un españolísimo LEA. Ustedes mismos habrán vislumbrado el final de esta historia: los de LEA se han hecho con una gavilla de pósters en los que esas celebridades nos piden que LEA-mos y, de paso, nos hacen pensar en la tarea de los 23 miembros de esa red de librerías especializadas en más de 20 materias y sus respectivas versiones digitales que, juntas, constituyen la mayor librería virtual en castellano.

Por cierto, y por si les interesa. El libro que Banderas sostiene entre sus manos es el Quijote; y el de Iglesias, El viejo y el mar.

Libros arborescentes

Leonardo Valencia es un autor ecuatoriano afincado en Barcelona que hace más de un lustro publicó en Debate su primera novela, El desterrado. Pasó el tiempo, y cuando tuvo a punto la segunda («Se redactan demasiadas novelas, se escriben demasiadas pocas»), Debate había dejado de interesarse por la ficción. El original fue rechazado por algunas editoriales grandes, y en al menos una mediana pero prestigiosa le dijeron que sí siempre y cuando accediera a presentarlo a un premio que ellos patrocinaban... en fin. Para complicarlo todo, Valencia quería reservarse los derechos para su país natal, pequeño gesto de compromiso y una cierta rebeldía ante la presencia asfixiante en América Latina de las editoriales españolas.

Al cabo, el texto acabó en Funambulista («Una editorial que publica a Pascal Quignard tiene que ser una buena editorial») donde, tras una labor de edición que incluyó cierta, poca, poda, la obra, El libro flotante de Caytran Dölphin, acaba de ver la luz.

Me dicen que con esta novela Leonardo cumple las expectativas que un día despertara en autores como Vila-Matas, quien se refirió a él como «un escritor con un envidiable provenir». Pero como no la he leído, aún no puedo opinar. De momento, lo que me interesa es una apuesta que el propio Valencia ha puesto en marcha con la imprescindible colaboración del programador y poeta mexicano Eugenio Tisselli, en la seguridad de que entre el libro-objeto físico e Internet se puede establecer un diálogo interesante. Una página web que se abre con una cita interrogativa de Edmond Jabès: «¿Cualquier libro no es la burlesca y trágica historia de la pérdida de un libro?», y en la que, además de permitirnos jugar con los misterios de la novela escrita y publicada, nos animan a trepar por todas las ramas de esta obra arborescente.

Por ejemplo. Un internauta, digamos Màrius Serra, escribe:

Pronunciamos un discurso del siglo de la adición como si al saltar escondiéramos de incógnito una corporeality diferente, una más. Eso hace que el discurso deba acariciar la nariz de los acólitos de un arcano, uno más, que no existe.

Entonces, él mismo u otro visitante selecciona una palabra o el párrafo completo y de la al botón «distorsionar». Entonces se pone en marcha un potente motor de búsqueda que se lanza al encuentro de vocablos pertenecientes al mismo campo semántico que el o los seleccionados. El resultado puede ser éste:

Transportamos una articulación del siglo de la fijación como si al a la travesura para suprimir de irreconocida una cosa usual definida más. haga aún más más lejos el trato como debe ser de acariciar al picoteador de los acólitos de una masa recónditas extraordinarias todo el más tan nuevo no mueve.

O éste:

Nosotros los portadores una vocalización de la vida del complejo como si al a la picardía para aplastar de ocultó un instrumento frecuente científico más. cierra-mouthed más otro el contrato tan como debe ser es de acariciar picoteador de al de los acólitos de un místico extraño recibe entero la tan vanguardia no gira.

Y así, hasta el infinito y más allá. Ya que mencionamos a Serra. En la presentación barcelonesa del libro, y tras leer el primer párrafo:

Nadie lanza nunca un libro al agua. Se lo echa al fuego, se lo aprisiona en una caja, se lo entierra de pie en una biblioteca. Pero nadie lanza jamás un libro al agua. Nadie. Nunca. Jamás.

Sacó una pecera, la llenó del líquido elemento y arrojó dentro de ella este libro que resulto ser menos flotante de lo que Valencia esperaba. Dice Leonardo que tiene el ejemplar en casa, secando.



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