Enrique de Polanco arranca su aventura
editorial, El Tercer Nombre, cuyo nacimiento adelantamos
en este Círculo, con Tarifa, la venta del alemán,
de Eduardo Iglesias y New York Shitty, de Germán
Sánchez Espeso. No queda más que desearle buena suerte...
También contamos en su día que Rosa Ruocco
dejaba Suma de Letras-Punto de Lectura para poner en
marcha una editorial... que ya está en marcha. Se llama Kailas,
que es el nombre de una cumbre ubicada en China, de 6.710 metros, sagrada
para las religiones budista e hindú, y detrás de ella (de
la editorial, no de la montaña) están los hijos de un notable
constructor, hijos que abrigan ambiciones culturales y religiosas. El
caso es que Kailas arranca con El arte de la felicidad
en el trabajo, del Dalai Lama; El jardín
de los justos, de Gabriele Nisim; y Santo Diablo.
Es ésta una novela ambientada en los días previos a la Guerra
Civil y escrita por Eduardo Pérez Zúñiga,
cuyo libro de cuentos Las botas de siete leguas y otras maneras de
morir (se lo recomiendo) publicara Punto de Lectura
en su colección de inéditos.
Por último, en la colección El árbol de
la memoria de la Fundación Germán Sánchez
Ruipérez, hay preparadas tres obras
con aroma de exquisitex: Niños y niñas eternamente,
un ensayo de Allison Lurie; Vicios solitarios,
un "libro de lector" de Alberto Manguel; y,
de Antonio Rodríguez Almodóvar, El
texto infinito, un ensayo sobre cuentos populares.
Mira tú por dónde
En estos tiempos de lecturas olvidables, los italianos
dan la nota alzando hasta el segundo puesto de las listas de ventas a
un clásico entre los clásicos: La Ilíada,
en versión simplificada de Alessandro Baricco.
Y tan llamativo o más es que, según leo, al socaire de ese
éxito también se está vendiendo muy bien La Ilíada
pata negra, es decir, la de Homero-Homero. Más
aún: los espectadores acudieron en masa a dos públicas lecturas
de la obra, una de 12 horas (versión simple) y otra de 24 horas
(versión completa). ¿Quién decía que los clásicos
han perdido vigencia y tirón popular?
Políticos
con pluma
Miren lo que pasa en casa de nuestros vecinos de
arriba, los franceses. Saben ustedes que allí un político
sin libro es como un jardín sin flores, o similar. Bueno, pues
en estos días dos destacados de la izquierda, el que fuera súper
ministro económico Dominique Strauss-Kahn y el
que fuera súper ministros, es decir, Primer Ministro, Laurent
Fabius publican, el primero y en Grasset, su
Lettre ouverte aux enfants d'Europe (Carta abierta a los niños
de Europa) y, con tres días de diferencia, el segundo y en Plon,
Une certaine idée de l'Europe (Una cierta idea de Europa,
que -dicho sea de paso- pasa por decir NO a la Constitución).
La cosa no sería sino una desafortunada coincidencia si no fuera
porque poco antes de que Strauss-Kahn publicara en 2002
La flamme et la cendre (La llama y la ceniza), Fabius
le había hecho la cusqui a su compañero de partido, y sin
embargo eterno rival, con un texto sobre los trabajos que aguardan a la
izquierda moderna.
¿Y a mí que, de todo este lío franco-francés,
lo que me interesa de verdad es que en Francia los políticos aún
creen que los libros son una buena manera de propagar sus ideas?
Malos entendidos
Hace unos días, me hice
eco de un boicoteo lanzado contra la obra más reciente de Gabriel
García Márquez. No lo impulsé, me sumé
a él, no era idea mía: dije que me lo habían mandado
y me limité a hacer acuse de recibo.
Y sin embargo, alguien lo recogió en otra página web de
manera tal que parecía que quien esto escribe, lo suscribe. Y de
resultas de ese embrollo, recibí algunos correos electrónicos
recriminándome mi talante inquisitorial. Debo aclarar que el entuerto
está desfecho, pero quería reproducir —con
permiso del abajo firmante— la carta que me remitió Iván
Alonso (olvídense del rapapolvo, insisto: está
todo aclarado) porque creo que merece la pena.
Tengo que lamentar mucho el que a estas
alturas todavía haya caza de brujas, índice de libros
"prohibitorum" y hogueras encendidas. Si usted no es
capaz de distinguir la ficción de la realidad es que tiene
entonces el problema de cierto hidalgo caballero,
aunque por su actitud me recuerda más a su ama que arrojó
a la hoguera tantos libros (no ha sido la única en la historia,
desgraciadamente, ha tenido muchos émulos, algunos con
el pelo rapado, bigotillo, ya sabe).
No se detenga usted en pedir la reclusión perpetua de
Gabriel García Márquez y el hecho de que sea linchado en la plaza pública, le
animo a desterrar y
perseguir el libro Lolita de Vladimir Nabokov, que
habla también sin lugar
a dudas de un caso de pederastia insufrible, Plataforma
de Michael
Houellebecq, asqueroso testimonio del turismo sexual, pedófilo
conocido. Del
mismo Gabriel García Márquez, para qué ir
más lejos, también podríamos
arrancar de la historia de la literatura su Cien años
de soledad donde le
recuerdo casan a una niña de 12 años, Remedios Moscoso,
con el coronel
Aureliano Buendía, ¿repugnante verdad? También
recuerdo que en los
Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós
se casa una niña joven con un
caballero galán. No nos olvidemos a Roberto Bolaño
y sus conocidas
procacidades. Los textos de la Grecia clásica también
son abundantes en
"espectáculos" tan poco edificantes para la ciudadanía,
eliminémoslos pues. Nos quedaremos con la literatura de ONG para irnos a reunir con
mecheritos a
la luz de la luna gritando "Yo también soy Ana Karenina".
En fin, perdone la ironía, tiene todo mi apoyo el día
que decida perseguir a
los criminales que violan a tantos niños y niñas
pobres en su soberbia de
europeos todopoderosos, pero dejemos la literatura en paz porque
no es más
que eso, literatura. En verdad mire usted bien que no son gigantes
sino
molinos de viento.
Saludos.
Iván Alonso
|
La buena noticia es que todavía quedan buenos lectores dispuestos a defender la buena literatura.
Arguiñano's
Los que no sabemos cocinar somos un filón,
oiga. Dos pruebas editoriales:
El País-Aguilar ataca con su nueva colección
de Cocina Express, recetas sencillas y prácticas
con un toque desenfadado que presentan como «Una alternativa a los
manuales tradicionales que aporta nuevas ideas para aquellos que no renuncian
a comer bien, aunque dispongan de poco tiempo para la cocina» y que
firma Cris Lincoln. Al de las latas le auguro un gran éxito.
Plaza Janés presenta Recetas para todos,
otra muestra de gastronomía al alcance de patosos.
Yo, y por aquello de que cada uno lleva el agua a su molino (o al lector
a su texto), les recomiendo que, además de hacerse con estos libros,
lean las recetas de nuestro cocinero de cabecera, Manuel
G. Torre. Para chuparse los dedos.
Carlitos (y su papá) según Eco
La semana pasada, tras el envío del Divertín,
añadimos a nuestro Círculo un texto que,
por si acaso no leyeron, me atrevo a recuperar. Les contaba que Umberto
Eco es un apasionado de Charlie Brown (o de
Charles M. Schulz, si es que ambas cosas no son lo mismo).
Y que por ello no debía extrañarnos que ahora, cuando la
editorial El Aleph publica El gran libro de Charlie
Brown, sea el italiano quien ejerza de prologuista. Estamos ante
una antología de tiras, un vuelven las divertidas aventuras
de Charlie Brown, Snoopy y su pandilla, prieto de ironía y
ternura.
Lo interesante no era lo que yo les decía, sino que habíamos
tenido acceso al mentado prólogo que —les contábamos—
arranca así:
 |
El mundo de Carlitos, por Umberto Eco
Ni fuma, ni bebe ni dice palabras malsonantes. Nació en Minnesota
en 1923. Vive modestamente y es predicador laico de una secta llamada
Iglesia de Dios. Está casado y, según tengo entendido,
tiene cuatro hijos. Juega al golf y al bridge, y le gusta la música
clásica. Trabaja solo. No tiene ningún tipo de neurosis.
Este hombre de vida tan anodinamente normal se llama Charles
M. Schulz. Y es un Poeta.
Cuando digo «Poeta» lo digo para enojar a más
de uno. A los humanistas de profesión, que no leen las tiras
cómicas; a quienes acusan de esnobismo a los intelectuales
que fingen apreciar los tebeos. Me gustaría que quedase claro:
si por «poesía» se entiende la capacidad de otorgar
ternura, piedad o malicia a unos momentos de extrema transparencia,
como si se enfocasen con una luz que hiciera imposible discernir
de qué pasta están hechas las cosas, entonces, Schulz
es un poeta. Si la poesía es individualizar personajes típicos
en circunstancias típicas, Schulz es un
poeta. Si la poesía es hacer brotar de los acontecimientos
cotidianos, que solemos identificar con la superficie de las cosas,
una revelación que nos haga llegar al fondo de dichas cosas,
entonces, de nuevo, Schulz es un poeta. Y si la
poesía es tan sólo saber hallar el ritmo privilegiado
y a la vez improvisar en una aventura ininterrumpida de variaciones
infinitas, para que del encuentro quizá mecánico de
dos o tres elementos surja un universo siempre nuevo, cantado sin
pausas, en ese caso, también podemos afirmar que Schulz
es un poeta. Más poeta que muchos otros.
No obstante, la poesía es un poco de esto y un poco de aquello,
y no es nuestra intención perdernos en definiciones estéticas
con la mediación de Schulz. Se decimos que
Schulz es un poeta lo hacemos sobre todo como desafío
y como toma de posición. La afirmación «Schulz
es un poeta» es sinónima de: «Charlie
M. Schulz nos gusta sin condiciones, con fervor, con emoción,
de forma intolerable, y no vamos a permitir que lo pongan en duda:
quien afirme lo contrario es un malvado o un ignorante».
(Parte del prólogo de Umberto Eco en El
Gran Libro de Charlie Brown de Charles M. Schulz. El
Aleph Editores, noviembre 2004) |
Acuse de Recibo