14 de octubre de 2005

Críticas cítricas

La designación de Harold Pinter como nuevo Nobel («Llevo unos cincuenta años escribiendo obras de teatro y también estoy muy comprometido políticamente. No estoy seguro de en qué grado este hecho tiene que ver con el premio», dijo el dramaturgo, y es de lo poco que dijo, tras conocer su elección) ha venido precedida de una polémica sobre el modo de actuar del jurado que decide tan prestigioso (sí, prestigioso, a pesar de todo) galardón. Ya saben que, hace pocos días, Knut Ahnlund rompió por vez primera el silencio obligado de los miembros de la institución que concede el premio y descalificó la obra de la escritora austriaca Elfriede Jelinek, ganadora el año pasado. Su elección, dijo, causó «un daño irreparable en el prestigio del premio».

Dudaba Ahnlund además de que sus compañeros hubieran leído siquiera un «trocito» de la obra de Jelinek. Y es éste el comentario que me interesa. Entiendo que, en esta ocasión, hablamos de que no la habían leído porque no es (el denunciante así lo cree) relevante, sino «pobre», «unidireccional» y «parasitaria». Pero no es la primera vez que escucho decir algo parecido a propósito de la competencia del jurado para valorar la obra de quienes escriben en según qué idiomas, a los que, sin duda, quienes recompensan no han leído en su lengua original y cuyas obras, por lo tanto, juzgan a partir de las traducciones (buenas, malas o mediopensionistas) a las que sí han podido tener acceso.

Ojo, que no quiero decir yo que hayan premiado a Pinter porque escriba en inglés, idioma que todos, seguro, leen de corrido. Y esto (hoy tengo un círculo que parece un ceso de cerezas: unas reflexiones tiran de las otras) me ha recordado a la polémica desatada en nuestro país, recuerden, año 2002, cuando el bilbaíno Unai Elorriaga, de 29 años, obtuvo el Premio Nacional de Narrativa por su novela escrita en euskera SP rako tranbia (Un tranvía en SP). Era la segunda vez que el galardón, que es convocado por el Ministerio de Educación y Cultura, se concedía a una obra escrita en euskera sin que el libro esté publicado en castellano, en 1989 el agraciado había sido Bernardo Atxaga gracias a Obabakoak. Eso sí: en este caso, los autores que se presentan tienen que aportar el texto en castellano para que pueda ser leído por el jurado.

Respecto a la rebelión de Ahnlund, y salvando todas las distancias, me trae a la memoria la reciente «asoanda» de Caballero Bonald en el Premio Torrevieja. Un fantasma recorre Europa: el fantasma de los jurados que aspiran a ser consecuentes...

Por cierto...

Que la polémica coincide con la edición por parte de El Aleph de Obsesión, falsa novela policíaca que se nos presenta como una sátira de un mundo primitivo, en la que Jelinek no habla solamente de la guerra de los sexos, sino también de la relación amor-odio que mantiene con su «país de caníbales» cuyo conservadurismo e hipocresía critica duramente.

Y ya que estamos...

El Nacional de Narrativa de este año ha recaído sobre Alberto Méndez, ya fallecido, por sus Girasoles ciegos. Si aún no lo han leído, y necesitan argumentos para hacerlo, déjense caer por esta Errata de nuestro compañero Evaristo Aguirre.

Un huevo en cada cesta

Joaquín Sabina tiene pinta bohemia, pero sabe cuidarse. Y no hablo de su salud física, que no, sino de su salud editorial. Es, obvio resulta decirlo, un autor de éxito. Y no me refiero a sus discos, que también, sino a sus libros. Prueba de su agudeza (y ustedes sabrán ya a qué me refiero) es que publica sus sonetos en Visor (best seller poético), sus poemas de Interviú en B (sinergia de grupo, lo llaman) y sus canciones en Temas (musicales, supongo) de Hoy.

La editorial del universo Planeta publica Con buena letra II, un recorrido por la discografía de Sabina que incluye material inédito, los «trajes a medida» escritos para otros artistas, para el cine y la televisión y, sobre todo, las letras incluidas en su último disco Alivio de luto. El que no corre, vuela.

Plagios... o no

Leo en El País: «El escritor y psicoterapeuta argentino Jorge Bucay ha reconocido que párrafos enteros de su libro Shimriti (RBA) fueron copiados sin apenas modificaciones de La sabiduría recobrada, de Mónica Cavallé, obra editada en 2002 por Oberón. Los textos copiados ocupan más de 60 páginas de un total de 270. Bucay ha publicado una nota en la revista Mente Sana, que edita él mismo, donde explica que “un error absolutamente involuntario permitió que los textos de la profesora Mónica Cavallé fueran incluidos en Shimriti sin la correspondiente y merecida mención a su fuente”».

¡Benditos sean los ordenadores (o similares), que tantos «errores» permiten justificar. El caso es que RBA ha retirado ya Shimriti (más de 110.000 ejemplares vendidos) de las librerías y que, más sorprendente, Mónica Cavallé no ha querido denunciar el hecho ante los tribunales.

Otros tienen menos suerte. Recibo un comunicado de un autor colombiano, Albert Ronald Morales, que ha sido denunciado por copiarse a sí mismo, cosa que él evidentemente niega. La historia la cuenta él mismo en el comunicado que me ha remitido y que, con gusto, pongo a disposición de quienes entran en este círculo.

No he leído los libros en cuestión, por lo que no estoy en condiciones de emitir juicios, pero sí me llama la atención la suerte tan distinta que corren unos y otros. ¿O no es llamativo?

Sexto Piso

Hace algunos, pocos, años, concretamente tres, nació en México la editorial Sexto Piso con el objetivo de ofrecer al lector títulos que ya no estaban disponibles o que sólo editaban sellos extranjeros, con lo que en ese país resultaban prohibitivos. Autores tan dispares como Roberto Calasso, De la Boétie, Vila Matas, H.G. Wells o Alberto Savinio encontraron acomodo en su catálogo, y su trabajo les hizo merecedores del premio International Young Publisher of the Year, que otorgan el Consejo Británico y la Feria del Libro de Londres.

Las cosas fueron tan bien que, en septiembre pasado, su director general, Luis Alberto Ayala Blanco, explicaba al diario El Universal: «En Europa nuestra presencia actual es precaria, pero el próximo año montaremos en España una sucursal de la editorial. Es muy difícil entrar al mercado español, por lo que nuestra idea es producir los libros allá y que se distribuyan de manera masiva. Luego veremos si hacemos lo mismo en Argentina».

Pues bien, de momento se han presentado en sociedad y en qué sede: el Reina Sofía. Santiago Tobón es su director en España. Como siempre en estos casos, sólo nos queda desear que los lectores repartan suerte.



eorue@divertinajes.com
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