13 de julio de 2007

Impugnación a la literatura


Dickens contemporáneo

Es curiosa la comunidad internauta. Cinco años y unos doscientos artículos después, este cercado de proselitismo cinematográfico ha adquirido una insólita y seguro efímera relevancia entre la comunidad de bloggers, un colectivo que ha confundido esta Confederación de Estados de Ánimo que es Divertinajes con otra bitácora de pensamientos personales, y no con el heterodoxo medio de comunicación pública realizado por profesionales que en realidad se pretende. Hablan, en general, de forma halagadora -también los hay que se han puesto nerviosos con la voluntad de prédica hermética que desde el principio se practica aquí para separar, de entre los lectores, el grano y la paja (los dos de los atributos que definen la adolescencia)-, y todo, porque en el último sermón cargamos contra un soez intento de hacer pasar una cosa por otra. Envalentonados por la repercusión favorable, pero, sobre todo, por la sorpresa y acaso irritación que ha causado la fatuidad con la que desde estas líneas el supraescripto se expresa y pronuncia, esta semana vamos a abordar un asunto bastante más deslizadizo y que seguro cosechará menos adhesiones que la por otra parte sencilla labor de desbaratamiento sociológico de la anterior entrada. Desde aquí se mira con curiosidad intelectual la preocupación creciente que en el cuerpo docente y familiar han desencadenado las nuevas peculiaridades del funcionamiento cerebral infantil y juvenil habituado a Internet, los móviles, los mp3 y los videojuegos, y del creciente desasimiento de la literatura como catón de interpretación del mundo. Al arriba firmante el debate le parece apasionante, pero lleno de prejuicios que conviene revisar, porque a lo mejor lo que procede es comenzar a preguntarse sobre el verdadero sentido de la asignatura de literatura. Un paso más: ¿por qué El lazarillo de Tormes? y no Los 400 golpes?


Cuentos para crecer

Verán, todo nace de un extraordinario esfuerzo reflexivo del periodista casi coetáneo Jordi Rovira en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (miércoles 27 de junio de 2007, págs 2 a 5), titulado La enojosa lentitud de los libros. Hay una constatación y muchos interrogantes. La evidencia es que los adolescentes "antes podían leer estructuras sintácticas más complejas. Ahora éstas deben ser más simples, más sintéticas, porque si no se pierden", frase de una profesora con veinte años de experiencia recogida por Rovira. Se concluye que la era del complejo audiovisual en red ha provocado en los muchachos capacidades mentales "más hiperactivas que las de sus predecesores aunque su razonamiento también es más disperso. Para ellos prevalece aquello efímero, veloz y no lineal. Este cambio antropológico y sociológico afecta de lleno una actividad como la lectura y, por extensión, el sistema escolar". Y ahora viene los interrogantes: qué efectos puede tener todo ello en los nuevos escolares y qué hacer para invertir el proceso y volver a despertar el interés de los alumnos por la literatura. El inconveniente, no del periodista que firma pero sí de muchos de los especialistas cuyo saber ha sido requerido para ayudar a comprender el problema, es que las respuestas propuestas están elaboradas sin la suficiente distancia, sin el imprescindible ejercicio de cuestionarse lo que desde siempre se ha dado por sentado. No es un mal ejemplo que uno de ellos señale que estas características del nuevo mundo en el que se crían los chavales son las que provocan el Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad (SDAH) -sobre cuyo origen recomiendo la lectura de Los inventores de enfermedades, del periodista alemán Jörg Blench (Colección Imago Mundi, Editorial Destino)-, un argumento al que el darwinismo invita a darle la vuelta: ¿y si resulta que lo que una farmacéutica se ha empeñado en catalogar como enfermedad es, en la mayoría de los casos, un síntoma de cómo el maleable cerebro de un joven se adapta a un nuevo entorno? Dicho de otro modo: ¿es un síndrome o una ventaja evolutiva? Aquí no se defenderá con excesivo entusiasmo una respuesta afirmativa a ambas preguntas, pero el lugar común aceptado, que es un trastorno que un chiquillo sea inquieto, no tiene mejor base argumental que la que aquí se podría poner sobre la mesa para defender lo contrario. No demos por supuesto aquello que aún debe ser probado, sólo porque resulta más cómodo catalogar como anómalo un desarrollo mental distinto al que a nosotros nos fue proporcionado.


Folklore aprehendido

En el extenso artículo de Cultura/s, el filósofo y ex profesor de instituto José Antonio Marina (antaño, santón de los neocon, hasta que se le ocurrió redactar el manual de Educación para la Ciudadanía) alerta de que la alergia a la lectura de los nuevos escolares supone un baldón: "Hay que insistir en que leer es imprescindible porque nuestra inteligencia es lingüística, nuestra convivencia íntima, social y política también y porque sólo a través de la lectura nos aprovechamos de la experiencia cultural de la humanidad". Muy cierto. Convengamos con Marina en que hay que procurar a los párvulos un dominio del lenguaje oral y escrito porque su competencia intelectual depende en buena medida de su uso del lenguaje (bueno, sin ánimo de complicar más las cosas, quede constancia de que la idea de que el desarrollo del lenguaje es la base del desarrollo intelectual gozó de mucho predicamento décadas atrás y, a día de hoy, esta siendo fuertemente discutida e intensamente revisada). Pero esto no explica qué papel debe jugar la literatura. Un programa potente de lengua y otro de lecturas (lo que vulgarmente se conoce como "comentario de textos") basado en actualidad, diarios, ensayo y ciencia, seguramente serían muy eficaces en este sentido. Si se completa con un peso importante de las matemáticas, que tienen la cualidad de ayudar a configurar un cerebro con capacidad para el pensamiento abstracto, probablemente tengamos un programa de estudios troncal que subsane parte de las quejas más comunes de educadores y educandos actuales. Pero entonces, ¿por qué la literatura? ¿Por qué ficción?

La respuesta no es demasiado complicada, pero convoca a la impugnación. La cultura escrita -que controla la corriente principal académica e interpreta a todas las demás- a menudo se explica a sí misma como la columna sobre la que descansa el resto de manifestaciones culturales. Y rara vez algún teórico se atreve a retroceder un poco más, al verdadero origen de la literatura, que no está en la palabra escrita sino en el relato oral de ficción. Suele ser necesario que algún especialista de las ciencias, no de las letras, pongamos un antropólogo, le hinque el diente al asunto para tener una perspectiva más amplia y ajustada a la realidad del asunto. Entonces se verá que la literatura de ficción toda hunde sus raíces en los relatos ejemplares contados al calor de las fogatas desde la noche de los tiempos y que su finalidad era la de la instrucción moral. Y, con el tiempo, también la conformación de un folklore, religioso o pagano, que, como ya se explicó aquí, tiempo ha, cumple el papel de diferenciar las comunidades de sus inmediatos vecinos. La psicóloga (¡ay!) Judith Rich Harris, a la que ya citamos hace un par de años lo explicaba así: "En los humanos, la hostilidad entre los grupos conduce a la exageración de cualesquiera diferencias preexistentes, o a la creación de diferencias en el caso de que no haya ninguna por la que empezar. Puede parecer que es al revés, que las diferencias conducen a la hostilidad; pero yo creo que se trata más bien de que la hostilidad conduce a la búsqueda de diferencias". Una buena razón para conformar folklores diferenciados. Por ejemplo, llamando lauburu a un triskel, o triskel a un lauburu.


Queda claro

Por eso, como identificara primero el erudito ruso Vladimir Propp y más adelante sistematizara el antropólogo, filósofo e historiador de las religiones Joseph Campbell, es sencillo encontrar las mismas historias en la ficción de culturas disímiles y sin contacto alguno entre sí, ya que es la función del relato la que condiciona su contenido, y esa función, socializadora y moral, comporta muchos elementos comunes: fundamentalmente el del sacrificio personal en pos del bien común. Y de ahí viene el viaje del héroe, relato canónico de la literatura, de Ulises a Harry Potter. Cualquier darwinista medianamente audaz concluiría que el relato de ficción, como luego la cultura escrita, han llegado hasta nuestros días porque constituyen una ventaja evolutiva de las sociedades.

Con el paso de los años, las funciones de la ficción ciertamente se sofisticaron, sobre todo ganó peso la fruición como objetivo último de la literatura. En las sociedades contemporáneas desarrolladas nadie tiene duda alguna de que la narrativa en particular y la cultura en general cumplen una función hedónica. Sin embargo, en el siglo XX la irrupción del cine, primero, y la de la ficción televisiva, después, produjeron un cambio del paradigma narrativo pues recuperaban uno de los atributos del relato oral, la universalidad, el ecumenismo, que la literatura nunca estuvo en condiciones de incorporar pues necesitaba ser desencriptada: la escritura es un código abstracto y convencional. La narrativa contemporánea es pues hegemónicamente audiovisual. Dicho lo cual, la conclusión es sencilla: en un programa común de enseñanza, la literatura bien podría ser sustituida por la historia de las narrativas y, si se considera difícil de abarcar, podría dejarse para los itinerarios posteriores, los especializados, e incorporar al ciclo común el cine y la tele (ah, y los videojuegos), que son las narrativas contemporáneas con las que conviven los escolares. Porque, sin regatear elogios a la literatura, ¿quién puede asegurar que enriquece más la mente de un prepúber La isla del tesoro de Robert Louise Stevenson que Piratas del Caribe de Gore Verbinski? ¿Dudan? Más claro y, ciñéndonos a la realidad, sería más justo preguntarse si El poema del Mio Cid tiene más que enseñar a un educando al que acaban de salir pelos en las piernas que Spiderman2, de Sam Raimi, o Smallville, de Alfred Gough y Miles Millar.

Todo lo cual sirva para que se estrujen un poco las meninges y hagan el favor de dejar de dar por bueno el pensamiento heredado, soluciones de ayer a problemas de hoy, inteligencia prêt à porter, de dudosa utilidad en este mundo líquido en el que conviene mantenerse despierto. Si lo dicho ha conseguido irritarlos, al pie hay un mail al que pueden dirigir sus insultos, que serán el clembuterol de la autoestima del autor. Si, en cambio, creen que lo antedicho es sensato y puede tener sentido, coméntelo en las reuniones familiares, preferiblemente delante de los cuñados, y luego consulten a un especialista. Donde dice especialista, quiere decirse psiquiatra. Los terapeutas de la conversación, sólo para fans de Paulo Coelho y demás espiritistas, compradores de crecepelos a buhoneros de verbo florido y porteño o incautos chanquetes para pescadores de almas en las aguas revueltas de las tribulaciones humanas. Charlatanes todos.







pjvallin@gmail.com
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