31 de marzo de 2004

La botella medio vacía...


¡Y parece que fue ayer! Han pasado sólo ocho años desde que José María Aznar ganara sus primeras elecciones generales y su mujer, Ana Botella, que ya apuntaba maneras, se convirtiera en segunda dama del país, dicho sea sin ánimo de ofender. Ocho años desde que proclamara, creo que fue en ¡Hola!, su voluntad de cambiar la decoración de La Moncloa, ocho años en los que ha amadrinado y comentado (allá cada cual) un libro infantil, hecho correr ríos de tinta (¡qué útiles son las frases hechas!), casado a la niña, lanzado su carrera política propia, no vicaria, y, al final, escrito un libro que se titula, mira tú qué original, Mis ocho años en La Moncloa (con la colaboración de Álvaro del Corral Navarte, leo en la página de El Corte Inglés, que no en el dossier de prensa). Libro que presenta este último día de marzo.

Imagino que doña Ana (no confundir con el Parque del mismo nombre) imaginaba un ambiente de puesta de largo editorial bien distinto: marido en plenitud de su gloria, poder atado y bien atado, ya saben a qué me refiero. Pero los electores son tozudos, sobre todo si han nacido en Zaragoza (es broma: yo soy de allí, y aquí me ven).

El caso es que Plaza & Janés había organizado la presentación de la obra (no confundir con La Obra del mismo nombre) en unas fechas que, a la postre, resultaron dramáticas. Los atentados del 11-M trastocaron todos los planes no por las razones políticas que algunos han querido ver, sino -me cuentan- por razones de sensibilidad. Los votantes, horas más tarde, se encargaron del resto...

Al final, unos y otra decidieron que la presentación fuera este 31 de marzo (“los idus de marzo –apunta el gracioso–, porque se van, vaya que si se van”). Y como no podía presentar un libro que es como un broche sin hacer referencia a esos días postreros, la autora (apoyada por su editorial) acordaron añadir al libro terminado un cuadernillo a modo de epílogo. Lo dijo el poeta, y Ana Botella lo ha aprendido a marchas forzadas: el futuro ya no es lo que era.

La money Lisa

El código Da Vinci ha entrado por derecho propio en la historia del mundo mundial editorial: allí donde ha sido puesto a la venta, ha arrasado, para desesperación de los puretas de la literatura y alborozo de los apóstoles del mercado.

Los de Umbriel pueden estar contentos, y aguardar esperanzados futuras cosechas, puesto que suyos son los derechos de otros libros ya escritos por Dan Brown (Angels & Demons, por ejemplo) que verán la luz en nuestro país cuando El código... sea descifrado y deje de venderse.

Cosa distinta, ya lo saben, es lo que pasará con el nuevo libro, aún no terminado, del solicitado autor. Se lo ha quedado, lo saben ya, Planeta que ha pagado –escalofría el decirlo– ¡un millón y medio por él! ¿Hace falta aclarar que hablamos en euros, y no en pesetas?

PD

Como el filón no se acaba, Roca Editorial ultima la revelación de El secreto de Monna (con dos N) Lisa, de la novel Dolores García.

De película


Tópico: de los buenos libros nunca salen buenas películas. Típico: las películas de éxito, buenas o malas, ayudan a vender libros, buenos o malos. ¿Moraleja? Todos sabemos exactamente de qué estamos hablando...

Por eso, y cito sólo dos ejemplos recientes, Las horas que contaron Kidman, Moore y Strep insuflaron nueva vida a las escritas por Michael Cunningham; por eso, es posible que Imagining Argentina, el libro de Lawrence Thornton que publica Punto de Lectura, se venda al menos un poquito, ayudado por Imagining Argentina, la película que protagonizan Antonio Banderas y Emma Thompson, que aparecen de manera conveniente en el cartel del filme y en la portada del livre. Y por eso, no debe extrañarnos que algunas editoriales tengan a personas especialmente encargadas de seguir la pista a cualquier novedad cinematográfica basada en un libro (bueno, malo o mediopensionista; nuevo o veterano) en la esperanza de a) cazarlo y, b) venderlo bien, aunque sólo sea porque en la portada aparece, un suponer, George Clooney.

Las nuevas tecnologías, al rescate


A grandes males, grandes remedios. Seix Barral había hecho dos apuestas trasatlánticas: Héctor Abad Faciolince, y Ángeles Mastretta. El uno por un problema de visado, la otra por un problema personal, el caso es que ninguno de los dos podía cruzar el charco para bautizar su obra entre nosotros. Pero en los tiempos de las vídeoconferencias, esos eran obstáculos superables: dos ruedas de prensa en la distancia, y a otra cosa.

Curioso el contraste entre la frialdad de esas preguntas lanzadas a una pantalla, y la calentura de unos autores hablando con pasión de sus obras desde tan lejos. Mastretta, por ejemplo, presentándonos El cielo de los leones; tranquilizándonos: “tengo la cabeza llena de historias”; y dándole una vuelta al apolillado “me alegra que me haga esa pregunta”: “Gracias por hacerme esa pregunta, tenía necesidad de contestarla”. ¡Qué padre!

Y al cabo...

...nada os debo, que diría el clásico. Pero, tranquilos, no pienso reclamar honorarios por por lo escrito. Sólo quiero recomendar dos lecturas: Liquidación, de Kertesz, y Elisabeth Costello, de Coetzee. Brutales, ásperas, esenciales, imprescindibles...



eorue@divertinajes.com
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