22 de septiembre de 2005

Metrolector, mejor que metrosexual

Los usuarios del metro madrileño sabrán, y a los demás se lo cuento, que desde principios de mes funciona en cuatro (pronto serán ocho) estaciones el servicio llamado Bibliometro, que pone al servicio de los más de dos millones de usuarios diarios del underground capitalino 500 títulos (60.000 libros). ¡Y gratis!

Resumo el método: para tomar prestado un ejemplar, hace falta tener el carné de usuario de bibliotecas públicas del Ayuntamiento y de la Comunidad. Ese carné se tramita en el acto en las casetas del Bibliometro, con solo presentar el DNI, tarjeta de residencia o pasaporte y, en el caso de los menores de entre 9 y 14 años, una autorización de los padres (más su DNI). El préstamo es de 15 días, prorrogables (sólo una vez) por otros 15.

Bien. Con tan fasto motivo, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón bajaron al metro a hacer el paripé. Ya saben: la mayoría de los políticos sólo utiliza el transporte público los días de campaña electoral... Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Lo que yo quería contarles es que esa paridad (50-50 en las fotos) de presencia pública no se correspondía con la participación en el proyecto de las dos administraciones, puesto que de los 60.000 ejemplares mentados, 40.000 han sido adquiridos por el Ayuntamiento y sólo 20.000 por la Comunidad.

Aguirre, a dedo

Y ahí no acaban las diferencias, puesto que mientras el Ayuntamiento confió en el Gremio de Libreros de Madrid para hacer las compras (lo explico más abajo), la Comunidad eligió a dedo tres librerías y once distribuidoras y editoriales para que les suministraran los títulos elegidos. Cosa que no ha gustado nada a casi nadie (excepción hecha, imagino, de los seleccionados, sobre todo de los felices propietarios de una librería y una distribuidora que hicieron negocio por partida doble. Triple, puesto que también participaron en el reparto del que hablaré ahora). Menos aún cuando, en algún momento, desde la Dirección del Libro se dijo que se consultaría a los a los libreros, y que se les tendría informados.

La pregunta, que se me ocurre incluso a mí, es: ¿por qué el gobierno madrileño no hace un concurso público, o articula un sistema en el que todas las librerías que lo deseen participen en pie de igualdad?

Gallardón, con el Gremio

Y sí, he escrito librerías, porque a las librerías se dirigió el Ayuntamiento para obtener los ejemplares que se había comprometido a poner en circulación. Concretamente al Gremio de Libreros, en la esperanza de que este organismo centralizara la operación ya que a la administración pública le resulta difícil entenderse con decenas de interlocutores, prefiere hablar sólo con uno. Más aún: el consistorio puso como condiciones que las librerías seleccionadas fueran pequeñas, que no pertenecieran a grandes cadenas.

La idea parece correcta. Lo cual no significa que en su plasmación no haya dificultades.

Las versiones difieren. Me cuentan que el problema surgió cuando los máximos responsables del Gremio se presentaron en una junta directiva, allá por el mes de marzo, con una lista ya lista de 33 establecimientos. Y algunos miembros del citado organismo rector dijeron que eso sí que no, se quejaron de la falta de información, y pidieron explicaciones sobre el criterio seguido para elaborar la lista de proveedores. Posteriormente, la nómina fue ampliada hasta superar los 40 establecimientos.

Sin embargo, Purificación Prieto, presidenta del Gremio, asegura que sólo hubo una librería descontenta. Bueno, en realidad dos: una que desde el principio criticó que el Gremio hiciera de intermediario en esta operación, y otra cuyo representante se quejó en la mencionada junta. Y que 40 librerías participantes son muchas, teniendo en cuenta que en Madrid, librerías-librerías apenas hay medio centenar...

Purificación recuerda, además, que no todas las librerías, negocios pequeños al fin y al cabo, están en condiciones de afrontar un pedido así del sector público, porque el Ayuntamiento, como otras administraciones, tarda en pagar.

El futuro

De momento, la iniciativa ha tenido una excelente acogida. En los primeros días se recibieron 5.000 solicitudes de carnés y, aunque algunos no confiaban en el criterio de los metrolectores, el primer libro pedido fue Los hermanos Karamazov, y hubo quien quiso La Iliada (12 letraheridos) y La Odisea (8 entusiastas). Todo ello para empezar.

Ahora, se trata de que no decaiga. Y Purificación Prieto, que además de todo participa en la comisión encargada de seleccionar los títulos (en la que también está Luis Mateo Díaz, escritor y funcionario del Ayuntamiento de Madrid), confía en ampliar el espectro, que los lectores no accedan sólo a libros de literatura sino también de ciencia, historia, etc.

La extraña pareja

Mucho se ha escrito sobre las relaciones entre cine y literatura, sobre los libros traicionados (los más, se dice) y aquellos otros engrandecidos (pocos, se cuenta). No quiero abundar en esta pelea tantas veces librada. Sólo traer a colación un caso que da la razón a unos, a otros, a casi todos.

Hablo de François Truffaut y de lo mucho que sus películas sirvieron para promocionar la vida y la obra de un personaje singular, Henri-Pierre Roché. Sin el cineasta, las novelas del escritor (Jules et Jim, Deux anglaises et le continent) hubieran quizá pasado desapercibidas; sin François, la leyenda de Henri-Pierre (cuya vida amorosa sirvió de inspiración para El hombre que amaba a las mujeres) hubiera tenido menos vuelo.

Ahora, Ediciones del Asteroide pone a nuestra disposición, y en versión de Carlos Manzano, Dos inglesas y el amor, título español y tan cinematográfico de Deux anglaises et le continent, que Claude Gallimard prefirió al (mucho menos) original Dos hermanas. Sumen a esto la traducción de Jules y Jim que Debate sacó hace tres años (responsable: Manuel Serrat Crespo) y tendrán un retrato bastante completo del autor. Porque las dos obras son marcadamente autobiográficas, y quien las lee no puede huir del hechizo de este tipo singular, amigo de casi todos los artistas emergentes que llegaron a ser figuras en aquel París que era con todo merecimiento la Ciudad Luz, y padrino de pintores españoles como José García Tella y Pere Pruna...

El mundo por Montero

Anda Rosa promocionando su Rey Transparente en una gira digna de una súper star que la ha de llevar a 17 ciudades españolas y (varias veces) a Latinoamérica. No queda otra, y la escritora se somete gustosamente resignada a esta dieta de viajes y entrevistas que, como tantas cosas en la vida, tiene un lado bueno y otro malo. El malo: “repito tantas veces lo mismo que al final estoy completamente harta de mí misma”. Lo bueno: “al verbalizarlas, pasan al consciente muchas cosas que, durante la escritura, permanecían en el subconsciente”.

Dice Rosa que ella siempre ha escrito “aquello que necesitaba escribir”. Suerte que tiene. Y que en esta su novela más ambiciosa, la dificultad mayor estribó en “borrarse como yo consciente”, tarea en la que invoca a Julio Ramón Ribeyro quien (la cita no es textual) aseguraba que para conseguir una novela verdaderamente madura es necesario matar al autor.

Edipo, versión literaria. Más de uno debería tomar nota...





eorue@divertinajes.com
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