12 de septiembre de 2007

Refugios del clasismo cultural


¿Cuántos literatos y cineastas
españoles escriben así?

La sociología está condenada a ser el nuevo banco de atunes de esta bitácora de ejercicios cerebrales, visto que al predicador el cine ya no le da para más. No lo entiendan mal, el cine vive un gran momento, contra lo que se piensa, pero cinco años de larguísimas homilías digamos que parecen haber secado el seso del autor. No es que no se le ocurra ninguna boutade nueva, pero muchas se parecen a otras ya dichas y es una tontuna convertirse en uno de esos orgullosos propietarios de una sola idea que la cascan cada vez que tienen ocasión, venga o no a cuento. Es cierto que hay gente que se gana así la vida más o menos bien, caso de la ex bibliotecaria nacional, pero como Divertinajes no está para procurar ingresos -no directamente, al menos; al arriba firmante lo aquí escrito no le ha reportado un duro, pero le ha conseguido su nuevo empleo; a sus pies directora- y a uno el onanismo intelectual le gusta hasta cierto punto, pues cuando no hubo novedad relevante se dejó la bitácora inmóvil, para espanto de la citada directora -ay, jefa-. Sin embargo, las verdades como puños de los estudios conductuales y sus estrambóticas conclusiones, han hecho vibrar las sinapsis del que prescribe. Porque la intelectualidad rampante confunde con alegría el medio con el mensaje. La tecnología tiene mala prensa porque los gurús del asunto se criaron con ábaco y pizarrín, y, como los viejos sacerdotes, aún miran con desdén inventos como la televisión o la computadora. Tanto o más desdén cuanto más popular sea el cacharro.


¿Y así? Ya contesto yo: ninguno

Leo en voz alta: "Los niños que miran más de dos horas de tele al día cuando cursan primaria tienen después más dificultades de concentración al llegar al instituto que aquellos que miran poco la tele. Así lo demuestra el primer gran estudio que ha analizado los efectos a largo plazo del abuso de televisión en la infancia sobre la capacidad de atención". La cita es de La Vanguardia, pero no nos lancemos a echarles la culpa -me dan de comer, sí señores, y eso los dignifica-, que muchos han sido los periódicos españoles que se han hecho eco de esta afirmación científica que, como tantas veces, mezcla churras con merinas y hace el ya tradicional salto mortal de la conclusión final que tanto daño ha hecho al periodismo, y ahora a la ciencia: encontrar el porqué. Ciñéndose a la verdad del estudio y dando por supuesto que el método seguido fuera correcto, que vaya usted a saber, la única realidad es que niños que ven mucho la tele, más de dos horas diarias, son adolescentes que se concentran menos o padecen déficit de atención. Del déficit de atención olvídense, que, como bien aclaran Martín Cué y María José Suárez, se trata de una enfermedad rarísima (si leen cosas como que la padece un 5% de la población escolar, salgan corriendo porque es una puñetera mentira) que impide a quienes la padecen prestar atención durante más de unos minutos a cualquier cosa. Habría que preguntar cómo un enfermo de síndrome de déficit de atención e hiperactividad (SDAH) puede pasar hasta cuatro horas ininterrumpidas, como menciona el informe, ante la tele. O una cosa o la otra, caballeros. Bueno, sigamos siendo magnánimos. Pensemos que cuando dicen "dificultades de concentración" quieren decir que la muchachada se distrae fácil. Y que cuando dicen que a partir con tres horas de televisión se incrementa un 44% el riesgo de padecer SDAH -con cuatro horas, un 88%, con cinco, un 122% y así - en realidad querían decir que se distraen más. O sea, tenemos que, resumiendo, ver la tele en la infancia de dos a cuatro horas día coincide con una adolescencia intelectualmente más dispersa. La palabra clave es "coincide". El salto mortal se da entre "coincide", que es un hecho, y "es causa de", que es una suposición absolutamente gratuita y carente de base probatoria alguna. Como el propio estudio admite.


¿Conocen mucho cine español
o made in usa a la altura?

Pero cuando los hechos no acompañan, siempre está el recurso de la imaginación. Lean este otro párrafo de la antedicha información: "Los datos del estudio no aclaran de qué modo el exceso de tele afecta a la capacidad de atención, pero los investigadores apuntan varias hipótesis. La que presentan como más probable es que las imágenes televisivas, con sus estímulos constantes, pueden hacer que en comparación la vida real parezca monótona, de modo que los niños tiendan a aburrirse ante actividades que tienen ritmos más lentos como asistir a una clase o hacer los deberes. Otra posible explicación es que el cerebro infantil, aún en formación, se desarrolle de manera inadecuada al ser estimulado en exceso por las rápidas sucesiones de imágenes de los programas de televisión". Claro, "los datos no aclaran" porque estudiar cómo funciona el cerebro es un trabajo ímprobo de ciencia real, mientras que las hipótesis son como las verdades del taxi, irrebatibles, incomprobables y gratuitas. Lo de "el cerebro infantil se desarrolle de manera inadecuada" es otro prejuicio propio de quien se ha criado sin tele. Nace del lugar común que afirma que ser capaz de seguir el rapidísimo ritmo del audiovisual contemporáneo es un handicap, y en cambio necesitar cuatro pases un spot de televisión para pillar de qué va -como le ocurre a la generación de los abuelos, y no padecen SDAH- es una ventaja. Qué poco sabemos de Darwin, de las ventajas evolutivas y de la capacidad adaptativa del cerebro humano, carajo.


Estos dibujos animados son para ustedes,
no para sus cándidos hijos

Tras una década para edificar esta gloria científica de la sociología, los especialistas debieron reparar en que ya no estaba tan de moda meterse con la tele, y en la presentación de su informe explicaron que, aunque no habían estudiado el efecto de los videojuegos, había que concluir que sería similar. Eso, venga, dale, que el papel lo aguanta todo. Vivan las ciencias sociales. Primer reparo: la ausencia de los videojuegos en su estudio no se puede justificar diciendo que cuando empezaron este trabajo, en la segunda mitad de los noventa, no eran un ocio masivo entre los niños y jóvenes como lo son hoy, tal y como explicaron estos señores. El videojuego es ocio infantil y juvenil popular desde la primera mitad de los ochenta, cuando Spectrum, Commodore y Amstrad llenaron las habitaciones de los pequeños de microordenadores cuya única función operativa era jugar. Seguro que en 1982, cuando salió al mercado, no todos los chavales poseían un Sinclair ZX Spectrum, pero casi todos, al menos los de este país, tuvieron rápidamente algún compañero de clase que invitaba a degustar en su hogar las alucinantes maravillas del ocio electrónico. De 1982 a 2007 van 23 años de continua expansión. La célebre Playstation, de Sony, un electrodoméstico más común hoy que la tostadora, salió a la venta el 9 de septiembre de 1995. Y Sony decidió entrar en ese mercado tres o cuatro años antes (el tiempo necesario para desarrollar su máquina) porque se dio cuenta de que había un público demasiado amplio como para dejárselo a Nintendo y Sega, por entonces dueñas y señoras del sector. Así que cabe concluir que estos distinguidos neozelandeses simplemente no estaban al tanto de los medios empleados en el ocio infantil y juvenil cuando decidieron estudiar el ocio televisivo infantil y juvenil. Que tiene delito. Segundo reparo: poniendo que lo de la tele fuera cierto (que no lo es ni por asomo), hacer un silogismo con los videojuegos es un error de bulto, pues ya hace un lustro que los neurólogos -científicos de los de verdad, vaya- concluyeron que la actividad cerebral generada por los juegos es completamente diferente, por su interactividad, a la pasividad que, con todas las cautelas, puede atribuirse al simple acto de ver la tele.


Estos sí, pero igual les convienen
mucho más a ustedes

Hace tres años ya se publicó otro estudio de similar ralea que decía que los niños que consumen más videojuegos son más violentos y los que dedican el ocio a la lectura son más mansos. El especialista del caso señalaba que uno era causa de lo otro. El arriba firmante postuló en barras de bar de todo jaez que era más probable que fuera al revés, que los niños más inquietos y violentos prefirieran un ocio más estimulante, y los de carácter más sereno se decantaran por actividades más reflexivas, pero tan carente de todo rigor científico es afirmar lo uno como lo otro.

Pero lo más llamativo es que el informe que nos ocupa, el que sataniza el consumo de televisión en la infancia, no haya hecho la más mínima referencia a los contenidos. Es decir, que, para el caso, da lo mismo ver El oso de la casa azul que Hormigas blancas, El ala oeste de la casa blanca que Dolce vita. Estamos llegando al meollo del asunto: La televisión es un medio, no un contenido. Tiene bemoles que haya que decir esto. Y pretender lo contrario, más adelante se explicará, es un asunto de puro elitismo social e intelectual. El sabio analista Dioni López dedicó unos comentarios la mar de agudos, como casi siempre, al estudio de marras, presentado por un tal Bob Hancox, director adjunto de Salud Multidisciplinaria y de la Unidad de Investigación del Desarrollo de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, y publicado por la revista Pediatrics. Decía el bueno de Dioni que "si un niño de seis años ve la tele cuatro horas al día, quiere decir que nadie le hace ni caso y está aparcado delante de la pantalla, como podría estar haciendo puzzles (y no por eso lo puzzles son perniciosos) o haciendo castillos en el parque (y no por eso jugar en el parque es pernicioso)". Lean todos sus comentarios al respecto aquí. No tienen desperdicio.


Nueva propuesta para el ocio juvenil

El mismo día en que se publicó el estudio, este cronista se hallaba en el Congreso de los Diputados, donde las gentes de los diferentes sectores de la cinematografía se explicaban ante sus señorías para pedir que la nueva ley del cine arrimara el ascua a su respectiva sardina. El más divertido con diferencia y uno de los más sagaces ponentes fue David Trueba, director, entre otras, de Soldados de Salamina (2003), y hermano menor de Fernando Trueba, autor de la magistral La niña de tus ojos (1998) que fue a Hollywood a rodar una olvidable imitación de Billy Wilder y que cuando volvió se convirtió en afamado detractor del cine norteamericano. Como en el caso del estudio infancia/televisión, afirmar que el fracaso allí del Trueba grande tiene relación con su actual discurso europeísta es gratis. Probarlo es otro cantar. Ustedes, piensen lo que quieran. Bueno, total que el Trueba chico, entre un montón de elocuentes explicaciones sobre el falso libremercado que propugnan televisiones y grandes distribuidoras (más razón que un santo), va y dice que si dejamos que las televisiones se hagan las dueñas de la producción de cine harían películas como sus parrillas y que eso le aterra. La primera pregunta que cabría hacerse es de qué programas hablamos: ¿Buenafuente o Cuéntame? ¿Antena 3 Noticias o House?


¡Ay, santodios! ¿Qué hacen con
sus inocentes y pequeñas manitas?

Medio y mensaje, medio y mensaje, a ver si nos aclaramos. Trueba, como político perspicaz, acudió a la demagogia para afirmar que la gente no es estúpida (hablando de realidades científicas incomprobables, fíjense), pero que los directores de las cadenas de televisión quieren convertir a nuestra juventud en imbéciles que sólo piensen en ganarse la vida en un concurso televisivo de canciones. Ya me tardaba que alguien mencionara Operación Triunfo, uno de los productos televisivos más audaces, entretenidos, inteligentes y rentables desde las creaciones de Chicho Ibáñez Serrador. En fin, que nos distraemos. Cuando hablaba de la televisión, Trueba, el muy truhán, mencionó el programa de Ana Rosa Quintana y cuando se refirió al cine, nombró ante sus señorías los comisionados La vida de los otros (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck, que el año pasado ganó un Oscar, y El extraño viaje, (1964) de Fernando Fernán Gómez. Qué cuco. Podría haber mencionado, qué se yo, Los Soprano e Isi Disi, amor a lo bestia (2002). Tan torticero es lo uno como hubiera sido lo otro. No, simpático Trueba, el cine es un género de la ficción audiovisual como la novela lo es de la literatura. El cine no es un arte, sino un formato, de características peculiares -duración y modelo de exhibición-, dentro de un arte, que es la narrativa audiovisual. Y como tal formato, no es peor ni mejor que otros. Y, además, es un formato en un proceso claro de crisis, entendiendo por tal la segunda acepción: "Mutación importante en el desarrollo de procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales". Las nuevas tecnologías lo han sumido en un proceso de transformación uniformemente acelerado. No es probable que desaparezcan las salas a corto plazo, pero sí que su importancia en la vida de una película se reduzca drásticamente. Y, a día de hoy, como aquí ya se dijo, el cine está viendo seriamente acosada su preponderancia como suma expresión de la ficción audiovisual frente a los progresos de las series televisivas, en cantidad y calidad, y su propia tendencia a serializarse, de la que hablamos aquí la semana pasada.


Trueba chico es listo y elocuente,
no vayan a pensar

Otrosí, unas horas antes de escribir estas líneas, se topó el heterónimo del autor, con un muy conocido personaje del mundo de la cultura literaria española. Ex director de una importante editorial, canario de raya al lado y voz de vicetiple, periodista del más importante grupo de comunicación progre del país (uy), de nombre y apellidos monosílabos. Efectivamente, Juan Cruz. Interrogado el humilde… bah, no, humilde no, interrogado el que prescribe por el prescripto sobre su trayectoria profesional, relató parcamente que hace siete años dejó la prensa de pago después de ocho y se pasó a Internet, y que luego le costó salir de ahí para regresar al papel. Cruz, que debió creer que hablaba con un friki de la Red, confesó amigable que tenía un blog, para inmediatamente decir que Internet no procura ninguna ventaja al conocimiento. Uno, aún maravillado por el descubrimiento, comenzó a hablar de Google Earth y a decir que consideraba increíble que alguna escuela diera clases de geografía sin esta herramienta gratuita y alucinante. Con un cierto apasionamiento de principiante -bueno, a su lado…-, prorrumpió: "Puedes contar los tejados de las casas de Wellington, en Nueva Zelanda". El ex editor, periodista y escritor respondió: "¿Y eso para qué sirve?". Decididamente cuesta abajo y con la velocidad de quien ha superado el punto de no retorno -el que haya discutido de cine o literatura con el autor del CinExín entenderá qué quiere decir "cuesta abajo" sin ningún esfuerzo de imaginación- exclamó: "¡Coño, cambia la percepción y la concepción del mundo!". Probablemente persuadido de que hablaba con un demente, Juan Cruz alzó su voz agudísima y sin atisbo de malhumor concluyó: "Internet no ayuda a pensar, ayuda a despensar, a despensar" repitió mientras giraba sobre sus talones y se acercaba a otro grupo de invitados mejor vestidos y con unas canas que garantizaban su condición de gentes de bien. (Antes de seguir, es de rigor señalar que Cruz intervino en el acto de presentación del libro de un colega que se celebró inmediatamente y estuvo chispeante de ingenio y gracia). La anécdota acaba ahí pero el estremecimiento de quien esto escribe ante la actitud obviamente reaccionaria de un escritor y periodista que es tenido por uno de los gurús de la cultura española actual, progresista, a mayor abundamiento, su obvio síndrome del hombre analógico -en audaz conceptualización del maestro Juan Cueto- aún lo tiene sumido en el estupor y la fascinación.¡Despensar! Suena a cura decimonónico ante la llegada de un cinematógrafo a su aldea.


Juan Cruz, qué coquetón sale
en esta foto, ¿no les parece?

En el comportamiento de Bob Hancox, David Trueba y Juan Cruz hay un vicio común que quizá a ellos mismos sorprenda: Clasismo cultural. Verán, aunque las personas cultas -en sentido amplio, no me sean tiquismiquis- durante siglos han hablado de los beneficios de la expansión del conocimiento, lo que hoy llamaríamos democratización de la cultura, en realidad reaccionan a cualquier avance en ese sentido como si un intruso hubiera entrado en su casa y se hubiera llevado el mobiliario todo. Cuando en el siglo XIX la literatura se popularizó, como dos siglos antes cuando el teatro se hizo popular en las urbes, como en el siglo XX cuando el cine llevó la narrativa de ficción a un público universal, o a principios del XXI, cuando Internet puso la erudición a disposición de cualquiera con criterio para buscarla, todas y cada una de estas veces, los autores y especialistas de los formatos que estaban siendo superados reaccionaron clamando contra la vulgarización de los nuevos medios. Los literatos despreciaron el cine como un entretenimiento insustancial para mentes poco desarrolladas, argumento exacto al que los cineastas emplearon y emplean contra la televisión, o al que los ratones de biblioteca esgrimen contra iniciativas tan loables como la Wikipedia o Google. Como sacerdotes a los que hubieran hurtado el papel de intermediarios entre el hombre y su dios.

Porque de eso estamos hablando. De intermediarios de la cultura que ven cuestionado su papel ante la democratización del acceso al conocimiento. En el fondo, su problema no es distinto del de las discográficas y sociedades de autores ante unas nuevas tecnologías que cuestionan la necesidad de ese mediador que, como todo economista sabe, vive del peaje que cobra por interponerse en el proceso. Mero clasismo cultural: si todos saben tanto como yo, lo que yo sé ya no vale nada. Y esperen, que pronto verán a las teles hacer lo propio, cuando uno pueda bajarse las series pagando directamente a la productora, sin el tributo de los interminables cortes de publicidad ni las caprichosas reubicaciones de la parrilla.

Qué será que lo que nos gusta siempre es peor, degradante, pernicioso… pecado al cabo. Señores, el cine no degradó moralmente al mundo, ni la televisión hace idiotas a los niños, como los videojuegos no inoculan violencia a la población. Y no, la literatura no es mejor que el cine, ni el cine mejor que la televisión, ni ninguno de ellos es moral o culturalmente mejor que Internet. Huyan de los sacerdotes porque tienen la mano floja y porque la historia enseña que, en su aceleración, acaba por barrerlos como un tsunami que deja sus pútridos cadáveres en las arenas de las playas de los nuevos tiempos. Y lo que es más importante, mantengan la curiosidad por el mundo que los rodea, el que es, no el que recuerdan con nostalgia, porque es la única garantía de que no se convertirán en un inquisidor que echa furibundos espumarajos para ocultar el miedo que le produce la certeza de que su tiempo ha pasado y de que ya está un poco muerto.






pjvallin@gmail.com
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