24 de octubre de 2007

Una de arena


Arcaico cartel del DVD alemán de Dune

Sin ponernos demasiado estupendos, no es aventurado decir que hay elementos de la narración que, colocados en la pantalla, son muy dúctiles a la hora de proveer significados que trasciendan. El mar abierto es uno de ellos. Las películas que se desarrollan en el batiente océano tienen esa peculiaridad. La ausencia de hitos paisajísticos, que impide relativizar la posición espacial o tener la certeza del avance hacia alguna parte, invita a pensar en la suspensión espacial e incluso espacio-temporal, y las características maleables del lecho líquido, penetrante y dispuesto a tragarse a los viajeros contrastan con su propia naturaleza translúcida, inescrutable más allá de unos metros. No conviene alargarse en esta explicación pues hace varios años ya se habló mucho aquí de las posibilidades narrativas de la negación del espacio que suponen los mares y el cosmos. Sin embargo, hay otro paisaje dado al uso metafórico al que las películas han sabido extraerle todo el jugo: las dunas. Viene esto a cuento del volapié que va desde Lawrence de Arabia saltando exultante ante los tuaregs sobre el tren que han hecho descarrilar hasta Paul Atreides liderando a los fremen y cabalgando sobre el domeñado gusano de arena. Y que se le vino a uno a la cabeza con la gratuidad con la que recibe revelaciones la gente que no tiene lectura a mano cuando hace de vientre.

Es fácil encontrar nexos entre los muchos usos que se han dado a los desiertos a lo largo de la cinematografía. El peso del desierto en la narrativa occidental tiene mucho que ver con las raíces mediterráneas de buena parte de los relatos fundacionales de la ficción y de la mística. Del desierto proceden los profetas, los mesías… los dioses que decidieron hacerse carne de todas las religiones. En general, a la extensión indeterminada de las arenas de formas inmutables pero traidoramente cambiantes se le conceden unos atributos similares a los del océano, en cuanto a escenario del viaje y amenaza (una amenaza menos explícita en el desierto: el hombre flota sobre la arena sin demasiados problemas), pero quizá por su raíz religiosa posee tesitura propia. Amén de que el hombre suele adentrarse en el desierto sólo, y en el océano lo hace acompañado del resto de la tripulación. Enric Juliana citaba esta semana en su Cuaderno de Madrid la definición que Sloterdijk ha sentado sobre la náutica: "Todo barco en mar abierto encarna una psicosis que ha levado anclas". Psicopatía de grupo, claro. La diferencia entre el viaje individual y el de grupo va más allá del factor numérico: la singladura marítima es un desafío del hombre al medio, una aventura expansiva del héroe midiéndose con el mundo. En cambio, adentrarse en el desierto es un viaje interior, atormentado: el héroe hacia sí mismo, contra sí mismo. Ambos representan un tránsito hacia un hombre nuevo, pero el océano es un paso por la acción y el desierto lo es por la espiritualidad, en un sentido amplio.


El otro gusano para la
conquista del mesías

Forja líderes. Un hombre camina hacia el desierto, se adentra solo y sobrevive a él, a su inclemencia, a la ausencia de todo, a encuentros con hombres duros, huraños hijos del nomadismo, unas veces belicosos, otras veces guías hacia un conocimiento ancestral de la naturaleza de ese espacio despojado de todo. Y a su regreso, es otro. Así Paul Atreides (Kyle McLachlan) deviene en Muad'Dib, y el oficial Thomas Edward Lawrence (Peter O'Toole) se convierte en Lawrence de Arabia. Pero también, Balian de Ibelin (Orlando Bloom) realiza el tránsito entre herrero y héroe a través de un purificador doble viaje, que incluye un naufragio en la tormenta y la travesía del desierto, en El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott. Luego, liderará la defensa de Jerusalén.

Para la tradición judeocristiana, la raíz está ya recogida en el libro del Éxodo, con el viaje, primero individual y luego colectivo, de Moisés, relatado con detalle en El príncipe de Egipto (1998), de Brenda Chapman, Steve Hickner, Simon Wells. En el desierto asiste a la revelación de la zarza ardiente y en el desierto recibe las tablas de la ley de Jehová. Interesa más la primera revelación, porque conecta con una de las cualidades del desierto, con su ausencia de todo estímulo y, por tanto, su atributo de espacio fértil a la alucinación y la magia. Por eso, el individuo que sale de allí no sólo no es el mismo que entró, sino que ha sufrido una transformación en su misma substancia, está investido de mito y de magia. Moisés abrirá las aguas y Muad'Dib doblegará al temible gusano. Travesía del desierto se ha acuñado como expresión hecha en castellano que sugiere un despojamiento, una purificación por la carestía y el sufrimiento, imprescindible para la refundación personal en un sentido amplio. El propio Jesucristo optó por una purificación de cuarenta días en el desierto antes de entrar en Jerusalén, escena enclavada en el principio de La pasión de Cristo (2005), de Mel Gibson. Y es en las arenas, escenario de lo alucinatorio, donde ve al diablo en persona, como a Moisés le habló una zarza. El desierto como patria de la alucinación ya lo trajo a colación Steven Spielberg en el prólogo de su heterodoxa Encuentros en la tercera fase (1977), en la que un mexicano repetía, en medio de una tormenta de arena, "el sol salió a noche y me cantó".


Primer cartel de Dune

Kit y Port Moresby (Debra Winger y John Malkovich), en El cielo protector (1990), de Bernardo Bertolucci, atraviesan el desierto en un viaje de placer que acaba convirtiéndose en una purgación, una refundación individual y de pareja tras enfrentarse cada uno a sus demonios particulares en el terreno de lo afectivo y lo sexual. Este descenso a los infiernos interiores exige final. Los condenados a permanecer en el desierto devienen en orates, como ilustrara Luis Buñuel en Simón del desierto (1965), versión libre de la peripecia de Simón el estigilita. El relato canónico del asunto es Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence, adaptada al cine por David Lean; o su versión sci-fi, Dune, la novela de Frank Herbert que adaptara al cine David Lynch (de David Lean a David Lynch, qué puñeteros), en una versión particularmente mesiánica y alucinada, Dune (1984).

Pues bien, en la segunda parte de la versión novelesca, Hijos de Dune, el mesías acaba regresando al desierto. Y allí, se convierte en Simón. Regresará muchos años después, desfigurado y envuelto en harapos, apenas sostenido por un báculo y vaticinando toda clase de desgracias. El periodista y teórico de la comunicación Martín Cué, uno de los fundadores de estos Divertinajes, urge la mención de Carlos Castaneda, gurú del chamanismo, presunto antropólogo inspirador de la psicodelia. El controvertido Castaneda logró un respeto relativo, pero en todo caso su tratamiento de las drogas y la espiritualidad tolteca influyeron decisivamente en la generación beat y el mundo hippy, primero, y en la new age, después. O sea, un Paulo Coelho sin snobismo. Murió de cirrosis, pero antes acertó a establecer las pautas de la yunta de desierto y narcóticos y sus presuntos efectos sobre el espíritu. Por el peyote hacia el chamanismo tolteca, por así decir. No cabe duda de que su influencia en la cultura finisecular ha sido notable, aún entre quienes se tienen por más escépticos intelectuales, véase si no la avería que arrastran Fernando Sánchez Dragó y Alejandro Jodorowski.


Extraño cartel de Lawrence de Arabia

Lo que nos interesa de Castaneda, en realidad, no es su creación literaria pretendidamente autobiográfica, sea ciencia o ficción, sino porque es un hecho que este hombre se fue al desierto mexicano de Sonora (el mismo donde un sol salió de noche a cantarle al anciano que se entrevista con Trufaut) y volvió otro (volvió sonado, iba a decir; disculpen) y lideró un importante movimiento social. Él dijo que volvió chamán tolteca, que seguro que no, pero lo que es obvio es que regresó bestsellerista y lunático como pocos. No es cuestión menor, ya que si el desierto crea mesías, no es menos cierto que los mesías fundan naciones. Así ocurre con Arrakis, Arabia Saudí, Israel, la nación de loshippies lectores de Kerouac… Los dos primeros son uno sólo, porque Cué insiste en que aquí quede claro que Herbert es un copiota bastante descarado y que Dune es una revisión escandalosamente literal de Los siete pilares…, cosa que desde este aprisco se suscribe y se añade que además no escribía nada bien. Si todos los autores de ciencia ficción manejaran la pluma como Kim Stanley Robinson o Stanislav Lem en lugar de hacerlo como Herbert, Dick o Clarke otra suerte habría corrido el género. Bueno, por volver a Cué, la transición del desierto a la refundación de la ciudad/nación tiene también un carácter protoreligioso: "De la nada se construye el todo".

Y aún hay una peculiaridad más que permite confrontar océanos y arenales. En tanto que forma parte de un viaje con destino -el viaje marítimo siempre lo tiene, aunque sea ignoto-, el océano es conexión, mientras el desierto es justo lo contrario, desconexión, aislamiento. Bajo este prisma, tiene mucho sentido el título español de Océanos de fuego (2004), de Joe Johnston, cuyo título original era Hidalgo, nombre del caballo real que inspiró el filme. La cinta, un estupendo remedo de aventura clásica, cuenta una carrera de caballos y en ella efectivamente el desierto cumple una función narrativa más marítima que sahariana. Fino traductor pues, que en el arrebato poético se apuntó una astucia.

Amén de sus condiciones físicas, la dualidad océano / desierto funciona como un juego de espejos y simetrías, pues el mar, además de estar preñado de vida, es el origen de toda ella, mientras el desierto puede asociarse al Apocalipsis. El armagedón climático que unos vaticinan y otros desdeñan pasa por la subida de los mares, sí, pero sobre todo por la conversión de la tierra toda en un vasto desierto. Una de las imágenes más sobrecogedoras de aquel Encuentros en la tercera fase era la de un gigantesco mercante varado en medio del desierto del Gobi, una expresión imponente de la fragilidad de la creación humana, del fin de los tiempos. Cerrando el círculo, océano y desierto, vida y muerte, principio y fin, camino y prisión, se dan la mano allí donde uno y otro se tocan y se cortejan, donde las olas masajean la arena: la playa. Como aquella en la que yace semienterrada la Estatua de la libertad, sumida por la arena, batida por las olas, principio y fin de la civilización humana. O aquella otra sobre la que cayeron los 48 supervivientes del vuelo 815 de Oceanic. Pero eso, queridos prosélitos, es arena de otro costal.







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